jueves, 30 de abril de 2009

CARTAS A UN JOVEN POETA (RAINER MARIA RILKE)

Foto de Idea Vilariño, tomada de Internet

Se ha muerto Idea Vilariño. Este nombre, para mí era un nombre más que formaba parte de mi incultura literaria. La Red, sin embargo, se ha llenado, como por arte de magia, de sus poemas, de referencias a su vida, de detalles de su obra.
Todo lo que mi torpe péñola quisiera pergeñar en esta página virtual, sería, acaso, una mera crónica de urgencia que conduciría a pocas partes, a ninguna, para ser precisos. En el mejor de los casos a repetir lo que tantos otros han dicho con mejor tino; y digo que, en el mejor de los casos, porque no sería de extrañar que, por el absurdo afán de decir algo original, encallara en un barrizal de torpezas o inexactitudes.
Supongo que una buena amiga me permitirá que le tome prestada la frase, que creo que no es suya, y haga una adaptación libre: Cuando muere un poeta, muere una enciclopedia del corazón humano, por eso a uno, que quisiera ser poeta (y a lo mejor aún no sabe que eso es lo que más desea del mundo), se siente algo alicaído y algo enfadado con sigo, preguntándose por la razón de su ignorancia.
La respuesta es fácil: el ser humano es muy limitado y la pereza es un pájaro negro que anida muy fácilmente en los corazones.
Hoy leer un poema de Idea Vilariño será lo más fácil en cualquier sitio. Por ejemplo, y sin salir de esta página, si os vais a la columna de la derecha donde dice, Estos son mis paisajes, podréis acercaros a la La Zona Irredenta donde a estas horas en que esto escribo Adrián Dorado ya ha colgado uno hermosísimo; también en el blog de Juan Cruz, hay varios poemas de la poeta uruguaya trascritos por algunos de los participantes en la tertulia... Si escribís su nombre en cualquier buscador, encontraréis varias páginas con reseñas biográficas y con algunos de sus poemas.
Los que he leído, y no han sido muchos, me han abierto un socavón en el alma que se ha llenado de luz. No puedo decir más.
Entre las reseñas que he visto, he leído algo que me ha llamado la atención muchísimo, además de saber que su padre era anarquista y su madre católica:
Es un caso singular. Por su personalidad y convicciones, Idea Vilariño rechazó durante largo tiempo toda posibilidad de promocionar su nombre. Los editores la urgían a promover sus libros y ella se rehusaba. Más aun, mantuvo un silencio casi completo respecto a su obra, hasta el punto de negarse con regularidad a entrevistas de cualquier tipo. Sólo en 1997 aceptó contestar las preguntas planteadas por Rosario Peyrou y Pablo Rocca, en las que se basa el vídeo Idea, estrenado en mayo de 1998, y que ahora puede encontrarse en bibliotecas. Si bien Vilariño aceptó diversos premios e invitaciones tanto en su país como en el extranjero, nunca quiso comentar sus poemas ni escribir sobre su obra poética.(http://www.los-poetas.com/d/vilar.htm).
Este párrafo, me ha recordado algo que tengo marcado a fuego desde hace no mucho: una parte del texto que Rainer Maria Rilke escribió a Franz Xaver Kappus, en la primera carta que le envió al entonces joven poeta desde París, el 17 febrero de 1903 (el subrayado es mío):

Pregunta usted si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Antes ha preguntado a otros. Los envía usted a revistas. Los compara con otros poemas, y se intranquiliza cuando ciertas redacciones rechazan sus intentos. Ahora bien (puesto que usted me ha permitido aconsejarle), le ruego que abandone todo eso. Mire usted hacia fuera, y eso, sobre todo, no debería hacerlo ahora. Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie. Hay sólo un único medio. Entre en usted. Examine ese fundamento que usted llama escribir; ponga a prueba si extiende sus raíces hasta el lugar más profundo de su corazón; reconozca si se moriría usted si se le privara de escribir. Esto, sobre todo: pregúntese en la hora más silenciosa de su noche: ¿debo escribir? Excave en sí mismo, en busca de una respuesta profunda. Y si ésta hubiera de ser de asentimiento, si hubiera usted de enfrentarse a esta grave pregunta con un enérgico y sencillo debo, entonces construya su vida según esa necesidad: su vida, entrando hasta su hora más indiferente y pequeña, debe ser un signo y un testimonio de ese impulso. Entonces como el primer hombre, decir lo que ve y lo que experimenta y ama y pierde. No escriba poesías de amor, apártese ante todo de esas formas que son demasiado corrientes y habituales: son las más difíciles, porque hace falta una gran fuerza madura para dar algo propio donde se establecen en la multitud tradiciones buenas y, en parte, brillantes. Por eso, sálvese de los temas generales y vuélvase a los que le ofrece su propia vida cotidiana: describa sus melancolías y deseos, los pensamientos fugaces y la fe en algunas bellezas; descríbalo todo con sinceridad interior, tranquila, humilde, y use, para expresarlo, las cosas de ambiente, las imágenes de sus sueños, los objetos de su recuerdo. Si su vida cotidiana le parece pobre, no se queje de ella; quéjese de usted mismo, dígase que no es bastante poeta como para conjurar sus riquezas: pues para los creadores no hay pobreza ni lugar pobre e indiferente. Y aunque estuviera usted en una cárcel cuyas paredes no dejaran llegar a sus sentidos ninguno de los rumores del mundo, ¿no seguiría teniendo siempre su infancia, esa riqueza preciosa, regia, el tesoro de los recuerdos? Vuelva ahí su atención. Intente hacer emerger las sumergidas sensaciones de ese ancho pasado; su personalidad se consolidará, su soledad se ensanchará y se hará una estancia en penumbra, en que se oye pasar de largo, a lo lejos, el estrépito de los demás. Y si de ese giro hacia dentro, de esa sumersión en el mundo propio, brotan versos, no se le ocurrirá a usted preguntar a nadie si son buenos versos. Tampoco hará intentos de interesar a las revistas por esos trabajos, pues, pues verá en ellos su amada propiedad natural, un trozo y una voz de su vida. Una obra de arte es buena cuando brota de la necesidad. En esa índole de su origen está su juicio: no hay otro. Por eso, mi distinguido amigo, no sabría darle más consejo que éste: entrar en sí miso y examinar las profundidades de que brota su vida: en ese manantial encontrará usted la respuesta a la pregunta de si debe crear. Tómela como suene, sin interpretaciones. Quizá se haga evidente que usted está llamado a ser artista. Entonces, acepte sobre sí ese destino, y sopórtelo, con su carga y su grandeza, sin preguntar por la recompensa que pudiera venir de fuera.

(Cartas a un joven poeta. Rainer Maria Rilke. Traducción José María Valverde. Alianza Ediotorial. 1994. pág.24-27).

Etoy seguro de que Idea Vilariño hizo de este párrafo el lema de su vida, y por ello creo que ahora es un buen momento para rescatarlo del olvido y para haber tejido con él, desde este rinconcillo un homenaje a su memoria.

miércoles, 29 de abril de 2009

FILANDÓN (A la memoria de Antonio Pereira)

Antonio Pereira en una foto reciente.
El Norte de Castilla Edición Digital
El pasado sábado 25 de abril en León, ha muerto de un paro cardiaco Antonio Pereira uno de los mejores cuentistas de España, un maestro del relato breve (oral o escrito). Unos días antes, el domingo 19 de abril, su amigo el gallego, leonés de adopción, José María Merino leyó su discurso de ingreso en la Real Academia de La Lengua Española. El nuevo académico había sido propuesto, entre otros, por otro leonés, Luis Mateo Díez... El mismo José María Merino repitió protagonismo el día 22 al recibir la medalla de oro de las letras de Castilla y León.
No es raro, pues, que dadas tantas coincidencias, mi memoria haya desempolvado un pedacito del diario de 2006...
El trozo que extraigo se desarrolla durante finales del mes de septiembre de aquel año. Era sábado. El penúltimo sábado del mes. Se celebraba la primera edición del Hay Festival en Segovia... Estaba nublado, pero mi corazón latía cubierto por la ilusión...
La palabra de cada día.
El Jardín de la memoria.
Año 2006
El sábado por la mañana, subí a San Juan de los Caballeros, donde me pasé el día como quien dice, pues los cuatro actos a los que acudí se celebraban allí. Sin embargo, no subí por la Calle San Juan, como dicta la lógica, sino que lo hice la Calle Real por dos motivos. Acercarme a la taquilla del teatro Juan Bravo y allí adquirir una localidad para el acto de Ian Gibson que se me había pasado, pues no recordé que la intervención del hispanista irlandés sería acerca de su biografía sobre don Antonio Machado. De todos modos, tal cosa era una excusa, pues supuse que a esas horas, casi el mediodía, la taquilla presentaría una buena cola y ya barruntaba a aquellas horas que me haría con la localidad por la tarde, una vez que hubiera comenzado el primer acto vespertino.
¿A quién engañaré? La verdadera razón por la que subí por la calle Real era que tenía la sospecha de que por ese camino me encontraría con Luis Mateo Díez, a quien iba a ver, junto con otros tres escritores, para el acto titulado Filandón.
Si veinticuatro horas antes había tenido suerte con Félix Grande, por qué no con el leonés.
De nuevo lo novelesco se produjo.
A la altura del Hotel Sirenas, donde se hospedaban, supongo, vi al escritor admirado. Acompañaba, o más bien servía de bastón, a un anciano que supuse sería uno de los contertulios que compartirían ágape de palabras más adelante; pero como no le conocía dejé que siguiera su camino.
(Y en este gesto de indiferencia, mostré, una vez más, mi absoluta incultura, mi ausencia total de preparación...).
Me interesaba Luis Mateo y a él me dirigí. Le estreché la mano y me presenté.
(Mi mano estaba helada, la suya cálida).
Es más delgado aún de la idea que dan sus fotografías de las solapas de sus libros. Tenemos la misma altura, más o menos. Tal y como siempre me ha parecido en sus libros, sus ojos son muy penetrantes, además son muy luminosos y vivos. Su cabello blanco, su perilla blanca. No sé, creo que encarnaría a las mil maravillas un don Quijote. Desde luego la caracterización la tiene hecha y no es necesario que se prepare físicamente. Por mí ni la voz. Es tan honda y tan intensa esa voz.
Le expliqué mi admiración por su obra y le dije que ya le había enviado un libro, incluso una carta. Y me confesó la verdad. Con una claridad y una contundencia que agradezco, porque a uno le confirma las sospechas y lo previene para ciertas veleidades. Dado el volumen de la correspondencia que recibe y el número de libros que le envían, es imposible que lea todo lo que cae en sus manos. Lo dijo de otro modo, ‘Es tal la avalancha que me declaro insolvente’.
Como siempre, su uso del idioma, incluso en la conversación más coloquial, me dejó pasmado. Insolvente no sería la palabra que yo utilizaría para eso, aunque quizá la empiece a utilizar. Como hice con Félix Grande, no quise ser pesado y le dejé ahí. Supongo que, a pesar de que nos volvimos a topar en la entrada al acto (justo en el centro del crucero de la iglesia, también es casualidad) y allí nos reconocimos mutuamente y nos saludamos con una sonrisa afable y sincera (sus ojos son muy expresivos, volví a confirmarlo), seré un rostro que ya se le habrá olvidado. Y si, como me dijo, tiene por ahí mi libro, Cuentos de Euritmia, por ahí lo seguirá teniendo. No seré nadie en su memoria.
Lo cual, dicho sea de paso, es lo normal. Otra cosa hubiera sido un milagro, aunque sólo sea porque su actividad para la escritura la tiene que compartir con la de funcionario del Ayuntamiento de Madrid.
El Filandón es, o era, una costumbre desarrollada en el Noroeste español, por la zona de la montaña leonesa, en aquella parte que es una especie de escaprado cruce de caminos entre León, Galicia y Asturias.
Cuando la eterna noche inverniza se aposentaba sobre los pueblos, las gentes se reunían alrededor de la lumbre y se contaban historias, se decían poemas, dejaban que la realidad viajara hacia la ficción o la ficción se acercara hasta la realidad. Algunas veces la realidad parecía más ficción que la propia ficción, como sucedió con aquella historia del lobo.
El sábado por la mañana (a pesar de la incongruencia del horario) disfrutamos de una sesión de cuentos llevada por cuatro escritores leoneses de pro: Luis Mateo, Antonio Pereira, Juan Pedro Aparicio y José María Merino.
En esta sesión hemos disfrutado de la literatura en vivo. Quizá haya sido el evento más literario de todos los que he asistido, pues no se ha hablado de literatura, sino que se ha hecho literatura. Como cuando los toreros se pican en los quites, así los escritores nos han inundado con sus cuentos o minicuentos, ha sido una especie de orgía de breves historias en las que el ingenio era lo más destacable. Uno sabía que la sorpresa saltaría al final, en la última frase. Allí seríamos testigos de un salto mortal o de un triple salto mortal, ¿quién lo sabía?, que nos situaría en un lugar inimaginable sólo un par de minutos antes. Normalmente, supongo que buscado a propósito, dichas conclusiones han provocado la hilaridad o la sonrisa y los aplausos de la concurrencia. Quiero decir que se ha tratado de un acto de tono festivo, sin melancolías. Muy vital, muy directo. Cargado de esa misma fuerza que tienen los antiguos relatos orales... El público no ha intervenido, salvo una tímida pregunta. Por unanimidad hemos preferido que siguieran contándonos sus cuentos.
Un Filandón en toda regla, aunque haya sido bien de mañana.
*
Abril de 2009...
No han pasado ni tres años y ya nos queda tan lejos aquella hora. La cachaba parda donde se apoyaba, ya no siente el temblor de aquellos dedos. A pesar de la fama de los otros, recuerdo que las intervenciones de Pereira fueron las más celebradas de todas. También recuerdo que más de uno de sus microrrelatos lo tenía escrito en una hoja cuadriculada tamaño folio que había arrancado a un cuaderno de estudiante de bachillerato. Y recuerdo que el tono de su voz era determinante para que el sentido del cuentecillo quedara grabado en el alma de los asistentes, que disfrutábamos como niños pequeños...
Quizá esta costumbre de la zona de la montaña leonesa, que hoy ya no me es absolutamente desconocida, sea una cantera inimitable de escritores de raza. La rotundidad de aquella geografía, haber nacido en lugares que hoy reposan bajo las aguas (esta idea me la comentó Alena Collar, no es mía), vivir aislados del mundo durante la mitad del año, todos los años, obliga, supongo, a que la fantasía y una cierta forma de narrar aniden algunos hombres de esta parte del mundo...
De aquel cuarteto, hoy hay dos académicos de la lengua, un ganador del Premio Nadal y ex-director del Instituto Cervantes en Londres, y un cadáver que estará haciendo reír a los viejos amigos del Bierzo que le hacían un hueco para cuando llegara al Filandón eterno.

