martes, 30 de junio de 2009

LOS FUEGOS ARTIFICIALES

Imagen tomada de Internet
Todavía resuenan en mis oídos los estallidos de los fuegos artificiales de la noche de San Pedro. Por cierto y antes de que me líe y se me olvide, han sido realmente fantásticos. Hasta ahora, casi no había hecho mención a las fiestas de Segovia, puesto que he participado poco en ellas.
Lo cual, antes de que nadie lo diga lo suelto por delante, es un debe en mi amplio casillero de deudas. Han sido un éxito de participación popular, según las declaraciones que la Concejala de Cultura ha hecho esta mañana en Radio Segovia, y al fin al cabo tal cosa es la cuenta, que las personas participen de la fiesta, se diviertan, tomen su asueto, se encuentren en la calle.
Esta noche la Plaza del Azoguejo habrá estado repleta acompañando al Nuevo Mester de Juglaría y sus ritmos tradicionales y folclóricos castellanos. A esta distancia, con las ventanas abiertas por el calor, tendría que escuchar algunos ecos de su música. Pero el denominado autobús de la feria (un autobús turístico en cuya parte superior se instala un grupo musical) debe estar al otro lado de la calle y sus ritmos cálidos y veloces (zamba y jazz sobre todo) me amenizan la velada.
Pero quería hablar de los fuegos artificiales de la noche de San Pedro, que son una de las tradiciones inamovibles de estas fiestas.
Creo que ya he comentado en algún lugar de este cuaderno cibernético que para encontrar acomodo a la presentación de Cuentos de Euritmia, me entrevisté con la Concejala de Cultura, Clara Luquero quien por segunda legislatura continúa en el cargo.
Cuando habíamos concluido la conversación, no sé por qué motivo, me comentó que los dos acontecimientos que se organizaban desde la concejalía de Cultura que llevaban más público a las calles eran la cabalgata del Día de Reyes y los fuegos artificiales del día de San Pedro.
Lo primero lo entiendo. Contemplar cada año la llegada desde oriente de sus majestades es un milagro que merece eso y mucho más. Y si hay niños en una casa, digamos entre los tres y los ocho o nueve años, no quiero decir nada.
Pero lo segundo...
Y sin embargo sé que es así. Cada año lo compruebo. Son extraños los segovianos que durante unos veinte minutos no están con la cabeza alzada al cielo a partir de la media noche del 29 de junio. En mi caso, con salir a la ventana es suficiente, puesto, que el lugar desde donde los lanzan está al lado de donde vivimos.
Sé que las fiestas de Segovia dejarían de serlo sin este acto. De hecho cuando la climatología ha obligado a suspenderlo (normalmente la lluvia), la sensación en la ciudad es que algo extraño ha pasado, como si las fiestas no lo hubieran sido del todo. ¿Qué tienen los fuegos artificiales, si todo el mundo sabe que son eso, fuegos artificiales: una explosión de luz y color y estruendo que desaparece casi al tiempo que se produce?
Hay algo que se parece a la ilusión (por tanto que de alguna vaga manera lo hermana con la cabalgata de reyes), algo que quizá tenga que ver con la infancia, con ese momento en que los sueños eran posibles y eran continuos.
También quizá tenga que ver con la belleza imposible, con la belleza fugaz y potente, con la belleza que trae lo improbable, el grito de la luz, el color del estruendo.
O quizá tenga que ver con que las lentejuelas celestes engalanan con un traje de noche a la ciudad.
O quizá sea que soñamos, con los ojos abiertos, bien abiertos, que las estrellas se aproximan tanto a nosotros que podemos acariciarlas con los dedos.

lunes, 29 de junio de 2009

EL OLVIDO

Retrato del poeta arevalense Eulogio Florentino Sanz.
Tomado de Internet
Hoy hemos estado en Arévalo. Marián no conocía el casco viejo de esta ciudad del mudéjar, que yo conocía muy poco. (Antes de que nadie empiece a chillarme y diga que Arévalo está a sesenta kilómetros de Segovia por buena carretera, para quien no lo sepa, hasta que mi hermano mediano no obtuvo el permiso de conducir, en casa no hubo coche, y a estas alturas de mi existencia ni tengo carné, ni tengo coche, ni ganas… Y si ahora salgo más, a Marián se lo debo, pues de lo contrario… Sé que no es una explicación suficiente, pero es una explicación).
Ahora diréis que os voy a hablar de Arévalo.
Lo merece, pues es un hermoso pueblo en donde el mudéjar se hace espléndido, con su castillo, que sestea sobre las aguas del Adaja, cerrado al público por misteriosas cuestiones administrativas; es una hermosa ciudad donde la hondura de Castilla dormita sobre los recuerdos de un pasado que quiso ser glorioso y ha tornado su fama en vuelo de cigüeña, avión o vencejo. Las piedras, sólo quedan las piedras como testimonio de una época que fue hermosa, y que se hermosea quizá más con el paso del tiempo. La elevación del mudéjar a la categoría de estilo arquitectónico indica (que me perdonen los sabios del arte) que la imbricación de la cultura musulmana en pleno territorio cristiano fue mayor de lo que acaso se sospecha. Esta zona de Castilla: Arévalo, Cuéllar, Coca, Medina del Campo, Tordesillas, Rueda, Olmedo… es como una hermosa plantación de románico mudéjar. Imaginar expertos capataces o maestros albañiles descendientes de los musulmanes erigiendo iglesias y palacios no es sólo complicado, sino conveniente. Quizá así nos acerquemos al verdadero palpitar de estas tierras durante el reinado de los Trastámara…
Pero quería hablar de otra cosa, de algo mucho más doloroso, al menos más doloroso para mi corazón…, aunque quizá, hable de lo mismo sin saberlo.
Quizá haya sido la tormenta que se ha fraguando en las tres o cuatro horas más verticales de la jornada. La brisa se ha tornado en sustancia casi viscosa y las nubes crecían y se robustecían como una amenaza.
Tras cruzar el la Puerta de Alcocer, el único arco de la muralla que da acceso a la Plaza del Real, donde está el Ayuntamiento, en el rincón de la derecha, se ve una casa en ruinas, mejor dicho sólo se ve la fachada de lo que fue un edificio, y sobre ella una placa dedicada al poeta más ilustre de entre los arevalenses según se dice allí mismo: Eulogio Florentino Sanz.
De inmediato se me ha venido el alma a los pies, primero porque de este hombre no había oído hablar. Y segundo, porque la imagen era demasiado precisa... , más que una metáfora, una evidencia.
Ahora, tras consultar (http://es.wikipedia.org/wiki/Eulogio_Florentino_Sanz), descubro entre otras cosas que su traducción de parte de la obra de Heine fue determinante para la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer y de Rosalía de Castro. Su vida, como descubriréis en ese enlace, es una perla del Romanticismo y parece el paradigma de lo que hoy día pensamos que fue un escritor romántico. Pero estas cosas las desconocía esta tarde, cuando contemplaba la ruina desoladora en la esquina de la plaza solitaria, cuando la tormenta crecía como una amenaza.
No sé si está escrito en esa lápida o en el busto que han erigido en esa misma plaza con su efigie (por cierto, enfrentado al de otro ilustre escritor arevalense: Emilio Romero, el famoso periodista y novelista), pero la obra principal de este poeta fue una obra de teatro llamada Francisco de Quevedo. De inmediato, por tanto, la imagen del muro de la que fue la casa donde nació, me ha traído a la cabeza el famoso soneto del poeta del Siglo de Oro:
Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.
Salíme al campo, vi que el sol bebía
los arroyos del yelo desatados,
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó su luz al día.
Entré en mi casa; vi que, amancillada,
de anciana habitación era despojos;
mi báculo, más corvo y menos fuerte;

vencida de la edad sentí mi espada.
Y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.

domingo, 28 de junio de 2009

VICTORIANO CRÉMER, IN MEMORIAM.