martes, 28 de abril de 2009

MÉXICO


Acabo de leer que la OMS ha elevado el nivel de alarma por causa de la peste porcina hasta el cuatro. Lo cual, por lo visto es muchísimo. También acabo de leer que un fuerte terremoto 5,8 en la escala Rittcher ha sacudido México.
Pablo Ordaz comienza así una magnífica crónica sobre la cuestión que publica El País digital :

La ciudad de México está en silencio, escuchándose a sí misma, sintiendo el ritmo de su respiración bajo los trozos de tela azul. A esta ciudad, que no se amilana ante nada y ante nadie, se le está empezando a notar el miedo en los ojos. Sólo en los ojos. Porque la sonrisa, que es su orgullo y su reclamo turístico, hace dos días que quedó sepultada bajo unas mascarillas que ya usan casi todos, desde los guardias de tráfico hasta los incombustibles mariachis nocturnos de la plaza de Garibaldi.
Una amiga con quien me escribo, y a la que conozco como Lectora de Poesía, ha escrito en otro lugar que le han dicho sus amigos de México que tienen vacaciones obligadas, que se han suspendido las clases no sólo en el DF sino en toda la República por causa de la Pandemia hasta el 6 de mayo. No hay lugares públicos abiertos: ni cines ni teatros ni museos ni iglesias (...). Las calles están desiertas y no hay bares ni antros ni nada abierto. Y, claro, una ciudad así es horrible. Le recuerdan que la gripe española en los años veinte mató entre 40 y 100 millones de personas. Y acaban sus amigos escribiendo esto de modo textual:

"El asunto no es ninguna broma, a ver dónde llegamos los mexicanos con nuestra gripe porcina. Sólo queda estar en casa, leer, escribir, y mirar la tarde; como mucho salir a pasear al perrito”.
Siento que esta desgracia necesita de un abrazo solidario, de una especial mirada atenta. En España se sigue con atención la evolución de esta pandemia, y en este rincón, por más motivos.
Por muchos motivos.
Uno de ellos es saber que muchas de los ojos que depositan con cariño y ternura sobre estas letras se asoman desde aquella República tan querida.
Es difícil imaginar vuestras calles bulliciosas y animadas, vacías de pronto. Es difícil asumir que las víctimas hayan aumentado de modo tan rápido. Es difícil calibrar el miedo que sentirán vuestras miradas por causa de este enemigo invisible e irracional...
Espero, de todo corazón, que todo quede controlado en pocos días, que se trate de una gripe que no origine más víctimas de las que ya ha originado, que, como aseguran los que saben de esto, la cura sea eficaz.
Ya ha provocado excesivo dolor, muerte excesiva este virus que no conoce de fronteras.

En Libertad bajo palabra Octavio Paz dejó escrito este poema, que es casi premonitorio de lo que ahora debe estar sucediendo en ese territorio amado.
LA CALLE
Es una calle larga y silenciosa.
Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
y me levanto y piso con pies ciegos
las piedras mudas y las hojas secas
y alguien detrás de mí también las pisa:
si me detengo, se detiene;
si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
Todo está obscuro y sin salida,
y doy vueltas y vueltas en esquinas
que dan siempre a la calle
donde nadie me espera ni me sigue,
donde yo sigo a un hombre que tropieza
y se levanta y dice al verme: nadie.
Desde este lugar de la meseta castellana, pero unido a vosotros de todo corazón y con todo el corazón, un fuerte abrazo y el ferviente deseo de una pronta solución.

lunes, 27 de abril de 2009

ANOCHECE EN CUÉLLAR

Vista del Castillo de Cuéllar. Foto tomada de la página web del Ayuntamiento de Cuéllar. http://aytocuellar.es/
La palabra de cada día 2004.
Diario de un opositor. Mes de junio

(Esta escena se desarrolla en la Huerta del Duque, en Cuéllar, a los pies del castillo que ilustra esta entrada, poco después del anochecer de un miércoles de junio de 2004, durante la presentación de Cuentos de Euritmia en esta villa segoviana. El acto, al aire libre, rodeado de buenos amigos, y familiares, corrió a cargo del profesor de Literatura Octavio Cantalejo que entonces era Alcalde de la villa cuellarana y hoy es Procurador en las Cortes de Castilla y León en representación de Segovia por el PSOE. Ya habíamos acabado de hablar él y yo. Yo con bastante torpeza, él diciendo unas cosas de mi libro que me dejaron anonadado... Y pocos minutos después ocurrió esto...)
*
Mientras firmaba un libro, escuché a alguien (luego supe que se trataba de Puri) que hablaba con Carmen, mi pariente de Chañe, acerca de un tal Nacho. Había abierto el libro por el relato de abril y había leído la dedicatoria.
(Por cierto, la dedicatoria dice “A Nacho y Cristina, donde estéis”.
Nacho y Cristina son los protagonistas mudos y pasivos del relato de ese mes. Son, quiero decir eran, dos niños a los que conocí durante mi etapa como monitor de ocio y tiempo libre en el Colegio de Apadefim de Segovia. Este colegio está dedicado a la educación para los niños con deficiencias y disminuciones físicas y mentales. Nacho y Cristina, en aquel entonces, tenían muy poquitos años y ambos sufrían parálisis cerebral y prácticamente de todo el cuerpo. En mi historia, son todavía más pasivos que en la realidad. A través de su mirada, lo único con cierta vitalidad aparente de su cuerpecillo, describo algunos otros niños con deficiencias o minusvalías y cómo es su relación con el mundo. De hecho este tema me interesa tanto que, en realidad, el arranque de la narración y su inspiración, por así decir, es un poema en prosa que escribí hace más de quince años, y que tiene por tema la sonrisa ausente, pero cargada de recuerdos inasibles, de Cristina).
Pues bien, casi sin entender las palabras de Puri, no sé por qué pensé que se trataba del mismo Nacho y de la misma Cristina.
Y a la vez que pensaba esto, me temblaron las manos, casi no pude seguir firmando en condiciones. Ansiaba que le llegara el turno a Puri.
Efectivamente, cuando le llegó el momento, todo se confirmó.
Le conté quiénes eran 'mi' Nacho y 'mi' Cristina.
Ella asentía a todo.
Me dijo que, efectivamente, eran los mismos. Me dio más detalles: Nacho (como yo imaginaba) había muerto hacía poco y, sorprendentemente desde entonces, Cristina había comenzado a hablar y se encontraba muy bien. Que el sufrimiento sirva para algo, pensé, después de haber pensado que los milagros existen. Porque que Cristina o Nacho pudieran hablar alguna vez es un milagro, que probablemente tenga que ver con alguna acción milagrosa de Nacho desde algún lugar...
Me dijo Puri que se lo comentaría a su madre. No me habló del padre. Espero que la historia que me inventé de sus padres, pensando en que nunca se enterarían de nada, no le afecte y sepa comprender que, obviamente, no me refería a ellos, sino a una posibilidad: la de no aceptar una desgracia de esas magnitudes.
Luego la noche siguió tranquila y fresca.
*
Hasta aquí lo que queda reflejado en mi diario de aquellos días. Hoy lo he recordado a cuenta de una carta que escribía a un amigo. Una carta en la que le decía que lo importante de los seres humanos, lo que verdaderamente los distingue de cualquier otra especie, son los afectos. Aquel curso en aquel colegio, aprendí esta lección y espero no olvidarla nunca. Mientras escribía esta carta que me ha traído estos recuerdos, escuchaba esta música, una música tremendamente melancólica, pero tan hermosa. Una música de un pobre republicano que componía como los ángeles y también fue amigo de la mayoría de poetas del 27, Salvador de Bacarisse>>.

domingo, 26 de abril de 2009

PÁJARO NOCTURNO

Carbonero común. Foto tomada de Internet

El humo del último cigarrillo, de una jornada que se hace pavesas entre los brazos del famoso Morfeo, no me desconcentra. Por el contrario, parece como si me ayudara a que el misterio del sonido tuviese el mismo tono que el de una novela de detectives.
Y no es para tanto.
Se oyen los trinos de plata, cristales que tintinean, melodías compuestas hace milenios, supongo, que se repiten sin cansancio. A mí me sorprenden, no porque no haya escuchado más veces la pieza de virtuosismo excelso, sino por el decorado.
Este mismo canto en medio de un bosque, o de un jardín recién amanecido, o con el crepúsculo que ha vestido de gris perla la tarde me llama menos la atención, a pesar de su belleza.
Pero a mis ojos les golpea la negritud de una noche, que se acentúa más por culpa de los gajos de pomelo que gotean bajo el paraguas de la farola.
Hasta las luces que maquillan los monumentos de la ciudad se han retirado hacia el descanso, con lo que la silueta de torres, espadañas, arcos y almenas es de fantasmas oscuros e inciertos.
Ni siquiera el tráfago interrumpe al silencio, si acaso los escasos vehículos que pasan lo subrayan, como si fueran rotuladores fluorescentes y auditivos.
Si durante unos segundos se calla este pájaro, el que sea, incluso el leve murmurio de la fuente de enfrente me llega.
En medio del silencio, pues, mientras el cigarrillo se me consume, mientras el cerebro exuda versos que se me olvidarán, como cada noche, el pájaro coloca un collar de aguamarinas en medio de la noche, que se convierte en princesa enamorada.
Y no dejo de pensar que alguien me recibe con alegría o no dejo de pensar que este pájaro canta una hermosa romanza para atraer a quien corresponda...
*
Como de tantas cosas, desconozco casi absolutamente todo lo relacionado con la ornitología. Y una de los apartados que más desconozco es el canoro. Y ya es desconocer. Por tanto, por los melodiosos trinos que llegan hasta mis oídos, no sé si trata de un mirlo, de un jilguero, de un ruiseñor, o de un canario encerrado en su jaula y que a pesar de las horas se encuentra en alguna de ventana. Por lo que recuerdo de mi infancia y mi primera juventud, diría que no se trata de un canario, pero mi inutilidad auditiva tiene pocos competidores.
*
Y este misterio no quiero que se desvele. Porque la voz revela más del pájaro que su silueta, que el color de sus plumas, que el tamaño de su cuerpecillo. Ese sonido es su único retrato. Y es un retrato tan hermoso.
Quiero continuar escuchando ese canto que me llega, como si fuera un canto independiente, un canto que no tiene cuerpo, por así decir. Canto puro, sonidos sin cuerpo.
Y en ese absoluto desconocimiento reside buena parte de la fascinación.
Porque el misterio añade belleza al trino de este pájaro...

sábado, 25 de abril de 2009

ES TU HOMBRO.


Es tu hombro redondez lunar, marfil
que nutre mi mirada.
Tu hombro es perfil exacto,
curva precisa del amanecer
que albea mi mirada sorprendida
como el alba ilumina el horizonte,
como el amanecer confiere vida
al mundo adormilado.
Es tu hombro la arquivolta de un milagro
que sostiene la solidez ligera
de tu amable estructura deseada.

Sobre esa nitidez blanca de esfera
percuto mis dos ojos tan sedientos
y ávidos de ternura,
huésped que nunca visitó mis poros.
Sobre esa superficie clara y limpia,
descansa, amada, el Valle de los Besos,
donde dirijo raudo mis dos alas
que sobrevuelan tu sedosa piel.
En su curvo quicial hoy me detengo,
porque esta tarde oscura se adormece
cansada del afán inútil vacuo
de una vida que corre en pos de nada.

Mis dedos te acarician
cual astronautas que bailaran valses
sobre la blanca arena de la luna…
Mis dedos se demoran en la zona
al percibir este temblor de piel
que es la señal precisa,
el hito inconfundible,
que señala el sendero a tus entrañas.
Me siento explorador que inicia nuevas
rutas desconocidas,
soy el cartógrafo definitivo
que dibujará el mapa transparente
de tu nívea orografía…

En esta tarde adormecida y gris,
de un anodino sábado lluvioso,
he transitado por el curvo límite
de tu hombro evanescente.
Cual astronautas que bailaran valses,
has sentido caricias de mis dedos:
exploradores que abren nuevas rutas
ávidos del tesoro más recóndito:
esa sonrisa tuya sudorosa…

Es tu hombro redondez lunar, marfil
que nutre mi mirada.

viernes, 24 de abril de 2009

MENSAJE PARA JOYCE. 2

Para recordar la primera entrega: este es el camino
Por favor, que alguien me ayude.
La frase le bloqueaba. Encendió otro pitillo. El humo acre, pero deseado, recorría su garganta y se deslizaba, como amante cálida, hasta sus pulmones. Saboreó con fruición el elemento gaseoso. Sabía que perjudicaba su salud, pero era incapaz de intentar dejarlo. Se estiró los dedos delgados y ágiles, traslúcidos y fríos, como libélulas sin alas, y los dispuso sobre el teclado. Lo primero, se dijo, era averiguar de quién se trataba. No quería caer en alguna broma que se gastan por la red. Antes, miró al reloj de la pantalla del ordenador. Las veintiuno cincuenta y dos. No era buena hora. Había enchufado temprano. Usualmente los contertulios se conectaban entre diez y media u once. Se trataba de una tertulia nocturna. Como las buenas tertulias, decía. El grito parpadeaba en la pantalla. El anonimato y la hora paralizaron el impulso. Esperaría un rato.
Por favor, que alguien me ayude.
El Larghetto del concierto titilaba en la habitación, como un jardín de lirios melancólicos. Se centró en el lamento, oración, súplica, caricia, que había escrito el alemán sordo. De vez en cuando, escrutaba la pantalla, como si la frase estuviese en lengua indescifrable (sánscrito, tagalés, vietnamita, esquimal o arameo prebíblico). Salvo la frase, no encontró nada, pues nada había.
Por favor, que alguien me ayude.
Miró al reloj. Las veintidós cero seis. La visión del seis fue cual pistoletazo de salida y escribió.
Soy Joyce. ¿Qué te ocurre? ¿Quién eres? ¿Qué puedo hacer?
Esperó con ansia a que la respuesta fuera recibida por el angustiado o angustiada.
Silencio en la pantalla. La música de violín modelaba con dúctil arcilla los sonidos que adquirían cualidades táctiles. La respuesta tardaba. Por fin, el cursor cambió de línea.
Ayúdame, Joyce.

jueves, 23 de abril de 2009

LOS LIBROS


El joven que aún no era se detenía ante los escaparates de la librería de su ciudad dormida. Sentía la atracción de los volúmenes cerrados que le enviaban mensajes tal que murmurios de deseo. Leía títulos que le hablaban de viajes, de aventuras, de misterios, de historias trágicas, de historias felices, de amores y desamores, de encuentros y desencuentros, de miradas bien distintas a la suya propia, al resto de miradas que él conocía. Sentía en un surco de sus entrañas que una voz nueva tejía su propio lamento, un quejido que debía aflorar como aflora el agua pura en el manadero, para que no se convirtiera en un pudridero. También paseaba sus dedos por los lomos viejos de los libros añosos de la biblioteca de su ciudad dormida. Cuando se había decidido por uno, vivía horas nuevas sumergido en las palabras antiguas. Descubrió que el tiempo cavaba trincheras de eternidad en los huecos de las palabras, en el escalón de los párrafos, en la explanada del final de un capítulo. Y una mañana supo que alguna vez se cumpliría su sueño.
Aunque el sueño parecía una quimera, se hizo carne, carne temprana...
Una mañana tibia de un invierno, cual brillante diadema de princesa, escarbó en su manantial, pequeño y quieto, claro y silente. El primer verso levantó su vuelo. Tras él cruzó el segundo… y el tercero. Sus ojos escrutaban su latido. Allí palpó la noche clara y triste...; la aurora de sonrisas infantiles...; lágrimas asesinas de ilusiones...; dudas cual campanadas de conciencia…; plegarias y susurros al Dios vivo...; balas que matan versos peligrosos...; piel que se pierde en el silencio oscuro... Fluían, fluyen, hilos intangibles, un regato que aspira a ser arroyo, donde abreve la sed del paseante…
Al concluir su trabajo, con las uñas aún húmedas por la arcilla, comprendió que había labrado la primera trinchera de su vida.
Emprendió en silencio su laboreo de zapador de nubes, de espía de conciencias, de investigador de lágrimas, de encuestador de hormigas, de escrutador de aromas de colores, de cazador de sueños, de eco de otros llantos.
Cuando tuvo suficientes trincheras, se arrodilló incrédulo. Tras musitar una oración de acción de gracias, las tomó entre sus manos. las acarició, besó su aliento y depositó su esencia sobre hojas que se unieron en una gavilla de páginas que alzaron su vuelo corto, pero vuelo, al cabo…
Y descubrió que su felicidad era construir trincheras para que el tiempo duerma sosegado...

miércoles, 22 de abril de 2009

DE PRIMAVERA

La palabra de cada día. Diario de un opositor.
Abril de 2004
*
Cuando he bajado de comer, la tenue brisa de la espléndida tarde primaveral que por fin hemos tenido, me ha traído hasta la pituitaria el frescor del aroma del césped recién segado. Y a la par que esas moléculas de la fragancia entraban en mi cerebro, actuaban como las palabras de un experto hechicero para convocar a este presente un tanto anodino, el joven que fui, el adolescente que se marchó una tarde en que descubrió que dentro del corazón humano anidan la crueldad, el odio y la mentira como repertorio fundamental. Es uno de los perfumes naturales que más me agrada. Junto con el del ozono justo en el momento previo de la tormenta, o el de las primeras gotas de lluvia al caer sobre la arena reseca. Son olores nítidos, intensos, pero no agraden. Son olores que refrescan, casi oxigenan el cerebro en todos los sentidos. Es como si a uno lo cubrieran de la paz que necesita, tras tantas horas de lucha prosaica, metido entre los alambres de espino con que la vida me acecha. O quizá no sea la vida, más bien se trate de que no sabemos vivirla con naturalidad, simpleza y desprendimiento.
Digo que semejante aroma, ha rescatado el recuerdo que ha aterrizado sobre mi cerebro con la potencia de un bombardeo, o como si fuera una pesadilla inesperada. Quizá las comparaciones son demasiado torpes, porque pueden dejar la idea de que ha sido un recuerdo triste. Todo lo contrario. Cambiaré la comparación. Ha sido como si me hubieran comunicado que me toca la lotería, aunque fuera la pedrea, o que he ganado un concurso de cuentos que organizaban los vecinos de mi casa. (Quizá si alguna vez le organizaran de verdad, tampoco le ganaría, pero eso es otra historia). Concretaré.
Esta fragancia de césped recién rasurado, como perfumado por una loción después del afeitado, me ha traído hasta la memoria otras tardes similares, otros momentos maravillosos, otras horas en las que la juventud se me escapaba por todos los poros de la piel y delante de mí sólo veía la vida que se me henchía sin que hubiera una sola traba que la hiciese complicada, o enemiga de la mía propia. Esas tardes de la primera juventud, o la última adolescencia, que tampoco sé muy bien qué edad es esa. Esas tardes en las que uno, por fin, a pesar de creer que ya sabe todo lo importante que tiene que saber para vivir la vida, va descubriendo, que, en realidad, no sabe absolutamente nada. Y precisamente de aquello que cree saber más, es de lo que más ignora.
Cuando los rayos del sol de la incipiente primavera ya llegaban hasta nosotros con toda su potencia, cuando estar encerrado en una clase oliendo los sudores de otros cuerpos, tan mal olientes como el nuestro, oliendo a tiza, oliendo a libros desgastados por casi todo el curso, a la tinta de los bolígrafos sobre el papel cuadriculado de los cuadernos, oliendo a cosas muertas, a cadáveres del pasado, a cadáveres inalcanzables y aburridos, se hacía insoportable nos lanzábamos a los jardines del parque del cementerio, nos escabullíamos como podíamos de la vigilancia (no muy férrea, para qué engañarnos) de los profesores y pasábamos la tarde sintiendo el olor de la vida que entraba en nosotros en primer lugar con las vaharadas de hierba recién segada agolpándose por nuestro cuerpo, como si quisiera abrazar nuestro corazón, como si quisieran llenar de fuerza genésica los impulsos incontrolados de nuestro espíritu. También me ha traído a la memoria esas otras tardes, en las que, ya después de la clase, y, por tanto sin la carga de los novillos a nuestras espaldas, pero con la carga de un próximo examen, dejábamos correr el tiempo. Con el deber esperándonos en nuestras casas, pero al que no atendíamos. No podíamos atender. Éramos pequeños animalillos a los que la sangre les bullía con fuerza, y no podían plantearse, ni siquiera por casualidad, pasar aquellas hermosas e interminables horas aplastados por la rotundidad hosca de las cuatro paredes de nuestra casa. En aquel entonces, prefería que las tardes primaverales fueran lluviosas, frías, encapotadas, como un recuerdo del invierno recién abandonado. Pero la tozudez del clima solía ser implacable. Había que luchar denodadamente contra aquel sol, contra aquel aroma, contra aquellos latidos del corazón que parecían barbotar, contra el deseo casi incontrolado de zambullirse en el rescoldo de la tarde. ¿Qué nos podían importar a nosotros los libros? ¿Qué nos iba a preocupar algún trabajo sin realizar, o hecho con la desgana de un aprendiz? Pero a nuestro alrededor, los mayores no lo entendían. Nos miraban y nos exigían que cumpliéramos con nuestro deber. Recuerdo que les miraba, o miraba el cuadrado de cielo azul que se veía tras el ventanuco de la cocina donde estudiaba (o pasaba la tarde, vaya usted a saber), y me preguntaba si es que uno cuando se hace mayor, cuando le entran los años, le sale la vida desde dentro y se desgasta. Si eso sería crecer, hacerse mayor, perder las ganas de vivir, o cumplir de forma estricta con el deber que se tiene encomendado. No sé, de una forma un tanto confusa y amorfa, me suponía que ir creciendo era ir perdiendo parte del aliento. Por eso, en el fondo, no quería crecer. O por lo menos no quería crecer mucho, lo justo. Llegar hasta los veintipocos donde todavía parecía que todo era vida, y tenías muchas más ventajas que a los quince o dieciséis, ¡dónde iba a parar!
Pero ahora me doy cuenta que nada de eso es del todo cierto. Que, en verdad, nuestros adultos, como nosotros hacemos con nuestros jóvenes, nos engañaban. Ellos en su corazón seguían sintiendo esa fuerza salvaje y vital que crece imparable, ese maremoto que rebosa a la primera de cambio. Hoy lo sé porque sigo mirando a través de una ventana (es otra ventana, pero, a pesar de Heráclito, es el mismo cielo) y sigo viendo las tardes plenas de ese azul único de esta Castilla abandonada. Sigo escuchando el canto delirante de los pájaros (gorriones, mirlos, estorninos, petirrojos, tórtolas, urracas, algún jilguero, sí algún jilguerillo, quizá algún ruiseñor, verdecillos, verderones, los primeros vencejos que llegan hambrientos como siempre). Sigo empapándome del frescor de este verde recién nacido que ocupa las enmudecidas ramas hasta ayer, casi, y pocos días (u horas, o minutos) se adensan en un estallido de vida. Sigo, sobre todo, sintiendo que mi sitio no es escrutando el significado difuso y un poco cadavérico de ciertas leyes que no sé de qué modo voy a poder meter dentro de este cerebro, que para algunas cosas ha perdido facultades, pero para otras, como el barboteo del corazón henchido, sigue igual que aquel joven, que en tardes como la de hoy no podía aguantar la claustrofobia de una clase con treinta y tantos compañeros aburridos escuchando cosas que quizá, por qué no, debían ser importantes, y, sin embargo, sólo eran un suplicio, un funeral, un encarcelamiento brutal, a veces.
Por eso, esta tarde he pensado con pellizco de melancolía, y bastante egoísmo, que esta primavera podía ser lluviosa, así me costaría menos esfuerzo pasar las tardes pegado a los temas…