Victoriano Crémer firma el ejemplar de su obra El último jinete al escribidor.
Foto Alberto Orejas

Con 102 años, probablemente, aunque alugnos hablan de 103, ha muerto Victoriano Crémer. Al segundo día de iniciar esta aventura cibernética, el 19 de noviembre pasado, la quinta entrada en concreto, la dediqué a glosar el acto en el que este hombre recibía el XVIII Premio Gil de Biedma. Como homenaje a este hombre que aún llevaba una columna en el Diario de León titulada Crémer contra Crémer de la que creo que aún hoy se publica el último texto, reproduzco, nuevamente dicha entrada.

Segovia, 19 de noviembre de 2008...

Poco antes del mediodía solar, me he acomodado en el salón de Plenos de la Diputación de Segovia. No quería perderme nada de lo que aconteciera minutos después. Aunque no se trata de un acontecimiento de vital importancia, como en pocas ocasiones la poesía es protagonista de un acto público, merece la pena un esfuerzo.

Los periodistas han sido los primeros en llegar: fotógrafos, camarógrafos, redactores, columnistas y blogueros, la prensa escrita, la radiofónica, la televisiva… No puedo saber si faltaba alguien o no, tampoco puedo saber si sólo cubrían el acontecimiento para nuestras lindes provinciales o sus palabras, imágenes, fotografías, cruzarían hacia otros puntos de la geografía autonómica o española. Quien más, quien menos, sabe que Victoriano Crémer es un autor de muchísimo prestigio y que una obra suya haya sido galardonada en esta ocasión, enriquece (y encarece) el premio.

Paco, pegaba cartelitos en los primeros asientos de las primeras filas: reservado autoridades. Poco a poco llegaban los invitados. No muchos. Tampoco pocos. Los políticos provinciales y locales (de ambos partidos) departían entre sí, distendidos, he visto a un militar de altísima graduación, me saludé con el Jefe de la Policía Local y han aparecido algunos funcionarios de la Corporación, otros de la Junta de Castilla y León y unos pocos espectadores que no tenían nada que ver con la organización (es decir los que realmente se han acercado porque han querido, porque les interesa en algo el poeta o la poesía).

Poco después ha entrado Victoriano Crémer, bajito, enjuto, de piel casi traslúcida y sonrosada, vestía traje de color tabaco y camisa de tonos asalmonados, con una corbata estampada con motivos geométricos, futuristas o ‘mironianos’, aquéllos que hicieron furor a principio de los noventa del siglo pasado. Traía la cachaba en su mano izquierda y una sonrisa que iluminaba todo su rostro. Se movía con facilidad, a pesar de que a su alrededor varias personas velaban por su verticalidad, o porque diera algún traspiés que nunca me pareció fuera a dar. Ya desde ese momento, me ha recordado el modo en que Chaplin manejaba su bastón.

Le acompañaba Chema, pero él preguntaba, ‘¿Dónde está Isabel, dónde está Isabel?’ Y ella, inefable como siempre, apareció como si hubiera oído su llamada. Tras los besos de rigor, el poeta le entregó un par de libros, o eso me pareció. (Fueron tres ejemplares de su Antología poética).

Tras él, vi a un hombre alto, enjuto, serio, con aspecto solitario de poblada barba negrísima, algo calvo y de ojos casi morunos, y vestido todo de negro. Pero su aspecto no era sombrío, ni melancólico siquiera. Supuse, y acerté, que se trataba de Eduardo Fraile, uno de los dos galardonados con los accésit que se conceden en este concurso, gracias a su obra La chica de la bolsa de peces de colores. Aunque no descubrí a ninguna mujer que pudiera ser Ángeles Mora, la otra laureada por su libro Bajo la alfombra, al fin me decidí. Abandoné la butaca que había escogido. Tomé los libros, saqué el bolígrafo escogido para la ocasión y me acerqué a los poetas, que ya se habían sentado y departían tan contentos.

Se extrañaron cuando les solicité la dedicatoria. Como la misma poesía, no tienen los poetas la costumbre de firmar ejemplares de sus obras, pero les encantó la idea.

Eduardo Fraile, muy consciente y satisfecho, con su papel en este acto, aunque no se movió del lugar, fue como si se escondiera, como si todo su atuendo negro le ayudara a tornarse más sombra. Don Victoriano, que me escrutaba con unos vivísimos ojos que parecían tener bastantes menos años de los que dice su carné de identidad, no me entendió. Pensó el buen hombre que yo era uno de los encargados de la organización y pretendía darle uno de los ejemplares de El último jinete para que lo hojeara. Le saqué del engaño, aquél era mi libro, aquél, éste, es mi libro. Y sí, ya lo tengo dedicado.

Tomó el bolígrafo que le tendí y con mano temblorosa, escribió una frasecilla que entonces me pareció de compromiso (¿qué podría escribir si no?), pero hoy es premonitoria con una caligrafía que sí retrata con precisión científica su edad dejó escrito:

A Amando Carabias esta última galopada con un abrazo. Crémer (1)

Y bajo la firma, trazó un par de líneas sinuosas, como lazadas, como ondas de viento caprichosas. Al verlas de frente, he comprendido que se trata del esquema de un pollito picoteando el suelo.

Eduardo Fraile sacó su pluma, y asiéndola de un modo un tanto peculiar y difícil de imitar, me dedicó su ejemplar, con una letra minúscula, tímida, algo saltarina y también muy esquemática, de alguien muy habituado a escribir horas y horas. La frasecilla queda bella, pues la dispone sobre el fondo de la hoja de un modo que indica su condición de esteta, de alguien que también entiende los poemas como algo visual.

Definitivamente Ángeles Mora no estaba, ni ha estado; excusó su asistencia por causa de una enfermedad. Y para mi desgracia, me quedé sin su firma en este ejemplar que ya es mío.

El acto se desarrolló según lo previsto. Se leyó el acta con el contenido del fallo del jurado. Habló el Presidente de la Diputación. Como siempre, Javier Santamaría estuvo sobrio pero atinado. Uno diría que cartesiano, haciendo honor a profesión como profesor de matemáticas. Con sus palabras, el acto encontró su propio destino: la emoción. A priori sería imposible adjudicar a un discurso de Javier Santamaría semejante calificativo, pero el recuerdo que tuvo de Juan Manuel González, el premiado de la edición anterior, fallecido este 2008, fue como el leve viraje que el capitán da al timón de la nave para que encuentre el mejor camino de su singladura.

Gonzalo Santoja ahondó en este asunto, y con la habilidad propia de quien conoce perfectamente el terreno que pisa, recitó unos versos de Crémer, para glosar la figura del poeta muerto. Como siempre hace el director del Instituto castellano leonés de la lengua, catedrático de literatura, ha diseccionado los tres libros premiados (y publicados) con hondura y sapiencia. Como él mismo ha dicho, los poemarios los lee con el prejurado, luego con el jurado y, más tarde, unos meses después, se enfrenta a ellos nuevamente con un criterio más decantado. Me ha llegado al alma, especialmente lo que ha dicho sobre la poesía..., ese verso: consumiéndose para durar...

Eduardo Fraile ha hablado poco. Nos ha leído el texto que inaugura su libro, escrito en una hermosísima prosa con evidentes reminiscencias a Proust. Como todo el libro, este texto habla de su madre, quien le dio la vida dos veces, cuando nació y cuando le enseñó a leer. Y al final, cuando esa página llegaba a su desembocadura, el temblor de su voz se hizo lágrima inconclusa en su mirada, y apenas tuvo voz para concluir. Estoy seguro de que su libro me va a encantar y os lo haré saber.

La hora de Victoriano Crémer, fue la hora de la emoción feliz, de la dicha emocionada. Cuando se levantó de su asiento, a pesar de que Chema le ofreció su brazo cual bastón de carne, él se negó en redondo y pidió su cachaba rústica, que tenía una mujer (supongo que su hija) sentada unas filas más atrás, mientras decía que, si no, no podía andar. ¿Para qué quería su cayado que pastorea las palabras...? Para colgarlo de su antebrazo, para que lo acompañara hasta el estrado, para que no nos olvidáramos de que era un anciano. Porque con su vigor, su fuerza y su ilusión, lo difícil, por no decir lo imposible, es creernos que nació hace más de cien años. Recibió el premio como lo reciben los actores, y los deportistas, con la misma ilusión, y casi con los mismos gestos: levantaba las manos, saludaba como los políticos. Parecía que era un debutante quien había recibido por sorpresa el galardón. Y me pregunto, ¿cómo es posible que alguien que ha vivido un siglo mantenga la ilusión vital de un jovencillo? ¿Quizá porque salió con vida del infierno, como dijo Santonja?