martes, 21 de abril de 2009

JUEGO RUIN

Los jugadores del Real Madrid festejan el gol de Marcelo del pasado sábado en el Estado Colombino de Huelva. Recretativo de Huelva, O. Real Madrid, 1 Foto tomada de El País digital



Sé que provocaré algunas estampidas, sobre todo en alguna de mis lectoras, pero si aguantaran un poco, quizá... Bueno, no, supongo que no. En fin, otra vez será.

Este año el Real Madrid demuestra (y no es la primera vez en su reciente historia) que con tal de vencer es capaz de cualquier cosa, incluso es capaz de la nada.
Esto no sólo pasa en el fútbol, por desgracia hay demasiados ámbitos de la vida en los que parece que el triunfo a costa de lo que sea es la única opción. Quedar por encima de los demás, aunque se racanee, aunque se busquen artimañas para justificar lo injustificable.
El Real Madrid, este Real Madrid, puede hacer mucho daño al fútbol, porque aún no es imposible, aunque poco probable y nada deseable, que consiga el torneo de la liga española, una de las más importantes en Europa.
El juego de este equipo del que no puedo renegar (esto de los afectos a veces es canallesco, uno contempla con estupor que los que él prefiere lo hacen mal, se equivocan, enredan, incluso trampean, pero es imposible que los odie, es imposible que se elijan a otros), roza la mezquindad, una racanería propia de quien se sabe inferior, de quien contempla la botella medio vacía y no quiere que se la vacíen del todo. En fin, un juego ruin, ramplón, aburrido. Eso sí un juego corajudo y eficaz.
Un juego que más que juego es estadística. Pura y dura estadística.
El Real Madrid es la manifestación de la máxima moderna sobre la eficacia, sobre todo en los negocios. Sólo importa el triunfo y el alto rendimiento: baja inversión, mucha rentabilidad; para ello hay que ser eficaz, por tanto, la eficacia es buena.
En fútbol, efectivamente, se trata de vencer al adversario. No cambiaré las directrices seculares de este juego. Ni llega mi romanticismo al territorio bucólico del quien sólo pretende la esencia del regate sublime, del desmarque veloz, del pase sutil, de la presión armónica, de la velocidad con sentido, de la combinación cual danza geométrica... No, no llego a tanto, pero hay maneras de vencer y maneras de vencer.
Siempre me he opuesto y me he manifestado contrario a quienes defienden que este deporte consiste en evitar la derrota.
Según mi concepto de este juego, sostener tal principio es similar a esta afirmación: la vida es que no me muera.
Por su puesto, cuando uno enferma, se trata de evitar la muerte, pero con la conciencia precisa de que la convalecencia no es la vida en plenitud, sino un trayecto necesario para alcanzarla.
Vivir es disfrutar de lo que cada día nos regala: luz, brisa, agua, lluvias, sol, plantas, sonido de cientos de pájaros, animales, infinitas sonrisas infantiles, ilusión juvenil, cariño de los seres que nos quieren y a quienes queremos, compañeros de trabajo, amor, sexo, comida, bebida, siesta junto a la piel amada o en soledad, literatura, pintura, música, fútbol, baloncesto, paseos solitarios o en compañía, viajes, sueños...
A estas alturas nadie me convencerá que jugar al fútbol es no perder. Ni siquiera lo conseguiría la improbable victoria final del Real Madrid. Jugar al fútbol es disfrutar con el juego, combinar, atacar, meter goles, a ser posible uno más que el equipo que tienes enfrente. Y si encima consigues cierta belleza (esto sólo lo entendemos los que nos gusta este juego), entonces es que has visto el juego del F.C. Barcelona o de la selección de España.
Por desgracia, hay demasiado tecnócrata en esto del fútbol, y muchos directivos que piensan que el triunfo es lo único que prestigia a un club.
Lo peor del asunto es que lo mismo tienen razón, porque a las pruebas de sus cuentas de resultados se remitirán.

lunes, 20 de abril de 2009

LA POBREZA PASEA EN NUESTRAS CALLES


Mujer descalza pide limosna a la puerta de la Catedral de Segovia. Foto de Antonio Tanarro publicada en la edición digital de El Norte de Castilla.

Supongo que algunos lo habréis leído ya, pero me parece que es de estas cosas que conviene que se resalten, porque si no parece que vivimos en los mundos ingenuos. Siempre he creído que el ser humano es el verdadero horizonte de todo artista (o un humilde aspirante a ello), y que si nuestra mirada no escudriña en lo que nos circunda vamos muy mal, por muy mal camino.

En fin, que resumiré el artículo escrito por César Blanco para la edición digital de El Norte de Castilla en su sección de Segovia.
Los datos son contundentes y no ofrecen demasiado margen para la duda. Unos trescientos cincuenta, 350, rostros nuevos han acudido a solicitar ayuda por vez primera a Cáritas. Y esta cifra sólo se refiere a lo que va de año.
Se trata de una cifra que engrosa la de los habituales, incluso la de aquellos que durante la época de bonanza dejaron de acudir a alguna organización de espíritu solidario y que ahora vuelven.
Según las estimaciones realizadas por oenegés como Cáritas, San Vicente de Paúl o el Banco de Alimentos, se llega a la conclusión de que aproximadamente un cinco por ciento, 5%, de los segovianos ha recibido ayuda de alguna de ellas. Entorno a ocho mil, 8.000. personas que conviven junto a nosotros, en nuestra provincia, rozan o tocan la miseria con sus dedos, es decir, que los tienen literalmente vacíos y han de extenderlos para que alguien se los llene. Y cuando los extienden seguro que se avergüenzan, bajan la cabeza y sienten un temblor en alguna parte de su conciencia, un temblor que probablemente tiene más que ver con la rabia, que con otra cosa.
A mí me pasaría.
Hay palabras que debieran asustar cuando se dicen, pero se han manoseado tanto que acaban por no significar nada, o casi nada.
Pobreza es una de ellas.
¿Qué es pobreza?
Quizá muchos penséis que buena parte de estas personas que requieren la ayuda de Cáritas o de alguna otra organización de fines similares, serán inmigrantes que se han quedado sin trabajo, o personas ya marginadas de antemano. En buena parte, según Rosario Díez, directora de Cáritas Segovia tal idea es cierta; pero según Rufo Sanz, Presidente del Banco de Alimentos, constata el incremento de las solicitudes de ayuda hechas por españoles. Él mismo señala que la organización que preside pudo repartir más de ciento cincuenta, 150, toneladas de alimentos.
Las causa que en general origina esta situación, como es fácil de imaginar, nace de la pérdida del empleo y la imposibilidad de hacer frente a la hipoteca o al alquiler de la vivienda, a lo que hay que añadir la vital necesidad de comer.
La pobreza está cerca de nosotros.
Es algo muy sabido, pero pareciera que nos pilla un tanto lejos. Y sin embargo parece que crece parece que se acerca.
Me cuesta trabajo imaginar a alguien teniendo que acercarse a uno de estas organizaciones citadas u otras similares.
Pienso en mí mismo. No me puedo considerar rico. Sin embargo con la que cae, soy privilegiado. Pero digo que me pienso a mí mismo en una situación similar: sin trabajo, con dos hijas que alimentar, dirigiéndome a Cáritas, pongamos por caso... No sé, se me hace un terrible nudo en la garganta, en el estómago, en el alma.
Gracias al cielo existen estas organizaciones no gubernamentales (seré políticamente correcto), y gracias a ellas se puede paliar en parte esta miseria; pero, es muy triste que tengan que existir. Que a pesar de formar parte del primer mundo europeo que goza de las economías más boyantes, no hayamos dado con el quid de la cuestión que haga innecesaria su existencia.
Hemos avanzado mucho, pero la pobreza continúa a nuestra vera. Hay épocas en que crece y otras en que mengua. Pero no nos abandona. Parece una sombra indestructible y odiosa.
Algo hacemos mal, algo.

domingo, 19 de abril de 2009

MOMENTO FRONTERIZO.



¿Acaba la tarde...? ¿Empieza la noche...?


El color de plata se oscurece y mis ojos son espectadores de ese proceso por el que una mano invisible cubre, poco a poco, bien despacio, a las criaturas que pueblan este pedacito de planeta. Frente a mí, las luces, como leves candelas, maquillan el rostro de torres renacentistas y chapiteles barrocos, de arcos romanos y torres góticas. Es esa hora incierta y breve en que la noche es promesa y la tarde recuerdo, una frontera imperceptible para quien no mire, para quien no tenga entornados los postigos del alma.


Y si la espesura de las nubes no fuera tan cierta y tan rotunda y tan precisa, este instante, ya tan avanzada la primavera, no sería tan efímero. Daría tiempo a sentir su transcurso como un cálido beso largo. Pero el invierno ha asomado sus galones en este ocaso de abril y ha querido imponer su dictadura oscura, con lo que el crepúsculo vespertino parecía la fugaz sonrisa de un niño travieso, pillado en su travesura.


Siento detrás de mí el aliento tibio de quien me ama. Es hora de apurar las palabras.