Porque en su juventud cronológica, tras la Guerra (In)civil, acabó en la prisión leonesa del Hostal San Marcos, en cuyo interior se acababa el ser humano. En sus palabras ardientes, apasionadas y emotivas, nos habló de cuando le nacieron, de la fortaleza de su madre, de sus trabajos (tipógrafo, vendedor ambulante de periódicos, mancebo de botica, periodista, escritor…) y leyó unos cuantos poemas que, como él dijo, se convirtieron en una hermosa —esto es de mi cosecha— homilía laica. Y descubrí su coquetería, más anacrónica que su corbata. Hasta que no comprendió que el discurso sería un desastre si seguía así, no se colocó las gafas. ¡Más de cien años y leyó un par de folios, quizá tres, sin gafas!

La cachaba, entre tanto, reposaba en uno de los pupitres donde acomodan los políticos sus papeles, y al final, más emocionado aún que al principio, casi se le olvida recogerla y colgarla en su antebrazo izquierdo. Y su sonrisa melancólica, me recordaba la del viejo Chaplin.

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(1) Esta frase, obviamente, así como el contenido de la dedicatoria están redactadas hoy, no el día en que se publicó por vez primera esta entrada. Nota del Escribidor

sábado, 27 de junio de 2009

LA PESADILLA DE LA SIESTA



Tiempo para que el sol de primavera
acaricie mis ojos degollados
y la cálida brisa,
esculpida por dedos de diamante,
ilumine esta piel, casi marchita.
*
Paz de la tarde sólida, callada:
susurros, silbos suaves.
Reflexiones plegadas al calor
(como paraguas encogidos, mudos),
convertidas en líquido del tiempo,
desnudas como un niño
malheridas, inermes,
hacia la pesadilla despeñadas,
donde se afilan garras asesinas,
millones de jirones olvidados.
*
Son cien miradas cúbicas, lejanas
adustos sarpullidos venenosos
intangibles injertos de la nada
que acechan el recuerdo
remueven la nostalgia,
cual estival tormenta traicionera,
cual légamo que enturbia el agua clara.
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viernes, 26 de junio de 2009

EL NIDAL DE LOS VENCEJOS. 1.

Imagen tomada de internet
(Este relato en cinco partes que hoy comienza, tiene el afán de procurar a los lectores el conocimiento de una nueva leyenda que explica la, por otra parte inexplicable, construcción del famoso Puente de Euritmia, conocido en el mundo entero.
Por tanto, y lo advierto desde esta introducción, no se trata de un relato de misterio, por más que el misterio presida la narración.
Esta nueva leyenda le ha sido transmitida al escribidor por don Cosme Leirán Merano, bibliotecario de nuestra ciudad y protagonista del relato Enero. La esbelta dorada que es el que abre el libro Cuentos de Euritmia.
No pretendo poner en duda la más conocida leyenda del diablo, ni la narrada por Sistán el peluquero en el relato Junio. Acela, madre de Euritmia, del libro citado, ni se pretenden echar por tierra los históricos argumentos que datan esta construcción de la época romana. Simplemente sale a la luz como una nueva aportación a las discusiones establecidas sobre el asunto.).

*
Yo, don Cosme, soy un vencejo nacido en las entrañas del Puente de Euritmia.
Cuando ayer nos encontramos durante su paseo matutino, me pidió que le explicara lo que supiéramos sobre nuestra residencia de verano. Después de consultarlo con parte de mis congéneres, hemos decidido revelarle nuestro mayor secreto, el que el tiempo, y nuestra discreción han guardado… Y mis hermanos me han comisionado para ser el portavoz ante usted.
Como todo el mundo sabe, el Puente fue erigido por unos sabios constructores que se dedicaron a diseñar algunos tipos de nidos y estancias para las distintas clases de aves que poblamos el mundo. Dadas las peculiaridades de la historia que referiré, la única condición que se pedía para este gran nidal, es que, al mismo tiempo, los seres humanos pensaran que la misión de este edificio era diferente a la real.

Esto sucedió cuando los seres humanos y las aves dejamos de formar la unidad que antaño existía entre nosotros, pero eso es otra historia que no tiene cabida en ésta.
La mayoría de las aves huimos de la presencia humana, porque tememos que estos seres, exterminadores y orgullosos por naturaleza, acaben con nuestro vuelo y no encierren en ominosas cárceles o nos metan en ollas, más ominosas aún. Aunque esto sea así en el común de los casos, qué le voy a contar, también sucede, y está harto comprobado, que muchas clases de aves aprovechamos la presencia humana, y aunque con muchas precauciones, para qué negarlo, ocupamos la mismas zonas que ocupan ustedes, seres incapaces de algo tan simple como surcar el aire. Creo que no es menester que cite a gorriones, golondrinas, aviones, palomas, cigüeñas, incluso alguna de las presumidas urracas y nosotros mismos, solemos habitar las mismas calles.
Los vencejos, como es notorio, lo hacemos desde las alturas, que es el sitio más seguro para evitar alguna tentación oscura que nos convierta en principal ingrediente de alguno de esos platos extraños con los que se gozan…

Según refiere la tradición vencejil, durante un Consejo de Aves Sabias se nos concedió el beneficio de no construir nido, a cambio de perder la facultad de andar por la superficie terráquea. Podemos posarnos en terreno firme es cierto, pero, como no andamos, carecemos de la capacidad de impulso, así que necesitamos de cornisas, cerros, aleros, alféizares, quiciales..., en fin, un lugar cuyo extremo se asome a la brisa y tenga el suficiente espacio para que, una vez desplegadas nuestras alas, mantengamos el vuelo.
Pero esto sucedió después de que ocurrieran los hechos que referiré.

jueves, 25 de junio de 2009

TRIBULACIONES DE UN ESCRIBIDOR CON LA MIRADA LLAGADA

Acaba el partido con derrota de nuestra selección que sabe a derrota (menuda originalidad). Confiaba en que el día más largo del año me diera tiempo para algo un poco más digno, pero aquí estoy, peleándome con el calor, con las teclas... y con los párpados.
Lo único destacable de la jornada, desde el punto de vista de un escribidor, ha sido el chaparrón que ha caído unos minutos antes de las ocho y media.
Estaba despejado y ha llovido. Ahora que lo pienso, quizá no estuviera despejado del todo. El sol brillaba, eso seguro. Y llovía. Más de uno pensará que lo de mi falta de sueño me provoca alucinaciones. Pues no, ha sucedido así. Además he hablado del asunto por teléfono.
O sea que tengo la derrota y la lluvia con sol, pero no se me ocurre nada. Se me caen los párpados como hojas de otoño. Y no sé de qué hablar.
Seré sincero, no sé de qué hablar porque la realidad llaga mi mirada.
A lo mejor os parece que se trata de una realidad menuda y con poca repercusión, pero a mí me duele y me obtura el corazón e impide que salgan otras palabras. Digamos que es el antídoto perfecto para la inspiración. Hablaré por tanto de ello. Cuando algo añusga el ánimo, mejor contarlo.

Se trata del Valle del Clamores, que es la base real sobre la que el escribidor ha creado la Gargantilla de los Sauces. En realidad no hay casi sauces, abundan los castaños, los cedros, los álamos, los saúcos, los fresnos, los chopos... En fin una variedad de vegetación que lo empareja con una zona boscosa. Este valle se deposita sobre una profunda garganta, casi hoz, por la que circulaba el arroyo Clamores que cruzaba la ciudad hasta desembocar en el Eresma, justo a los pies del Alcázar. Pero desde muy antiguo este arroyo se convirtió en albañal y desde hace muchísmas décadas baja entubado ya que se ha convertido en parte del sanemiento de la ciudad.
Durante la noche de san Juan hubo alguien que se debía aburrir muchísimo, que no le servían para entretenerse ni la hoguera ni la verbena (a la que acudió en mi representación mi hija) o que después de ésta necesitaba quemar algunas calorías. Han decidido emprenderla a hachazos con unos cuantos árboles (una decena más o menos) de fresnos y álamos. Eran relativamente jóvenes, catorce años.
A medida que me internaba por el camino, mi vista se ha visto herida por la presencia de los cadáveres troceados. que yacían en los bordes del camino. Por la mañana, los operarios han procedido a concluir la labor que empezaron estos individuos que no sé cómo calificar.
He visto una media docena de troncos desmochados a un metro de altura, o menos. Es evidente que han utilizado hachas pues el tronco, aún lozano y fresco de savia, tan blanco, estaba descuajado en varios puntos.
¿Por qué?
Esta pregunta me ha perseguido desde las dos y cuarto de la tarde, al escuchar la información en la radio. Pero cuando mis ojos han sido llagados por el espectáculo, la pregunta ha aumentado de intensidad, tamaño y volumen. ¿Por qué?
A lo mejor por eso hoy no estoy para invertarme historias o poemas o noticias...
Algunas veces la realidad hace mucho daño y supera a la ficción.
¿Cómo se me iba ocurrir contar que un grupo de euritmitenses, en plena madrugada de san Juan, decidieron internarse en la Gargantilla de los Sauces cargados con hachas para talar unos árboles jóvenes? Supongo que mis lectores me habrían criticado por mi poca fe en el género humano.

miércoles, 24 de junio de 2009

¿QUÉ DECISIÓN TOMAR?


¿Cómo lo habían sabido?
Sus dedos, aunque lo deseaban con todas sus fuerzas, no eran capaces de contar los billetes de cien y doscientos euros que dormían dentro de su receptáculo. Había un buen montón. ¿Por qué dudar de lo que decía la nota? Sentía que en cuanto rozase uno sólo de los billetes no podría negarse a nada. Un sudor frío recorría su espalda. La pantalla del ordenador mostraba la redacción mediada de la noticia.
¿Cómo lo habían sabido?
Se le ocurrían dos nombres, pero era tan descabellado que cualquiera de ellos hubiera dicho algo y que esa información hubiera llegado a los oídos adecuados, que parecía cosa de magia. Se sintió vigilado por fantasmas. Fantasmas extraños puesto que tenían acceso a billetes de cien y doscientos euros de curso legal. Como recién hechos.
La nota no dejaba lugar a dudas. Su silencio valía aquel fajo de billetes y otro tanto un par de meses más tarde. Si seguía adelante con la información, además de sus pobres manos, alguien muy próximo sufriría las consecuencias.
Cuando sonó el teléfono se llevó un buen susto. Una voz conocida, vestida de urgencia, le pedía el artículo…
Por suerte no habían sido ellos.

martes, 23 de junio de 2009

LA CHOPERA DEL ÓREO


Si me dices que vienes del Solanar, te digo que no te creo. No me puedes engañar.
¿Y por qué te iba a engañar? He paseado por la Gargantilla de los Sauces y de la Chopera del Óreo, y media vuelta.
Unos siete kilómetros.
No sé… Lo mismo.
Eso sí, menos solitario que el Solanar.
Distinto, como el otro lado de la moneda. La misma moneda tiene dos caras, es imposible que no la tengan. En el Solanar salgo de Euritmia, por la Gargantilla de los Sauces y por la Chopera del Óreo es como si me sumergiera en el venero que la riega.
Pero no habrás encontrado silencio.
No, música. Allí hay música.
¿Música…?
La de la luz que cae sobre un castaño joven que está a la salida de una curva y la filtra como si fuera zumo de sol, y la de la brisa que persigue sueños entre las hojas de los sauces, de los saúcos, de los chopos, de los álamos, de la hiedra, y el silbo de los pajarillos, y los arpegios de una fuente escondida y el latido de las nubecillas que sonreían a las caricias de las florecillas y el siseo de la arena removida por los pies de los paseantes y el suspiro de la hierba lozana…
Pero en donde el Óreo habría más gente y te distraerían…
¿Distraerme…?
¿No decías que buscas el silencio para escribir, para encontrarte contigo mismo, para hallar la respuesta a esas preguntas que te aturullan la cabeza?
Sí, pero también necesito contemplar los abrazos de los jóvenes que se aman con la misma pasión con la que el sol se arracima sobre su piel, o las risas de los niños que corren tras una pelota como si fuera un sueño que rueda y rueda, o la mirada melancólica de aquella mujer que paseaba sola y fatigada, o el rictus tenso de quien corre para estar en forma, o el paseo distraído de la familia que deja caer las manecillas de la tarde sabiendo que estar juntos es lo que importa, o el cazcaleo[1] torpe de ese anciano que a pesar de todo ha decidido bajar tan lejos de su casa y contemplar el vuelo irisado de los patos que acarician la superficie del Óreo o la bullanga de los adolescentes sobre sus bicicletas encabritadas o el jadeo extenuado del perro que pretendía cazar una mariposa de luz…
A ti no hay quien te entienda, tan pronto buscas una cosa como su contraria.
Pues tienes razón… Sí, pero no lo puedo evitar. Todo me llama, qué digo me llama, me grita… En el silencio y en la música, en la soledad y en la compañía, en la quietud y en la marcha, en el desierto y en el bosque, en el páramo y en el valle, en la montaña y en el mar encuentro ecos de lo que importa, encuentro esencias de la verdad. Quizá la verdad sea única, pero es tan grande, tan inabarcable que en todas partes hay algo de ella… Es como un puzzle de mil piezas, cada trocito por sí solo no muestra la imagen completa, pero una parte de la imagen está en cada trozo… No sé si me explico.
Pues creo que sí, pero es que, a veces, te pones de un misterioso que asustas.
Pues entonces te invito a una cerveza bien fría, a ver si rebajamos este calor de junio…
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[1] Cazcalear (intransitivo y coloquial): Andar de una parte a otra fingiendo hacer algo útil.



lunes, 22 de junio de 2009

HISTORIA DE UNA GOTA


Cuando la gota de agua llegó al río, el río era un regato del tamaño de un dedo, y comprendió que había encontrado el lugar adecuado donde poder ser feliz. Había llegado a un espacio maravilloso repleto de hermanas. Allí saltaban, charlaban, cantaban, se reían, daban volteretas, comentaban del aroma de la vegetación, del color de las flores y los árboles, saludaban a los peces, contemplaban el vuelo veloz de pájaros y sonreían a las nubes, pues allí estaban más hermanas suyas.
La gota recordaba vagamente su pasado en la nube. Entonces no era gota, sólo quería serlo. Percibía como una ausencia de pies y manos, notaba que viajaba dentro del aire, y aunque era aire, no era igual que la brisa que se movía tan deprisa que era imposible de ver. De pronto notó que empezaba a pesar más, como si le hubiera crecido algo dentro, algo desconocido, y cuando se quiso dar cuenta caía y caía hasta que acabó sobre aquel regatillo.
Lo primero que comprendió fue que su destino era ser viajera.
No había hecho otra cosa desde que era nube, y ahora que era riachuelo charlador no había habido cambios. Lo más emocionante eran las noches. Desde la distancia de la cama del río, las estrellas parecían gotas de agua que brillaban; habían hecho el viaje inverso a ella: en vez de dirigirse a la tierra, se habían encaminado hacia lo alto, mucho más alto, y desde allí contemplaban los ríos.
Con el paso de los días comprobó que cada vez eran más compañeras. Venían de distintos caminos de agua e iban ensanchando aquel sendero líquido. Así era más divertido el viaje. Una no se aburría con tantas hermanas, no se paraban de establecer coloquios y comentarios… Quien no había visto la danza enamorada de dos mariposas, contemplaba cómo una libélula se peinaba las pestañas, o cómo un sauce susurraba algún verso de amor que luego se extendía por todo el cauce, o habían contemplado cómo un cangrejo limpiaba a fondo la superficie de un canto rodado, o cómo los peces establecían una competición para ver cuál de ellos cantaba mejor, o cómo la oropéndola se maquillaba utilizándolas a ellas como espejo.
Unos días después, cuando ya se habían cansado de correr y simplemente caminaban en animada cháchara, escucharon un ruido extraño.
Las que iban por delante alzaron la voz. Primero pensó que había un escalón muy alto y gritaban de risa mientras construían cabriolas como árboles de aire, pero de inmediato se percató de que eran gritos de pánico lo que escuchaba. Intentaron, ella y otras tres o cuatro gotas con quienes conversaba sobre la perfección de un nido de abejaruco que habían visto unos instantes antes, detenerse, girar en redondo, saltar a la ribera… Nada, todo fue imposible, entre el empuje de sus otras hermanas, tan distraídas e incautas como ella misma, y la tendencia, siempre descendente de aquel sendero de rocas y tierra, se vio dentro de la miasma blanca.
Se ahogaba, se cegaba, dejaba de escuchar, no podía cantar… Llegó a comprender que las nuevas hermanas que entraban desde aquel surco tan extraño, una especie de tronco hueco, pero frío y oscuro y sin ramas y sin hojas y sin nidos y sin pájaros, ni siquiera tenía hormigas, no venían acompañadas. Venían ocupadas por extraños jinetes de un color blanquizco que las asfixiaba… Lo último que alcanzó a ver fue que un pez de colores dejó de cantar su canción, luego ella dejó de recordar, de contemplar, de escuchar