Vale.

sábado, 18 de abril de 2009

ADAGIO FÚNEBRE

(Foto tomada de http://arteyfotografia.com.arg/ )
(Tras la escucha del primer movimiento de la quinta sinfonía de Gustav Mahler. Espero que haciendo click con el cursor accedáis a una reproducción de esta música
http://www.youtube.com/watch?v=d7cwbGBFyEQ&feature=related)

La noche es un ovillo de timbales,
cascabeleo funerario, oscuro,
negra carroza, por caballos negros
conducida a la cárcava infinita.
El tiempo se detiene, reflexivo
recoge el sufrimiento en incontables,
interminables, aquietados, densos,
sepulcrales segundos estancados.
Segundos que parecen hojas huecas
ilimitadas, infinitas horas
transversales espacios invisibles.
Manantiales de oscuras remembranzas
umbrías de deseos opalinos.
Nuestro dolor es flébil melodía
que ocupa el universo enmudecido
cubriéndolo de rutas inasibles
compuestas por pedazos de sonidos
hurtados a aquel alba, a aquel ocaso,
a aquella madrugada tenebrosa,
a la tormenta, al huracán, al llanto,
al instante de la última visita,
del último ángel que nos acompaña.
Pasión: inmenso espacio casi plano.
Plenitud: sentimiento sin aludes
un rutilante soplo, viento, brisa
caricia vespertina que sonríe.
La conclusión es horizonte abierto:
puesta de sol inmensa, gigantesca
que envuelve todo, que ilumina todo
desde la perspectiva de lo eterno
la sonrisa que se abre, leve intensa.
El quiebro que recorta el sino triste
Mahler con su paso holla el mismo filo
en sombras de la muerte insospechada
Asoma su mirada quevedesca
traspasa el límite que explica arcanos

y envía flechas con respuesta impresa:
resurrección, resurrección palabra
camino, senda, clave explicativa
de tantos sufrimientos y agonías.
Invoca al cosmos cotidiano, simple
y acude al universo raudo entero
se ovilla el tiempo nocturnal silente.

viernes, 17 de abril de 2009

MENSAJE PARA JOYCE. 1


Por favor, que alguien me ayude.
El cursor temblaba impasible, ajeno, como el viento a los árboles, a lo que había dejado detrás. Abelardo Botícher miraba atónito y paralizado la pantalla, por lo demás vacía. La frase permanecía muda, y, a la vez, gritaba o golpeaba al entendimiento.
Por favor, que alguien me ayude.
Afuera, la lluvia tabaleaba con insistencia, quería entrar en la casa fracturando los cristales con sus besos de hielo presentido. Supuso que el frío arreciaba sobre la urbe, como cruel cobrador de impuestos.
A su derecha, el cenicero humeaba a causa de la última colilla mal estrangulada, aún agonizante. Más allá, al alcance de su mano estrecha y fina, se templaba una lata de cerveza aburrida. La música de Beethoven (El concierto para violín y orquesta en re mayor interpretado por Zukerman) rociaba el espacio oblongo del cuarto, iluminado por una bombilla de sesenta vatios con síntomas de bronquitis en sus filamentos.
Abelardo Botícher acababa de conectarse a Internet con la sonrisa que produce la espera del placer. Una sesión de conversaciones tejidas por la densidad del silencio y tramadas en urdimbre invisible, como si las ideas atravesaran el espacio cibernético. Una singladura por el proceloso mar oscuro de la red. Una navegación tranquila en compañía apacible. Lo más parecido a la telepatía: ideas que pasan, a través de los dedos, a otras neuronas.
Por favor, que alguien me ayude.
Como si fuera a estallar la tempestad, las seis palabras dañaban su paz y rompían el esquema, frágil cristal de Murano, trazado para las horas de periplo telemático. El sonido del violín era voz suplicante.
Por favor, que alguien me ayude.
Con miedo subrayado, se preguntó si alguien más habría recibido el mensaje.
Participaba en el chat desde hacía dos años con la pasión de un converso. Se hablaba de lo humano y de lo divino. Casi más de lo divino o de lo diabólico, que venía ser lo mismo.
Ermitaño, más fiel y constante que él, monopolizaba espacio y tiempo. Más de una noche, el eremita internauta (perdón por la contradicción) quedó solo (más cenobita que nunca) en medio de un farragoso y excéntrico discurso. Abelardo Botícher se presentó al grupo como Joyce. Otros miembros de aquella especie de club eran Ovidio, Larra, Laoconte, Rosalía, Asterisco, Parsifal, Sherlock Holmes, Dulcinea, Jimena, Mozart y Penélope, la última contertulia con vocación de permanencia. Al ser un foro abierto, recibían visitas, meras aves de paso.
Era una tranquila tertulia de café de provincias recoleto y recogido y solitario y escondido y monótono. Los nombres eran veletas que apuntaban a sus espíritus, o brújulas que marcaban una dirección, nombres que ocultaban afán de encarnación en horas nocturnas: una definición, una declaración de principios, un destino, un retrato con palabras.

jueves, 16 de abril de 2009

RECUERDO DE ABRIL DE 2004

La palabra de cada día. Diario de un opositor.
Fragmento correspondiente a abril de 2004
Sobre el discurso de investidura de José Luis Rodríguez Zapatero
*
(...)
Lo que más me ha gustado del discurso, ha sido el final.
Las últimas dos páginas de su intervención las ha utilizado para hablar de cultura. Creo que es significativo ese puesto en el discurso. Empezó su intervención con la obligada referencia al terrorismo y a la política internacional, y lo cierra con la cultura. La cultura, además, entendida como el valor más importante que tenemos para vender todo lo demás que es este país.
Ha hecho referencias explícitas a la condición de los creadores y ha afirmado que la cultura y, por tanto el mismo hecho de su creación, no es equiparable a cualquier otro bien de consumo.
Según mi traducción: un poema o cuadro o película o composición o novela o escultura u obra de teatro, no es lo mismo que una lata de sardinas, de refresco, o un descapotable último modelo, ni siquiera lo mismo que una vivienda.
Ha sido agradable leerlo, porque a uno le quedaba la duda de si esta actividad no es más que otra clase de mercancía, un bien de consumo, poco más que algo de usar y tirar. Me parece que el Presidente proclama que la creación artística ni puede ni debe estar mediatizada por la rentabilidad económica de sus productos. Y estoy de acuerdo, porque estoy hasta el moño de que el verdadero criterio que establece la frontera entre la bueno y lo nefando en materia de arte sea venta, rentabilidad, cantidad... La creación, la expresión nacida como manifestación de un interior poderoso, libre e imaginativo, no puede estar presionada por nada que venga desde las afueras de la piel del artista. Ni por ideologías, ni por modas, ni por rentabilidad. La calidad es otra cosa. Por otro lado la decisión sobre la calidad es una cuestión cambiante en muchas ocasiones, por tanto el tiempo es un actor principalísismo. Las generaciones contemporáneas al creador, sobre todo en el caso de algunos autores geniales, suelen ser las menos adecuadas para valorar con tino el valor de su obra. Como mucho, expresarán si les gusta o no lo que tienen frente a sí, y este derecho es inalienable y nadie -ni siquiera el autor- puede privar a otro de ejercerlo; pero será el futuro, quizá cada futuro, quien con su juicio, acaso con adecuada perspectiva, emita el verdadero veredicto.
Sin embargo, la guinda del discurso ha sido la referencia al Quijote y a Cervantes. Y esa cita, que abrocha todo el discurso, es un compromiso que le va a obligar más que las promesas electorales, porque, al fin y al cabo, las resume y está dicho de forma y en lugar solemnísimo:
“Un gobierno de meollo, un gobierno que mire por el bienestar de los más humildes”.
Esta frase, como credo, como finalidad, como lema de un gobierno socialista es mucha frase.
No sé si se me nota ilusionado, pero lo estoy. Él lo ha conseguido. Espero no tener que desdecirme de todo esto que acabo de escribir.
Así que a este vallisoletano de nacimiento, leonés de adopción, culé (qué se le va a hacer, nadie es perfecto) en lo futbolístico, socialista en lo ideológico, español de alma, pero nada centralista, parece ser, y cervantino en el concepto de la vida, le esperan unos duros años de trabajo. Espero que esa sonrisa angelical que ilumina sus intensos ojos celestes no se le agrie demasiado en estos años.
Y que sea un bien para todos.

miércoles, 15 de abril de 2009

14 DE ABRIL DE 1931 EN SEGOVIA

Mitin en el teatro Juan Bravo de Segovia el día 14 de febrero de 1931. Presentación nacional de la Agrupación al Servicio de la República, fundada por intelectuales a favor del cambio de régimen. Al mitin acudieron Antonio Machado, Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala (de izquierda a derecha). El fotógrafo Alfonso inmortalizó el momento. / El Norte

Me es completamente imposible hablar de política en estas páginas. No nacieron para esto.
Ocurre que la política cotidiana, tal y como se entiende en su empobrecedor concepto de lucha por el poder de los partidos políticos, me hastía, mejor dicho, sólo me apasiona para hablar de ella en algunos ratos muertos, mientras se toma uno un café con un amigo, o cuando hablar del tiempo, o del último partido de fútbol no es recurso y aburre hasta a la ovejas). Por el contrario, la política en su acepción más elevada, es decir, en cuanto a modo de servir a la mejora de la vida de los ciudadanos me interesa, y me interesa mucho.
En algunas ocasiones, las palabras nos juegan muy malas pasadas, o por ser un poco más precisos, su contenido semántico, el que anida en los corazones de las personas normales y corrientes, yo por ejemplo.
Hablar en España en 2009 de República es sinónimo de cierta izquierda. No de toda la izquierda, desde luego, ni siquiera la misma izquierda de los años treinta ya que, oficialmente al menos, el PSOE admite, por constitucional, la Monarquía Parlamentaria como forma de gobierno del Estado. Se excluye que desde la facción conservadora del espectro político haya republicanos, porque cuando la II República desembocó en la Guerra (In)civil, fue precisamente la derecha, excepto el PNV, la que se alió o se plegó a los dictados de los insurrectos militares, aún antes de que Franco fuese el único director de orquesta.
Esto lo subrayo, porque el 14 de abril de 1931, las cosas no eran así.
El concepto de Monarquía se parece en poco al actual. Por suerte para nosotros. Ni siquiera el concepto de izquierda es homologable en las dos épocas. Baste con señalar que el PSOE era un partido marxista, del que se acababa de escindir el PCE.
Dicho esto, pensar que Azaña, Lerroux, Melquíades Álvarez, Marañón, Ortega y Gasset, etcétera, fueran de izquierda (de la izquierda marxista) es pura entelequia. Y sin embargo, no desvelo ningún secreto si digo que todos los citados eran republicanos.
Machado desribió el 14 de abril de 1931 en Segovia en un articulito publicado en 1937 en La Voz de España:

"Fue un día profundamente alegre muchos que ya éramos viejos no recordábamos otro más alegre, un día maravilloso en que la naturaleza y la historia parecían fundirse para vibrar juntas en el alma de los poetas y en los labios de los niños. Mi amigo Antonio Ballesteros y yo izamos en el Ayuntamiento la bandera tricolor. Se cantó La Marsellesa; sonaron los compases del Himno de Riego. La Internacional no había sonado todavía. Era muy legítimo nuestro regocijo. La República había venido por sus cabales, de un modo perfecto, como resultado de unas elecciones. Todo un régimen caía sin sangre, para asombro del mundo. Ni siquiera el crimen profético de un loco, que hubiera eliminado a un traidor [se refiere a Lerroux], turbó la paz de aquellas horas. La República salía de las urnas acabada y perfecta, como Minerva de la cabeza de Júpiter.

Así recuerdo yo el 14 de abril de 1931."