domingo, 21 de junio de 2009

LLANTO DE MUER

La palabra de cada día. 2004.
Leve hoja de otoño.
Diciembre.
Una mujer casi anciana, que hasta hace bien poco no lo parecía, aunque los años fueran los mismos, o quizá uno menos. Una mujer a la que le ha derrotado la vida con uno de esos mazazos que nos dejan narcotizados o inanes, que nos dejan atónitos o perplejos, que nos subsumen en el profundo abatimiento, o más aún, que consiguen que el corazón se nos encrespe y se alce contra el destino, o contra Dios, o contra la vida misma, ha estado llorando junto al amigo con quien caminaba esta fría tarde. Y no han sido unos pocos minutos.
Le agarraba a mi amigo de los brazos, mientras las lágrimas rodaban blandamente, y yo barruntaba que se podrían convertir en hielo en cualquier momento.
Como siempre que sucede tal cosa, es decir, que el llanto se derrame en mi presencia, enmudezco, se me paralizan las cuerdas vocales, no sólo las de la garganta, sino las del alma también, pues no tengo respuesta.
Me parece indecente cortarlo, incluso intentarlo (¿quién soy para eso?), pero me parece casi igual de indecente presenciar semejante desahogo; me parece indecente porque creo que el llanto es una de las actividades privadas de la vida del ser humano, probablemente uno de los más íntimos. Sin embargo, es uno de los que con más frecuencia se producen en público, y a mí, cuando soy testigo de ello se me añusga (1) el alma.
Una mujer, abuela de varios nietos, ha sido derrotada por la vida y va a ser muy difícil que salga adelante, porque, como otra mujer que también conozco muy bien, está tan apegada a la vida, se agarra a ella con tal determinación, que no entiende tales ataques frontales, total con unos cuantos años más de setenta, en plena juventud, vaya (2).
__________________________
(1) Según el diccionario de la Real Academia este verbo tiene dos significados el segundo de ellos es consecuencia del primero. Digamos que uno se atraganta la garganta, pero también se le puede atragantar el alma. En los pueblos de Castilla se utiliza este término con relativa frecuencia. Estas son las definiciones exactas que da el diccionario:
1. Atragantarse, estrecharse el tragadero como si le hubieran hecho un nudo.
2. Enfadarse o disgustarse.
(Nota del escribidor).
* * * * *
(2) Así lo escribí hace cinco años. Así lo publico hoy. Por eso introduzco ahora esta hermosísima canción que Eric Clapton compuso como respuesta al terrible accidente que causó la muerte de su hijo de cuatro años, que supongo todos conoceréis.
Suena a pura melancolía, lo sé, pero, a mi modo de ver, es pura esperanza.


sábado, 20 de junio de 2009

EL OCASO ES UN LIRIO


El ocaso es un lirio que arde y quema
mientras la ausencia de tus dedos siembra
bordones en el tiempo de la espera.

He descubierto que no sé los nombres
de lo que importa mientras vivo y sueño.
Agoniza el cristal que se fractura:
cosmos que estalla en sangre como esquirlas,
carne de viento hiede sobre rocas,
como crespones de humo que me ciega.

El ocaso es un lirio que arde y quema
sobre la piel ajada del planeta
surcos de lágrimas excavan tumbas
como guadañas, garras o misiles
mientras la ausencia de tus dedos siembra
bordones en el tiempo de la espera.

Aunque no sepa el nombre de las cosas,
siento el dolor que emerge como hierba
que la tormenta ni el olvido paran,
siento el rencor que peina las miradas
e hinca sus púas sobre el quicio herido
de aquella lágrima que vierte osarios.


He descubierto que no sé los nombres
de lo que importa, pero sé su esencia,
y el ocaso es un lirio que arde y quema,
mientras la ausencia de tus dedos siembra

viernes, 19 de junio de 2009

LA CARA OCULTA DE LA LUNA. y 4



Arilde, por fin, hizo el primer gesto.
Nadie supo que en aquel movimiento casi invisible, enterrado, o mejor dicho, encarnado, iba todo el afán de reconciliación con su hermana, como si aquella señal ingrávida, contuviese el abrazo más intenso. Habían pasado varios días, de una densidad líquida, de un color acerado y venenoso como el mercurio, o quizá pasaron semanas.
Por fin señaló el diario, como si en su gesto estuviese encerrado todo el ímpetu de la verdad.
Entonces no hizo más, no lo pudo hacer.
A aquella hora sólo su madre estaba con ella, resignada, como una flor que se marchita, a la suerte de perder a su otra hija como le habían arrebatado a la anterior. Suponía, con conciencia de protagonista de tragedia griega, que Arilde, en realidad, también había muerto; intuía que silenciar definitivamente el motor cansado y desgastado que impulsaba su hálito interior era cuestión de tiempo, desconocía si mucho o poco, aunque sospechaba que escaso, pues el fondo de la cuestión estaba decidido; pero, sin que la razón pudiera expresarlo con su idioma, sentía que debía permanecer a su lado. Todos le decían que era inútil su presencia constante, pero ella, aunque no podía justificarse, sabía que debía permanecer a su vera, y allí estaba. Aquella señal, le conmocionó como si hubiera asistido a un milagro evangélico, o como si bajo sus pies creciera el epicentro de un terremoto. Tras la inicial turbación, antes que el cerebro, sus ávidos ojos de madre que desesperaba comprendieron el significado del tremor del dedo y buscaron el objeto señalado.
Sobre la mesa de la habitación, donde apuntaba Arilde, había una baraúnda de objetos que gritaban en silencio: ropas, complementos, útiles escolares, restos, en fin, que ofrecían el reflejo del caos vital de los pocos años de su hija. Cuando por fin se dio cuenta del destino preciso de la seña, se lanzó sobre el cuaderno, como un sediento en el desierto se arroja a un charco de agua.
Abrió extrañada las cubiertas, pues aún desconocía el contenido; nadie sabía del diario, ni la mera presencia del cuaderno delataba algo diferente de un anodino cuaderno azul donde podrían descansar los apuntes de una fórmula física, o la exposición de una teoría filosófica, o la abstrusa resolución de un problema matemático, o el esquema de una lección histórica. A medida que los ojos ávidos leyeron, comprendió. Detrás de cada frase, ahondaba un mensaje críptico escrito en clave, a pequeñas dosis que formaban estratos de dolor.
No te puedo explicar con mayor claridad, porque no puedo prever si este cuaderno acabará en tus manos, o Él lo descubrirá antes. (…)
No sé si lo dijo así, pero, entre golpe y golpe, entendí que me decía que sospechaba que me estaba yendo de la lengua y que, en ese caso, no daba un cuarto por tu vida; le juré y le perjuré, que nadie nunca sabría nada de lo suyo, ni Ellos, ni Tú.
Pronto, a pesar de las lágrimas que embrumaban la lectura de las palabras, se dio cuenta de que no había nombres propios, salvo descripciones más o menos vagas; sin embargo, descubrió que había varios personajes: un Tú, que pronto supo que era Arilde, un Ellos que podían ser Fabián y Osorio, o, incluso, ella misma y su marido, y un Él ominoso, el causante de aquellas brutalidades. No había más, hasta la última página. Sólo reflexiones sobre algo terrible que empezaba desde el principio, y que se acumulaba pesadamente sobre las conciencias.

Esto que escribo será la única prueba, me temo, de mi sufrimiento, salvo accidente, o su muerte, que deseo con todas las fuerzas de mi corazón; pero no puedo ser más clara. (...)

Me he atrevido a rebelarme, bueno, a levantarle la voz, y la amenaza ha sido tremenda; no quiero eso para ti, así que seguiré aguantando este dolor, esta vejación, esta tortura. (...)

Después de una semana, todo me da igual; sé que tengo que salir a la calle, sé que nadie debe adivinar mi situación, esta vida oculta que me hace llevar, pero menos que nadie Tú y Ellos, pues de lo contrario… No me atrevo ni a escribirlo. (...)

Si descubre este diario soy cadáver, te lo aseguro, Él no me quiere, sólo me utiliza (…)

Hoy es el último día. Ya no puedo dar un paso, pero es casi imposible que te pase algo, tranquila. Después de lo que le diré, me matará, al fin, pero Tú leerás estas líneas y será su final. Tienes que hacerlo por mí, aunque me sigas odiando. No puedo seguir adelante. Sólo le diré que he hablado con la Policía y que le he acusado. Por desgracia, no lo he hecho, no me atrevo, pero Él lo creerá y actuará en consecuencia. Ya no puedo mirarme al espejo, y mucho menos a Ti o a Ellos. Ha acabado conmigo, me ha obligado a vivir una vida depravada, amenazándome con tu muerte en caso de que me fuera de la lengua. Y eso, no lo podía tolerar. Aunque parezca lo contrario, habito en el lado oculto de la luna, y ese lado que desconocéis es el que me precipita a la destrucción, Arilde.

Un estremecimiento, terrible cuyo epicentro no se situó en algún punto de la corteza terrestre, sino de su ser, sacudió su constitución materna, pero no sólo física, sino espiritual, psíquica, anímica. Aún así, recuperó el movimiento, y entregó el cuaderno al abogado de la familia.
Comprendió que el horror les había llevado a cometer una terrible injusticia con Fabián y Osorio.
¿Aquéllos hombres les podrían perdonar?
Cuando el Comisario Gayano Balmes les llamó a su despacho para explicarles quién era el asesino, así como las razones que le habían impulsado a semejante atrocidad, comprendió que el conocimiento de tales circunstancias sólo aportaría mucho más dolor a su ya maltrecho corazón. Veridiana había sido víctima de un psicópata sádico, al que nadie en Euritmia hubiera catalagado como tal.
Tener constancia de este detalle sólo añadió confusión al caos en que se había convertido su vida. Saber que se trataba del jefe del novio de la chica, fue la puntilla para Fabián que nunca regresó a la ciudad, donde jamás se volvió a saber de él.
Otro cadáver, por muchos que sus piernas hollaran calles de algún otro lugar.
En fin, comprendió que, aunque el lado oculto de la luna esté cancelado a nuestra vista, a veces es imposible evitar que sus habitantes traspasen su tenebrosa frontera, y conviertan las horas vespertinas en nefastas tardes polvorientas y sudorosas, vibrátiles de escamas plateadas, acuosas de reptiles extraviados e ígneos.

jueves, 18 de junio de 2009

DIARIO DE EURITMIA

Mi nombre es Elio, Elio Baeza, y como saben[1] soy periodista del Diario de Euritmia, concretamente su sección de Cultura.
Como el dueño de este blog no se haya en condiciones de perpetrar una de sus entradas, me ha llamado por teléfono y me ha pedido que tome su lugar y les anticipe una de las noticias que publicamos en la edición de hoy de nuestro periódico.
Espero que mi director, D. Efrén Barrientos Mouriño, o el jefe de local Quiterio Lacas Ruiz, no se enteren de este desaguisado. Aunque les confieso que juego con ventaja, puesto que a ellos internet no les interesa en exceso y con consultar la edición digital de nuestro periódico y las de tres o cuatro periódicos nacionales tienen suficiente. Bueno, no me alargo más:

HUELGA DE ROSAS.
Euritmia 18 de junio de 2009

Elio Baeza
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Según declaraciones realizadas a este diario por dos representantes sindicales del gremio de las rosas, durante los próximos 19, 20 y 21 de junio las rosas de los jardines de Euritmia, tanto públicos como privados, llevarán a cabo una huelga general, sin precedentes en la historia.
Tras dos semanas de tensas reuniones celebradas con miembros del equipo de gobierno municipal, representantes de la Comunidad Autónoma y la mediación de la Subdelegación del Gobierno, las representantes sindicales de las flores han declarado a esta redacción que las posturas son irreconciliables. Han subrayado a este redactor que su reivindicación se viene presentando ante los representantes gubernativos durante los últimos años, sin que haya sido tenida en cuenta en ninguno de sus aspectos. “Lamentándolo mucho”, ha declarado, “no podemos tolerar por más tiempo este abandono al que nos someten y no nos queda más remedio que tomar estas medidas, por las que de antemano pedimos disculpas a los euritmitenses”. Asimismo han añadido que no aceptarán los servicios mínimos impuestos desde el Ayuntamiento, por considerarlos abusivos.
Puesto este redactor al habla con el Concejal de Parques y Jardines, ha declinado realizar ninguna declaración y se ha remitido a la nota de prensa que difundirá hoy mismo el Ayuntamiento. Según nos ha informado será la propia Alcaldesa quien responderá a los medios de comunicación durante la subsiguiente rueda de prensa.
Las rosas denuncian que en los últimos años se ha incrementado la peligrosidad de su tarea en más de un 147% según cálculos estimados.
Las causas de este ascenso de la peligrosidad laboral se resumen en las siguientes:


  • Mayor número de amantes que al pasar junto a ellas cortan sus tallos con total impunidad.

  • Incremento desmesurado de poetas que las utilizan como metáforas de sus versos sin citar la fuente ni pagar derechos de autor.

  • Exceso de solitarios que lloran junto a ellas para aplacar sus males.

  • Abuso de libaciones de mariposas y abejas sin que se haya aumentado por ello la cantidad de abono y riego necesario para dicha prestación. .

Por su parte, los dos grupos de la oposición municipal han solicitado la inmediata dimisión de la Alcaldesa de Euritmia, dada la manifiesta incompetencia con la que han llevado este asunto que, según uno de sus portavoces, ‘Es una prueba más de la inoperancia y falta de criterio con la que se gobierna desde el Ayuntamiento’
Se espera que no se produzcan altercados importantes durante estas próximas jornadas, y se ruega a las parejas que decidan mantener coloquios enamorados en las proximidades de jardines o parterres con rosas, se abstengan de cortarlas

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[1] Obviamente Elio Baeza se cree más importante de lo que es y piensa, sin razón alguna, que alguien más que él y otros pocos conocen el caso que este escribidor noveló bajó el título de Muerte en noviembre, caso en que se descubrió al autor del secuestro y posterior asesinato del diputado por la circunscripción de Euritmia D. Isacio Jumilla. (Nota del escribidor)

miércoles, 17 de junio de 2009

LOS TRES PÉTALOS

*
Prefirió no inquirir a nadie. Ni al hijo, ni a las hijas, ni a la nuera ni a los yernos, ni al nieto mayor. A nadie. Cuando a la salida del cementerio le abrazó su mejor amigo, flaqueó su ánimo y la pregunta giró en el ápice de su lengua como las canicas de su infancia, pero tragó como si el vidrio cortara su faringe. Todos confundieron el atragantamiento con la puñalada propia de la jornada.
Por la noche, acostada en la cama que había compartido con él durante tantos años, la cara de aquella desconocida, como una huella de dinosaurio, persistía en sus pupilas que eran ya desiertos tras el llanto.
De entre todos los que habían acudido al funeral, sólo aquella mujer, poco más joven que ella misma, lloraba como ella había llorado los dos últimos días; sólo ella tenía una expresión similar a la suya.
Tronaba la madrugada, y las lágrimas del rostro ajeno envenenaban su dolor, corroían las raíces del sufrimiento que se tornaba rencor entre relámpago y relámpago.
Al amanecer tenía que deshojar una flor con tres pétalos: ignorancia, odio u olvido.