Con motivo del ciento cincuenta aniversario de El Norte de Castilla, en 2006 este periódico preparó un especial con artículos que recorren su siglo y medio de existencia. Entre otros hay uno titulado Segovia en rojo, gualda y dorado, este es el enlace que os lleva hasta él: http://canales.nortecastilla.es/150aniversario2/republica/republica_04.htm. Tras resumir el suelto que acabo de transcribir de D. Antonio, sintetiza lo fundamental de aquella jornada vivido en esta ciudad.
No copiaré lo que dice sobre la manifestación que se organizó espontáneamente, ni las referencias al importante mítin que el Teatro Juan Bravo albergó el 14 de febrero de 1931 (momento que se recoge en la foto que ilustra esta entrada y el artículo al que me refiero), ni la concreción de los resultados electorales que se produjeron durante la jornada electoral del 13 de abril. Ya digo que el texto es accesible con el enlace y muy breve...
Pero no me puedo sustraer a su final. Una vez que la manifestación ha llegado a La Plaza Mayor, que ha sonado la Marsellesa y que se ha cantado el himno de Riego, los concejales electos entran en el Ayuntamiento y

"(...) el alcalde provisional, el pintor Lope Tablada Maeso, dictaba su primer bando: «A todos se nos demanda abnegación y sacrificio. El pueblo supo cumplir con su sacrosanto deber; nosotros os prometemos seguir constantemente a vuestro lado, aprestándonos a cumplir con vuestro mandato. Ciudadanos de Segovia: ¡Viva la República!»"

No me es difícil imaginar las pupilas cargadas de ilusión y esperanza de aquellos once concejales que formaban la mayoría del Ayuntamiento (ocho republicanos y tres socialistas). Se abría una nueva era, una ilusión, un sueño que desembocó abruptamente en una pesadilla larguísima y llena de sangre y odio, horror y vilezas. Cuando Lope Tablada, años después aúm pintaba sus cuadros, quizá recordara aún sus primeras palabras como alcalde republicano de la ciudad de Segovia.

Hoy, con la mirada perdida, bañada por la lluvia de esta jornada revestida de plata y melancolía, miro al recuerdo de aquellos hombres y mujeres y me pregunto si, con independencia de la forma de gobierno del estado español, por fin, habremos hecho realidad su sueño, aunque haya sido después de que aquella ilusión desbordante se trocara en una horrenda pesadilla.

martes, 14 de abril de 2009

EL HIJO

*
El hombre tiene cincuenta y siete años. La mujer veintiséis.
Con esta diferencia de edad mantuvieron una relación sentimental con derecho a roce, a mucho roce. No es habitual, de acuerdo, pero tampoco es imposible o impensable. Se podrían dar nombres.
Que el hombre prometiera dejar su pasado y casarse con ella, suena a folletín decimonónico.
Que hace dos años, fruto de esa relación, naciera un hijo, quiza indique algo... o nada. Depende.
Que ella haya dicho que se enamoró de él hace diez años, con dieciséis, por sus "bellas palabras", le da a esta historia un toque de romanticismo propio de una novela de Stendhal. Lo que, para qué engañarnos, demuestra la fuerza que aún posee la palabra.
Que ella le demandase para que él asuma sus obligaciones derivadas de la paternidad, además de rebajar peligrosamente el grado de romanticismo, enseña que, por muy joven que sea nuestra protagonista, sabe qué se trae entre manos, por ejemplo, que un hijo no es un sueño, aunque haya nacido fruto de uno... Sin embargo negar, como negó, la presentación de la querella, enturbia el argumento que, a estas alturas ya se parece al de una de las telenovelas latinoamericanas que tanto gustan en el mundo, en el mundo entero.
Que él sea político en activo y ella no, dota al asunto de una publicidad que al principio parecía innecesaria.
Que el político sea Presidente de República eleva el guión a categoría de noticia que cruza las fronteras.
¿Que si él estaba divorciado o continuaba casado...? ¿Vamos, que si hubo adulterio...?
Perdón, hablaba de Fernando Lugo, Presidente de la República del Paraguay y ex obispo de la Iglesia Católica.
Que él haya reconocido públicamente todo, que asuma sus responsabilidades, que el hijo se concibiera cuando aún era obispo, que había solicitado su secularización al Vaticano y que éste no la había otorgado, y que el lugar donde ejercía su ministerio fuera San Pedro, uno de los departamentos más pobres de su nación, completan, y acaso embrollan más la historia que debiera ser la de dos seres humanos que se amaron, y que acaba siendo tema de Estado.
Dejo el enlace a la noticia redactada por Soledad Gallego Díez en El País Digital...
Vuestros comentarios un poco más abajo. Gracias.
Os doy el mío: La vida se parece peligrosamente a una telenovela latinoamericana de las que tanto gustan en todo el mundo, en el mundo entero.

lunes, 13 de abril de 2009

EL PROFESOR

*
En el barrio le conocían por el profesor. Su aspecto austero, casi siempre de antiguo endomingado, su porte erguido, su mirada de neblinoso páramo abierto, su gesto circunspecto, la negra cartera vieja y desgastada...
Cada mañana, salía temprano, tanto que los vecinos sólo oían el ruido de sus pisadas de goma.
Retornaba cada jornada poco después de la hora en que habían regresado de clase los últimos chavales.
A esa hora crepuscular, eran más las miradas que comprobaban las escasas huellas que el día había depositado en su atuendo. De vez en cuando, alguien cruzaba breves frases, casi tan cortas como monosílabos. Pero en tal instante de la tarde, sus ojos, aunque mantuvieran el neblinoso horizonte de páramo, parecían llagas, como si hubieran deglutido el abandono ajeno.
Nunca nadie supo la causa de tales heridas.
A la marquesina del autobús llegaba poco antes del amanecer; allí tomaba el que le dejaba en la estación de tren; una vez que la locomotora había atravesado la gran ciudad, tras un viaje veloz y silencioso, donde el sueño de los otros viajeros era su mejor aliado, bajaba en el andén de la segunda parada: un apeadero batido por el viento. Se cruzaba con individuos que aún parecían alienígenas o robots con aspecto humanoide.
Avanzaba raudo, sin detenerse.
En un rincón del vestuario gris, se vestía el uniforme de trabajo: una camisola de rombos blancos, verdes, azules y amarillos, unos pantalones decorados con la misma geometría, una peluca de rizos dorados y una bola roja convertía su nariz en satélite de la luna.
Sus ojos buscaban, ávidos, las caritas demacradas. Cuando alguna, ya familiar a su mirada de neblinoso páramo abierto faltaba, una cuchilla cortaba un poco más el latido de su corazón, pero eso nunca se supo.
El resto de niños gritaba, reía, palmoteaba, en la medida que sus fuerzas se lo permitían.
¡¡¡¡ Buenos días, amiguitos!!!
Algunas enfermeras sonreían aliviadas.

domingo, 12 de abril de 2009

EL PRIMER DÍA DE LAS SEMANA

( Está a punto de amanecer el primer día de la semana y la novela se acaba, como se acaba el sufrimiento)


Cuando llegué hasta el patio, observé, también con sorpresa, que había avanzado mucho la noche. Calculé, por la posición de las estrellas y la luna llena que, probablemente, estuviese mediada la cuarta vigilia, o sea, que quedaría poco más de una hora para que amaneciese el primer día de la semana... El alba me iba a sorprender levantado. Este era un momento del día que, desde siempre, casi desde niño, me encantaba y que, cuando podía, me gustaba disfrutar. Allá, junto al Genesaret, en muchas ocasiones madrugaba, sin necesidad, para ser testigo de ese instante sin igual. Me emocioné, únicamente con pensar que contemplaría el nacimiento del sol a través del horizonte: observaría, primero, cómo sus finos y rosados dedos descorrían con vértigo, frenesí y carcajadas polícromas, las negras y tristes cortinas nocturnas; luego, podría observar, extasiado, y sujetando el respirar, cómo este coralino daría paso a un ígneo anaranjado, que como en una fragua, se tornaría en oro que todo lo alumbraría y todo lo calentaría.
Cada vez me sorprendía más a mí mismo con tales divagaciones. El sufrimiento y la agonía habían desaparecido. ¿O estaba soñando todavía? Me pellizqué levemente el brazo y me dolió... Escuché con nitidez la brisa y el aroma de las plantas nocturnas me llegó con la intensidad propia de la primavera. Por tanto, estaba bien despierto, supuse. Y no sentía sufrimiento, ni miedo, ni cansancio... A pesar de que mi cerebro continuaba embotado...

Un ruido de pisadas felinas llegó a mis oídos y me distrajo de mis pensamientos. Me giré sobresaltado. Era Magdalena, que venía presurosa, y sigilosa a la vez. De nuevo me encontraba Magdalena en aquel lugar. Cuando me vio, su rostro mudó de color, pues no esperaba encontrar a nadie a aquellas horas de la madrugada en aquel lugar...
- Ah, eres tú.
- ¿Dónde vas a estas horas, mujer?
- La ansiedad me consume... No puedo dormir, no puedo esperar a que amanezca y a que las otras despierten... Me voy a prisa hasta el sepulcro. Supongo que allí seguirán los soldados romanos, ellos me abrirán la losa... Pensarás que es una tontería, una necedad de mujer melancólica, pero ardo en deseos de volverlo a ver, aunque sea muerto... Si ves a las otras, para que no pierdan tiempo en buscarme, les dices que he ido por delante, al sepulcro.

Y salió, corriendo, como llevada por la ligera brisa que acababa de comenzar...

Me quedé estático, a la espera de que amaneciese..., de que me amaneciese...

Un sonido, como de arpas celestiales y divinas, llegó, desde lo más hondo del invisible alba, que cabalgaba a lomos de la luz, hasta lo más profundo de mi corazón. Y la leve brisa del próximo amanecer transportó hasta mí, hasta lo más hondo de mis entrañas, aún con cicatrices, un agradable perfume de vida y de paz...

Suspiré...
Lloré...
Reí...
Después, también sigilosa, bajó la madre de Jesús...
Me miró hondamente a los ojos. Sonreía, pero callaba...
Le sonreí y, mirándole a sus hermosos ojos sin fondo, también callé...

sábado, 11 de abril de 2009

SOLEDAD.

La Soledad Dolorosa al pie de la Cruz.
Foto Franciso Javier Valle Martín
A esta imagen, Amando Carabias Pascual
le hizo otra foto que me impresionó desde que la vi
e inspiró la escena que ahora relato. Forma parte de la portada
de la novela diseñada por Mariano Carabias
y aquí tenéis un fragmento. Impresiona o me impresiona

(Ahora el discípulo amado nos narra lo que sucedió durante la mañana de aquel sábado lluvioso. Nicodemo acaba de contar al grupo todo lo que sucedió y que ellos desconocían. La madre, rota por el dolor abandona la casa del padre de Marcos y el discípulo amado, angusitado, después de una agria conversación, la ha podido acompañar... Leed).
Enfrentamos la puerta de Efraín, me asusté de veras, pues supuse que aquella salida estaría conveniente y fuertemente vigilada, pero mantuve la distancia, pensé que todavía estábamos alejados de la sepultura y, por tanto, el peligro no era tan inminente. A pesar de todos mis razonamientos, mi corazón parecía un tambor tocando a rebato, decenas y decenas de caballos en estampida, el mar bramando a causa de la tempestad, ya que, como había sospechado, la salida estaba vigilada, mas, para mi alivio, no tuvimos ningún problema en cruzarla; por lo que se veía, no había órdenes especiales sobre nosotros para el común de la soldadesca romana, parecía que las instrucciones, si las hubo como nos contó Nicodemo, sólo se habrían referido al lugar de su sepulcro. Estaba en aquellos pensamientos, tranquilizadores a medias, cuando la madre de Jesús se detuvo de súbito, por poco no me choco con ella y me la llevo por delante. Habíamos recorrido la suave pendiente que el día anterior bajáramos también.. Pero tras el maestro... Todavía vivo.