martes, 16 de junio de 2009

ANTONIO COLINAS

*
El pasado viernes doce se falló la XIX edición del Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma que organiza y patrocina la Diputación Provincial de Segovia. Antes de que se me olvide, ya que no es el objeto de esta entrada, pero creo que debo anotarlo, el ganador de esta edición de 2009 ha sido Ricardo Bellveser por su obra Donde se hallen las cenizas. Este poeta, como se puede comprobar en Internet, no es precisamente un principiante y su aportación a la lírica en castellano es notabilísima.
Dicho lo anterior, voy a donde quería...
Como dejé escrito en ocasión reciente, tenía la intención de saludar a Antonio Colinas, y lo hice. Me hubiera gustado que el diálogo se hubiera producido antes de la reunión del jurado, pero se me escapó por unos segundos… Torpe que es uno.
Así que hube de esperar a la conclusión del acto institucional.
Como siempre que me acerco a este hombre, me sorprendió su timidez…, hasta que se habla de poesía. En ese momento surge una transformación en su mirada y en su semblante. Uno siente que roza la felicidad cuando los versos son el centro del coloquio. Le comenté que había visto el vídeo que circula por Internet mientras recita un hermosísimo poema, le comenté que os lo había recomendado y le comenté que a más de uno os había encantado.
Y él, yo diría que algo turbado, me agradeció el detalle.
Me explicó que fue un momento inolvidable en un recital en Medellín (Colombia) durante la celebración del Festival Internacional de Poesía. Las imágenes de los jóvenes extasiados mientras escuchaban (¿valdría decir que contemplaban con los oídos las palabras del leonés?), no hacen más que confirmar sus palabras.
Y me comentó otra cosa de la que ya tenía cierta noticia por otros comentarios, por otras lecturas: la poesía en Latinoamérica se vive de otro modo. Allá no es minoritaria, como aquí. Allí decir que uno es poeta no es extraño, sino, por el contrario, se trata de algo grande, muy grande. Aquí se suele huir de semejante calificación. Se prefiere hablar de escritor, en general. La poesía es algo poco frecuente en nuestros gustos literarios, incluso algo que no se comprende. A veces parece que hablar de poesía es semejante a comentar secretos arcanos insoldables, misterios inextricables… O por el contrario, parece que hablar de poesía es referirse a temas que rozan la cursilería o la gazmoñería.
Y no deja de ser muy extraño en una nación que ha dado al mundo tantos y tantos poetas. No daré nombres, pues la mayoría estará en la mente de todos. Creo que sería cuestión de analizar por qué la poesía en España es tan minoritaria respecto de otros géneros literarios.
¿Tendremos alguna culpa los poetas (perdón por incluirme en este grupo) que hemos alejado a los lectores? ¿Será un déficit del propio sistema educativo que minusvalora la poesía frente a la narrativa? ¿Será algo relacionado con el tipo de vida que se lleva que no favorece la actitud contemplativa del ser humano, algo tan necesario ante un poema…? ¿Será que nos han hurtado en alguna parte la capacidad para el símbolo, la analogía, la imagen...?
Y sin embargo, como algo contradictorio que me sorprende cada día, Internet está repleta de poemas y poetas, alguno y alguna, muy notables, y que, además, en algún caso, visitan este rincón.
¿Será acaso que los lectores de poesía en España son los propios poetas?
Espero que vuestros comentarios me ayuden a despejar estas dudas.
¿Alguien se imagina una concurrencia tan masiva en un acto similar en alguna ciudad española?
Hace unas semanas, tuve ocasión de recomendaros la visita al blog de Carlos Gargallo donde se había colgado el vídeo. Por si acaso alguno no lo pudisteis ver, me permito situarlo en esta página, con un agradecimiento muy especial al poeta murciano, por habérnoslo ‘descubierto’. Al menos yo desconocía completamente su existencia.
Espero que os guste como a mí me gustó en su momento. No llega a dos minutos y medio de duración… Aunque no frecuenteis mucho la poesía creo que merece la pena, y sobre todo, fijaos en los rostros del público que abarrotaba el lugar donde se celebró el recital, y fijaos como el eco de la poesía de Juan de la Cruz revolotea en estos maravillosos versos que tanto encantan al propio autor, según me confesó con no poca humildad un poco ruborizada...

lunes, 15 de junio de 2009

TRIBUALACIONES DE UN ESCRIBIDOR EN MEDIO DE LA TORMENTA

Una vieja máxima que me aplico es que cuando hay tormenta, como ahora mismo, tendría que escribir con un bolígrafo y a la luz de una vela. Ya me pasó una vez y no me gustaría que me pasara la segunda, porque tampoco es que los proveedores sean muy rápidos solucionando problemas técnicos. Me refiero a que la fuente de alimentación del ordenador sufrió un ataque al corazón del que no salió.
Los relámpagos abren sus brazos de fuego sobre el cielo y dibujan extrañas imágenes fantasmales. El trueno que acaba de sonar lo ha hecho justo encima de mi cabeza. Y la sensación no ha sido muy agradable. La verdad es que el aire fresco que entra por la ventana, que acabo de abrir, se agredece.
Y casualmente de algo de esto pensaba hablar yo hoy.
Cuando titulo Tribulaciones de un escribidor... teman todos ustedes lo peor. Es que no se me ocurría otra cosa mejor o me apetecía compartir con ustedes, o sea mis lectores, alguno de mis pensamientos relacionados con este oficio. (Con independencia de que sea o no remunerado, que esa es otra cuestión).
Y decía yo que iba a decirles que no me gusta escribir sobre vampiros. De hecho nunca he pensado escribir sobre vampiros. Y justo empieza la tormenta. (Alguno dirá que se trata de una figura literaria. Aseguro que no es así. Aseguro que llueve y truena y relampaguea). Vaya, aquí hay gato (o vampiro) encerrado, me he dicho. Quizá hubiera tenido que buscar otro tema, pero es que uno tiene, además otra cualidad, es muy cabezota, y para una idea que se me ha alojado en las mientes a lo largo de este día, pues no voy a cambiarla ahora, total por unos cuantos truenos y relámpagos. Espero que la fuente de alimentación de esta máquina opine lo mismo que este escribidor, pues de lo contrario tendremos un problema.
Esto viene a que según la prensa Guillermo del Toro, el director de cine mexicano, ha presentado la primera novela sobre el asunto. Parece que se tratará de una trilogía. Se confirma, pues, se aposentó entre nosotros la moda de los vampiros. ¿Cuánto tiempo...? Empezamos con la saga del joven vampiro que se enamora de la joven humana (¿o es al revés?) con cuatro o cinco entregas y ahora se añade el director de cine que se apunta al éxito asegurado. Raro sería que a alguien no se le ocurra reeditar Drácula.
Claro que tiene un duro hueso que roer por la competencia con las novelas del género negro procedentes de Suecia, cosa no sencilla. Porque Larsson y Mankell, sobre todo el primero, están haciendo de las suyas. O sea mucho dinero. Stieg Larsson, desde que murió, un poco menos, lo estarán haciendo sus herederos que no sé si lamentarán el recuerdo de los veinte cafés diarios que se tomaba el escritor, las tres cajetillas diarias de cigarrillos que se fumaba y que aquella mañana no hubiera ascensor en el edificio donde el corazón se le partió para siempre. (¿Quizá se había estropeado el artilugio por la falta de electricidad que causó una tormenta?). Pero de las novelas de detectives no hablo, porque uno en sus tiempos libres las escribe, incluso tiene un par de personajes, allá en Euritmia, que de vez en cuando le remiten (en secreto, claro) los dossieres de algún caso. Los más avisados sabrán ya que me refiero al Comisario Gayano y al subinspector Del Río.
Digo que yo no escribiré novelas de vampiros, porque no me gustan los vampiros, ni el terror en general, ni tampoco me gusta la sangre.. Es decir que comunico que no me sumo a la moda. (Así no llegaremos a ninguna parte. Ni falta que hace).
Pero sobre todo lo que me planteo a estas horas en que llueve y relampague y truena como si un colmillo hambriento descendiera desde el cielo enlutado con una capa de raso, es por qué a tanta gente le da por leer sobre lo mismo.
O dicho con más crudeza: ¿Por qué la moda también invade el mercado editorial?
A alguien se le ocurre algo, no sé, escribir sobre el crecimiento de las adelfas en Sebastopol. Por casualidad la novela tiene éxito, dado el evidente interés del tema, y, de pronto, todo el mundo lee sobre la susodicha planta o la susodicha parte del mundo. Y no sólo un escritor escribirá sobre el asunto, sino que varios de ellos lo harán. Con evidente éxito, por su puesto.
Aunque soy de la opinión que para que un libro tenga éxito ha de atesorar otros componentes imprescindibles, cuya proporción se distribuirá con cierta equidad: amor, aventura e intriga, sobre todo. Si se se quiere añadir algo de sexo (no muy explícito) y un poco de violencia (no muy brutal), se corren riesgos, pero quizá se acierte.
Porque, y esta es la conclusión que saco mientras el rayo ilumina la noche, al final, aunque se hable de vampiros, siempre se habla de lo mismo: de amor, de alguna clase de amor... También ocurrió con el mago que pasó su adolescencia con nosotros, y con las catedrales, y con las novelas históricas, y con las prehistóricas..., incluso con las de detectives se habla de amor...
Quizá algo menos. ¿O no?