La madre de Jesús elevó los ojos y al hacerlo ella, miméticamente, repetí el gesto: frente a nosotros, agitada apenas por la brisa, pendía de la cruz el lienzo albo que habíamos utilizado para descender el cuerpo, el cadáver, del maestro... Ella quedó parada... Su mirada de carbón se clavó en la cruz... Los brazos vencidos a lo largo de sus costados, casi suspendidos... Los hombros también inclinados, derrotados, no supe muy bien si por causa del dolor, de la edad, de la lluvia, o de todo en su conjunto... Inertes, casi inanimadas, las blancas y pálidas manos... Toda ella, en definitiva, exangüe.
Me acerqué, dubitativo y trémulo, cabe su costado, mas, al percibir mi presencia junto a sí, su mano volvió a alejarme mediante un gesto que, esta vez, no fue desdeñoso o hiriente, pero sí inflexible. En los brevísimos momentos que pude columbrar su rostro, me percaté de la hondísima desolación que lo inundaba: por sus mejillas rodaban, mezcladas, sus lágrimas, perlas saladas, y las gotas de lluvia, llanto divino, que por instantes arreciaban, inmisericordes de nuevo. Una punzada, una cuchillada, dañó mi corazón. Temí (sólo tenía sensaciones medrosas aquella mañana) que su entendimiento se fragmentase en mil pedazos irreparables para siempre. Permanecimos en aquel punto durante demasiado tiempo. El temporal se robustecía sobre nosotros, ya de nada nos servían nuestras empapadas ropas, pues en aquel mortal descampado, tras los momentos que estuvimos bajo el agua, fríos y punzantes cristales se clavaban en el rostro para después escurrir por nuestros cuerpos. Como la situación se alargase, presumí que cogeríamos una pulmonía, o algo peor; mas, mi ánimo no se detuvo en tales consideraciones, sino que más bien se dirigía, silenciosa, sigilosamente, a intentar arropar su flébil espíritu que era acosado por la más terrible, dolorosa y punzante melancolía... Me retorcía las manos, reflejo de la impotencia que me inundaba, todavía más que el agua: asistir como simple espectador al sufrimiento de alguien querido sin poder hacer nada, ni acariciar, siquiera, las acuosas y ajadas y afiladas mejillas, es la mayor sensación de frustración que se puede padecer, o una de ellas. Únicamente podía contemplar las esporádicas convulsiones de su espalda, o los hondos suspiros, o las leves inclinaciones de su cabeza. Mis pies, como independientes del resto de mi organismo, intentaban acercarse a ella, pero mi cabeza, en contra del corazón, que sollozaba, las retenía con enormes esfuerzos.
Se movió y avanzó hacia el madero... Se situó junto a él... Pensé (temí) que lo llegaría a abrazar, pero no lo hizo, sino que sus finos dedos se alzaron, con tremenda lentitud y dificultad, y con las delicadas yemas parecía buscar o acariciar algún resto que quedase de la sangre del hijo (circunstancia bastante improbable dado que no había parado de llover desde la tarde anterior). Recorrió todo el tronco y, tras darse la vuelta completa, quedó frente a mí, ahora sí, completamente derrotada, hundida. Pensé que me hacía algún gesto, pero fue un espejismo mío motivado por la ansiedad y la aflicción. No me veía, como pude comprobar, pues no pude soportar más la situación y decidí acercarme. Quedó en pie, casi yerta, suspendida, recostada levemente sobre el lecho de madera que había servido de último acomodo para su hijo; las manos (aquellas manos que lo acariciaron, que peinaron sus cabellos, que prepararon su alimento, que comprobaron sus calenturas..., ay, que sintieron su carne muerta y gélida) estaban, otra vez, vencidas, derrotadas, empalidecidas, vacías de todo su contenido, impotentes. La cabeza, ligeramente inclinada hacia la derecha, se alzaba apenas hacia el cielo, a pesar del chubasco que todo lo agrisaba. La cara se le había afilado y había envejecido en pocas horas; sin embargo, seguía siendo un hermoso rostro de dulce hebrea, a pesar de que el suplicio dejaba profunda huella en aquella adorada faz: una arruga transversal cruzaba la frente, los párpados aparecían brevemente hinchados y enrojecidos, semi-cerrados, los finos labios, entreabiertos, como anhelantes, como buscando un poco de aire ausente; toda ella se me apareció como difuminada a causa del intenso chubasco, por momentos, se me desenfocaba el gesto, parecía desfigurado, era la desolación absoluta y total; incluso, las ojeras de una noche imposible conferían a aquella cara un tono grisazulado, lívido, que concordaba con la túnica añil y con el día plúmbeo. Por unos momentos pareció que podía caer desmayada, pero no fue así, sino que su endeble, en apariencia, organismo permaneció erguido. El semblante, definitivamente exangüe, llevaba las marcas invisibles, pero indelebles, del inmenso duelo producido al desgajarse del propio ser el único hijo de sus entrañas. Parecía que sus labios musitaban algo, o eso pensé, por cuanto percibí en ellos un ligero movimiento... El único de su ser.

Durante unos instantes dejé de mirar a la madre de Jesús, contemplé el entorno de muerte y desolación que nos rodeaba, que nos albergaba: tras de mí, la muralla, la puerta de Efraín, en la que, refugiado como podía de la lluvia, un soldado romano nos miraba curioso y extrañado; enfrente, el pequeño otero del Gólgota en el que estaban izados desafiantes varios maderos que habían acogido o acogerían en su día, aciago también, a otros israelitas, en sus entrañas nudosas y sin desbastar; más al fondo, ligeramente a mi izquierda, el pequeño jardín donde estaba la tumba del rabí, imaginaba que vigilada por un fiero destacamento de romanos; aún más a la izquierda, otros huertos y jardines verdeaban ligeramente la brumosa visión; a la derecha, apenas columbrado, a causa de la neblina, el camino hacia Galilea, el camino por el que nunca debimos entrar, el camino que desembocaba en la puerta de los Peces; por encima de nosotros, plomo, grisura, (¿Llanto divino o lluvia?); y, a nuestro alrededor, el viento desabrido y húmedo que era capaz de agitar nuestros pesados ropajes: devastación, soledad, muerte, llanto, vacío, desolación, por doquier.

Cuando volví mis ojos hacia ella, la encontré, más o menos, en la misma posición y en la misma actitud. No supe qué hacer. Seguía recibiendo todo el torrente de agua que escapaba del cielo, continuaba inmóvil y a cierta distancia de ella, dubitativo en cuanto a acercarme o esperar más aún. Para resolver mis cavilaciones, la madre de Jesús entró en movimiento... Volvió a dar otra vuelta completa a la cruz... Cuando acabó, la volvió a acariciar y, ante mi sorpresa, la besó amarga, dolorosamente... Luego, se dirigió a donde yo estaba, con cansino, más aún, y torpe paso, la cabeza nuevamente abatida... Tras de un penoso camino, llegó a mí, y, ya sin fuerzas para nada más, sus frías manos se aferraron a mi empapado cuello y rompió a llorar, sin cauce, sin orilla... Con más desolación, si es posible; con más impotencia, si pudiera ser; con más dolor, si cabe. Mis sollozos también se confundirían con la lluvia, y con su llanto... Si el soldado romano seguía observándonos, seguramente un escalofrío de emoción recorrió su espalda.
- Deberíamos volver, estamos empapados, helados, vamos a acabar enfermos.
Me encaró con mirada nebulosa y quejumbrosa.
- ¿Y eso importa?
Continuó atravesándome con sus ojos a los que sentí repletos de un hondo vacío que parecía imposible ocupar, porque, de pronto, la profundidad de aquellos ojos oscuros se había hecho casi infinita, no se veía su fondo, parecían túneles negros e ilimitados. Sentí que lo mejor de todo era callar, pues sus respuestas a mis preguntas o a mis sugerencias, podrían ser del mismo calibre, así que decidí que fuese ella quien continuase tomando la iniciativa.

viernes, 10 de abril de 2009

A LA HORA DE NONA

El Calvario. Fotografía de Francisco Javier Valle Martín

(El discípulo amado, continúa relatando, con la ayuda de algunos de sus amigos, lo que sucedió el viernes, después de que prendieran a Jesús. Ahora, escucharemos lo que ocurrió desde que la condena a muerte se hizo oficial...)

"Por lo que vengo en condenar, y condeno a morir clavado en una cruz, en el lugar denominado del Gólgota, al llamado Jesús de Nazaret, hijo de un tal José y de una tal María, por alta traición a Roma, sedición e incitación a la revuelta, haciéndose pasar por rey de los judíos, sentencia inapelable y firme, la cual doy en nombre del Emperador de Roma en Jerusalén siendo la hora sexta del decimotercer día del mes judío de Nisán del año...”.
La madre de Jesús se abrazó a mí derrotada, definitivamente, por el dolor, supongo que, casi infinito. Su llanto desgarró el silencio que se había producido tras la lectura de la sentencia. Todo aquello se refería a nuestro Jesús; sin embargo, parecía que flotábamos, parecía que no iba con nosotros. No podía ser tamaña injusticia. Algún soldado reclamó silencio ante el grito de la madre, pero fue imposible. La confusión de las voces fue en aumento, así que se llevaron a Jesús nuevamente adentro y empezaron, con empujones, a disolvernos.

A partir de ese instante el relato fue casi, en exclusiva, mío.
- Cogí como pude a la madre de Jesús y opté por llevármela de allí, no se fuera a complicar más todo. Algunas nubes oscuras comenzaron a dibujarse en el horizonte. Por fin salimos a las estrechas, reviradas, pinas, calles de Jerusalén.
El Gólgota se sitúa al poniente de la Torre Antonia a las afueras de las murallas, como a un estadio de la puerta de Efraín. A aquellas horas, todo Jerusalén sabía de lo acontecido, por lo que el recorrido que tenía que hacer Jesús estaba poblado por la multitud (no sé si cientos o miles) de peregrinos que no quería perderse nada de lo que acontecía. Era un espectáculo gratuito añadido a la fiesta de la Pascua, por lo que la mayoría, en su fuero interno, lo agradecía. (En aquellos momentos no lo hice pero muchas veces he reflexionado acerca del significado de todo aquello. En territorio gentil, pero junto a los muros del Templo, del Templo de Iahveh, Jesús tenía que encaminarse a su suplicio, sin posibilidad real de defensa. En apenas media milla romana, se ubicaban el opresor de nuestro pueblo, el centro de nuestra religión, y el patíbulo donde había de entregar su espíritu el maestro condenado por ambos poderes. Nuestras lágrimas, nuestros pocos gritos, fueron inútiles... Había que crucificarlo, y se le crucificó).
Mi primera intención fue alejarme lo más posible de esos lugares, protegerme a mí y a la madre de Jesús de probables complicaciones de última hora. Era necesario que regresásemos a casa de Marcos y esperar acontecimientos. Mi cabeza no daba para más. Pero fue la propia madre de Jesús la que me rogó que fuésemos hasta el Calvario. “No puede ser que abandonemos a Jesús en estos momentos, los últimos de su vida”. Me fue completamente imposible hacerle variar de idea, me lo impidieron sus ojos suplicantes, negros, profundos y llorosos.
La muralla accedía al Gólgota a través de la puerta de Efraín, como ya he dicho. Así que hacia allí encaminamos nuestros pasos. El miedo había anidado definitivamente en mi corazón. De pronto, en una zona de estrecheces, justo a mitad del camino, se organizó un pequeño tumulto. Tras nosotros, un concierto de voces destempladas atenazó nuestros pasos. A muy poca distancia, venía el cortejo de Jesús escoltado por un par de malhechores y por un grupo de soldados encargados de que se cumpliera la sentencia con la eficacia propia de los romanos.
A muy lento ritmo Jesús se encorvaba. Arrastraba su cuerpo maltrecho. Sobre sus hombros pendía el pesado patíbulum. [1] A su paso, una delgada, pero firme, orla de silencio lo envolvía. Los soldados nos empujaron contra una pared. Fue en ese momento: la mirada de Jesús se cruzó con la nuestra, en ella percibí dolor y abandono, pero a la vez cierta serenidad, bastante más que la mía. Muchas mujeres lloraban, otros las insultaban e insultaban a Jesús, otros se mofaban de él. Jesús debió tropezar con alguna piedra suelta y, tras tambalearse como un muñeco, cayó estrepitosamente aplastado por el peso del madero. Era imposible que se pudiese levantar, ni siquiera un palmo, aunque lo intentó. El centurión que mandaba a los soldados maldijo su suerte y al mismo Jesús.
- ¡A ver si este mal nacido judío se nos muere por el camino!
Ordenó malhumoradamente que desataran el patíbulum de sus hombros. Jesús resollaba con aparatosidad. El centurión le ordenó que se izara, en la mano empuñaba el látigo como para golpear a Jesús, pero no pudo sostener su mirada y decidió cambiar su propósito, así que fue él mismo quien lo levantó como pudo. Observó en torno con mirada fiera y sanguinaria; con perfecto conocimiento de su oficio, echó mano de uno que estaba por allí. Era Simón de Cirene, el padre de Alejandro y Rufo, al que hizo cargar con el pesado leño hasta la cumbre del Gólgota.
Una vez puesto en pie Jesús, se reinició la marcha; observamos con pesadumbre que, aunque le habían quitado el peso del madero, Jesús se tambaleaba. Cuando llegamos a la puerta de Efraín un par de soldados la taponaron para evitar que la turba la atravesase. Me sentí aliviado ante aquella maniobra, pues supuse que aquello haría desistir a la madre de Jesús de sus pretensiones. Sin embargo, ella me susurró, repitiendo, casi las palabras de antes: “Diles que soy su madre y que me dejen pasar; ¿cómo se va a quedar solo en la hora de la muerte?”
Así que, temblando de pies a cabeza, como una florecilla silvestre, me dirigí a ellos y se lo dije, tal cual. Uno dio la voz a otro de sus compañeros, para que diese aviso al centurión. Éste, para mi sorpresa y aumento de mis muchos miedos y temores, nos dejó pasar.
El Gólgota es una pequeña elevación del terreno, junto a las murallas de Jerusalén, que estaba sembrada por decenas de cruces que los romanos habían utilizado para ejecutar a multitud de hermanos nuestros. Cuando la madre del maestro y yo llegamos, Jesús ya había sido desnudado de su túnica y colocado sobre el palo vertical de la cruz, que todavía estaba tumbado en el suelo. Los operarios habían unido previamente el patíbulum sobre tal soporte. Tres sayones tenían inmovilizado al maestro sujetándole los brazos y las piernas, que habían cruzado una sobre otra, mientras un cuarto, con frialdad y precisión, preparaba los clavos escogiéndolos minuciosamente de una bolsa herrumbrosa. Apenas percibí tales elementos, un nuevo escalofrío me recorrió; incluso, he de confesar que un pequeño vahído nubló mi vista y que mi estómago sufrió la correspondiente arcada. No fue necesario utilizar la imaginación para conocer su destino: en breves momentos se pudieron escuchar, nítidamente, los impactos de la maza sobre los clavos que cruzaron las muñecas y los tobillos de Jesús con un terrible sonido de carne atravesada y crujido en la madera, acompañado por un angustioso y terrible grito de dolor salido de la garganta del rabí. Una vez comprobada la exactitud y corrección de la operación elevaron la cruz sobre el terreno sujetándola al suelo con dos gruesas cuñas de oscura madera, ya estaba clavado y levantado, alzado sobre nuestras angustias. Los sayones marcharon a su lugar, a repartirse las vestiduras de los condenados. El centurión que mandaba el grupo despidió, a empujones, a algunos curiosos que andaban por allí, mientras que a nosotros nos miró largamente, dudó, al final se encogió de hombros, ladeó la cabeza y se giró a sus hombres para ordenarles alguna cosa, dejándonos en paz. Entonces se nos unió María, la de Cleofás, sin embargo, no pudo resistir mucho tiempo la visión de aquel espectáculo. Fue impresionante verlo de esa manera. Lo flanqueaban los dos malhechores. Jesús callaba. Bajo la cruz había mucho movimiento, inusitado movimiento, me pareció, a pesar de que el centurión había desalojado a unos cuantos.
De pronto se escuchó su voz, potente aún, aunque ya un poco temblorosa.
- Padre, perdónalos pues no saben lo que hacen.
Luego el silencio durante un largo rato. Bajo la cruz, los soldados, una vez que se habían distribuido las ropas de los ajusticiados, jugaban tranquila y distraídamente a los dados.
Todo callaba, excepto el creciente ulular de la brisa que ya casi era viento. Jesús se movía lo justo para inhalar el aire mínimo, aunque suficiente. No hablaba. Era como si se concentrase tan solo en respirar. A veces notaba que sus labios musitaban algo. No sé si eran quejidos por el dolor, o simplemente se trataba de oraciones que él estaba rezando. Uno de los ladrones gritaba y maldecía su suerte.
- ¡Tú, profeta, rey de los judíos, Mesías! ¿Por qué no haces uno de tus famosos milagros y nos sacas de aquí de una maldita vez? ¡Tú, Jesús, a ti te estoy hablando!. Pide a tu maldito Dios que se apiade de nosotros y nos baje de aquí de una condenada vez.
Jesús callaba como si no fuera con él la cosa. El otro, que se llamaba Dimas, intervino.
- ¿Por qué no te callas? ¿No ves que él está sufriendo una terrible injusticia, mientras que tú y yo nos hemos ganado este castigo?- Tomó aliento pues la posición del ajusticiado asfixiaba sus pulmones -. Jesús, ten compasión de mí cuando llegues a tu reino.
Jesús giró levemente la cabeza y lo miró, diría que con un punto de admiración y de cariño. Hizo un terrible esfuerzo.
- En verdad te digo, que antes de que acabe el día estarás conmigo... En el paraíso.
Las nubes se aproximaban oscuras y amenazantes y densas. Un viento áspero y desabrido hizo acto de presencia, como si fueran bofetadas remitidas desde el más allá. La madre de Jesús, pajarillo abandonado, se acurrucaba en mí. Cada vez estábamos más próximos a la cruz... No sé ni cómo, ni cuándo, pero nos acercamos tanto que llegamos a rozar los pies del maestro.
A cierta distancia de las cruces, evitando problemas con el centurión, un grupo de sacerdotes controlaba todo aquello, supongo que intentaban asegurarse de que Jesús moría. Entre tanto llegaba ese momento, se burlaban del rabí; alguno osó lanzarle una piedra que no llegó a impactar en el maltrecho cuerpo de Jesús por muy poco.
De pronto, como si fuera el primer trueno de la tormenta que se iba a desencadenar poco después, la voz de Jesús salió nítida de su boca, aunque bastante enronquecida a causa de la sequedad de su garganta.
- Elí, Elí, lama Sabacthani.
Luego continuó murmurando el salmo[2]. Pero, entre los de atrás, debía de haber muchos judíos no israelitas que no entendieron el significado de las palabras contenidas en aquel grito del rabí y aumentaron sus burlas, acentuándolas con risotadas y gritos guturales.
- Mirad, ya ha enloquecido del todo. ¿Pues no llama ahora a Elías? Veamos si llega el profeta en su carro de fuego y lo libera.
Al poco Jesús nos miró. Por fin, se dio cuenta de nuestra presencia, mejor, por fin supe que él era consciente de nuestra presencia. Lo sanguinolento de su rostro no le había hecho perder la serenidad ni el equilibrio de sus facciones. Se incorporó brevemente sobre sus pies. Cada vez era más suplicio el respirar. Pero, por fin, entrecortadamente, pudo articular su voz.
- Madre, ahí está tu hijo.
Volvió a caer derrotado sobre la cruz, golpeándose la malherida espalda en sus nudos y rugosidades, ya que al palo estaba muy mal desbastado. A los pocos instantes se incorporó nuevamente y se dirigió a mí:
- Ahí tienes a tu madre.
Nada más pudo decirme. Desde ese momento sé que ella ha sido mi responsabilidad, aunque, en verdad, yo he sido la suya... Pero eso es otra historia.
Jesús perdía mucha sangre. Para ser más exacto, desde primera hora del día, no hacía otra cosa que derramar sangre. Noté cómo se pasaba la lengua por los labios. Por fin, tras otro terrible esfuerzo por incorporarse sobre sus pies, que le permitiera ser oído, exclamó en poco más que un susurro:
- Tengo sed.
Al percibir aquello, el centurión romano dio las pertinentes órdenes para que le acercaran la mezcla que solían dar a los condenados. En una esponja, o hisopo, empapaban una mixtura cuyo principal componente era el vinagre y que tenía algún efecto sedante. Uno de los mayores suplicios que padecen los ajusticiados que mueren, tras un constante y lento desangramiento, es la sed que se clava en sus entrañas cual garras de fiera. Un soldado, con dicho hisopo situado en la punta de su lanza, se lo acercó a los labios de Jesús. No sé por qué, pero Jesús, apenas sintió el contacto húmedo de aquel líquido, giró levemente la cabeza, quizá fue suficiente, o quizá, pensó que nada tenía remedio.
(O más bien, y eso lo pienso ahora, no entonces, ni siquiera en los instantes en los que contaba estas cosas a los miembros del grupo, Jesús se refería a otra sed. Acaso se trataba de una clase de deseo, pero de otro tipo. En fin, quizá el Paráclito nos dé poco a poco razones de aquello.)
El caso, digo, es que el soldado romano se retiró de allí meneando la cabeza. Parecía decirse que algo no funcionaba excesivamente bien dentro de aquel hombre, que primero decía que tenía sed, pero luego no dejaba que el líquido empapase siquiera sus labios.
Quedó todo el cielo plomizo, casi negro. Por el denso y bajo horizonte, los rayos cortaban el espacio cargado. Un ronco bramido cruzaba el aire cada vez que esto sucedía. La tormenta se aproximaba. Tanto es así, que bastantes de los que presenciaban aquel espectáculo fueron abandonando las inmediaciones con prisa.
(Ver a un crucificado morir es muy aburrido, pues, pasado el primer instante de dolor y de retorcimiento y de angustia, en general, el proceso es lento. Es una muerte horrible, por cuanto el ajusticiado fallece por asfixia. Esto, lógicamente, lo desconocíamos aquel día, pero poco a poco nos hemos ido enterando, sobre todo gracias a los hermanos médicos que han sido regalados por la gracia de la fe y caminan junto a nosotros. Según ellos, la angustia de los crucificados es terrible, pues se dan cuenta con exactitud de todo; este proceso, supone un dolor casi insoportable en los diferentes músculos. Es decir, que a medida que pasa el tiempo, el dolor aumenta, falta el aire, la angustia todo lo invade: son despojos de dolor e impotencia.)
Pero para un espectador este proceso es aburrido. Hay crucificados que pueden durar hasta varios días en lenta, constante y progresiva agonía. No podía ser éste el caso de Jesús, pues estaba excesivamente débil y había perdido demasiada sangre durante todo el suplicio previo al que había sido sometido, más toda la que perdía por culpa de los clavos y de las espinas. Sin embargo, nadie esperaba aquella rapidez.
Poco después Jesús volvió a susurrar, en esta ocasión, el tono de su voz denotaba calma.
- Todo está cumplido.
Me estremeció aquella frase, pero más que por la frase en sí misma, por la actitud de su cuerpo pues, justo cuando la decía, elevaba la cabeza hacia el cielo y su mirada volvía a ser dulce y a la vez confiada. Parecía, a pesar del tormento y del dolor, que unos instantes de serenidad reafirmaban su fe en aquel Abba que se había esforzado en presentarnos. Sus costados se movían violentamente empujando hacia arriba el pecho para que los pulmones subieran lo más posible. Había sido un esfuerzo terrible... Nada más acabar de hablar, vimos cómo inclinaba la cabeza apoyándola en su pecho... A la vez, comenzaba a caer la lluvia, la misma que, tantas horas después, seguía empapando Jerusalén... En esos primeros instantes, en realidad, fueron gruesos goterones de tierra. Ella pensó que había muerto y se estremeció en una convulsión, sin embargo, percibí un lento y leve sube y baja de su tórax. Efectivamente, todavía pudimos oír su último susurro.
- Abba, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Y entonces sí, tras un hondo trueno, que me impresionó por su potencia, cercanía y duración, desplomándose todo su organismo, Jesús respiró por última vez.
Sería la hora de nona.
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[1] Es decir, el tablón horizontal de la cruz, donde luego le clavarían las manos.
[2] Salmo 22.