domingo, 14 de junio de 2009

APRENDIZAJE


La palabra de cada día 2005.
El camino que serpea.
Enero

Muchas veces se piensa que la vida está plagada de monotonía o rutina, como si todo lo que sucede fuera más de lo mismo. Sin embargo, me parece que en tal sensación habita un punto de ceguera. Cada día tiene su propio afán. Cada día nos sorprende con novedades o sorpresas que lo hacen único. En muchas ocasiones no somos capaces de ver tales acontecimientos. Lo que no cambia, o lo hace en menor medida, es el envase en el que se reciben. Por así decir, la olla en la que se cocinan los alimentos cotidianos es la misma, sin embargo las viandas que la llenan son distintas. Quizá sólo nos fijamos en el continente, no en el contenido. Pasan los días, las semanas, los meses, las estaciones, los años, y no nos damos cuenta de cómo han evolucionado los acontecimientos.

De pronto, en un instante, una mañana o una noche, lo mismo da, caemos en que todo ha cambiado. Quizá miremos una foto, o nos crucemos con alguien por la calle, o una voz venida de lejos se acople a través del teléfono en nuestro recuerdo, o un libro que creíamos olvidado se nos ofrece, qué sé yo, y ¡zas!, por fin somos conscientes de que no somos el que éramos, o no vivimos del mismo modo.
Probablemente sea natural esa sensación de inmutabilidad que he descrito al principio, incluso un mecanismo de defensa para nuestra salud mental, porque estar siempre alerta, al acecho de las continuas novedades, agotaría al sistema nervioso. Por eso es buena esa calma de la rutina, ese sosiego de la monotonía. El problema comienza cuando nos cegamos a lo nuevo que se nos ofrece, a la variación que viene a sacudirnos y a despertarnos. En muchas ocasiones preferimos no verla y no la vemos. Es más cómodo, pero sólo en apariencia, pues si no aceptamos ese movimiento que nos ubica de modo diferente en el universo, lo pasaremos peor, infinitamente peor.
Sería muy bueno y muy necesario, colocar nuestros ojos en la sintonía de la juventud, o de la adolescencia, en el dial de la búsqueda; aquel tiempo en que la mayoría de las cosas suponían aprendizaje y descubrimiento, cuando cada opinión era sinónimo de reubicación en el mundo. Al avanzar en la edad, parece que está todo hecho, parece que estamos localizados en unas coordenadas exactas del planeta, como lo está una isla, y de allí no podemos movernos.
Qué hermoso, sin embargo, es contemplar los amaneceres con el convencimiento de que son un regalo, y con la seguridad de que el día se extiende ante nuestra mirada como un inmenso horizonte que intentaremos alcanzar.
Troquemos la adusta mirada, por la ilusión o la melancolía del que contempla por primera vez la sonrisa o las lágrimas. Cambiemos la resignación que encoge los hombros del alma, por la decisión de quien piensa que eso es lo mejor que puede suceder. Admitamos la vida como única oportunidad, único don que tenemos para ser nosotros mismos en cada instante, en cada situación. Tengamos las agallas bastantes para reconocer que la aventura de conocernos a nosotros mismos es la más apasionante de todas las posibles aventuras, y la única que no termina en ningún momento. En fin, arrostremos el mundo con la sonrisa esperanzada del que sabe que es el único aliado que tiene, por complicada que resulte la alianza algunas veces.
Desprendámonos del caparazón del conocimiento, y convirtámonos en esponja de sabiduría, porque el más sabio es quien mejor saborea cuanto la vida le regala, aquél que, a medida que avanza en el conocimiento de sus limitaciones (que a la postre es el verdadero conocimiento), descubre que le queda todavía el infinito por degustar. El mundo es una inmensa flor que se abre ante nosotros, quizá con nosotros en su entraña, para que libemos a diario el néctar que nos regala, aunque muchas veces el sabor no sea miel, sino acíbar.
En fin, que el único método sensato de aprendizaje es saber que las cosas se desconocen y querer aprenderlas. Pertrechémonos de la impedimenta de los exploradores, siempre a la búsqueda del territorio desconocido o del tesoro extraviado.

Tengamos claro que nuestra vida, cada uno de sus segundos, es un regalo. No vivimos porque así lo decidida nuestra suprema voluntad, sino que, probablemente, es fruto de otra decisión, de otra voluntad.

sábado, 13 de junio de 2009

AUNQUE PRETENDAN SER DE LUZ MIS VERSOS



Aunque pretendan ser de luz mis versos,
aunque sobre su vientre no navegue
la lágrima que sangra
en la respiración de este planeta,
aunque mi voz arrulle melodías
que tersen los dos párpados del mar,
¿cómo ocultar que esta batalla expele
mil jirones de carne desahuciada?

Aunque pretendan ser de luz mis versos,
atrapa sus caricias
una viscosidad de garras ciegas
cuya piedad encarceló el infierno
entre gritos de llamas y de abismos.

Aunque pretendan ser de luz mis versos,
llueve pus, hieden las nubes,
vendavales de pústulas ululan
zumo de sangre y llanto

Aunque pretendan ser de luz mis versos,
los ojos de los niños del hambre
arrojan sus cadáveres exhaustos
sobre el alféizar gris de mi sonrisa
resquebrajada contra los ocasos.

Aunque pretendan ser de luz mis versos,
se me hunden mil colmillos,
inoculan ponzoña que atraviesa
la entraña de los sueños
y fractura el dibujo de la aurora.

Aunque pretendan ser de luz mis versos,
no puedo almidonar
el espanto que cruza las miradas
que perdieron la voz y las arterias.

Aunque pretendan ser de luz mis versos,
no sé cauterizar a la jauría
de caníbales que inseminan noches
con pentagramas de corcheas muertas.

Aunque pretendan ser de luz mis versos,
se teñirán de luto sus acentos…:
hay demasiada carne que supura,
hay demasiados besos que se esconden,
demasiadas caricias torturadas,
demasiados cadáveres que gritan,
pues sus tumbas no tienen cementerio.

















viernes, 12 de junio de 2009

LA CARA OCULTA DE LA LUNA. 3

(Para releer el capítulo primero pinchad aquí) (Por si no se recuerda bien el capítulo segundo)

Como diría después el Comisario Gayano, sólo la aparición del diario permitió resolver el caso, a pesar de que en sus páginas únicamente hubiera escrito un nombre, el último, Arilde, y en ninguna página más hubiera otro; pero las descripciones y las situaciones que se contaban fueron suficientes para determinar la persona a la que se refería, sobre todo si se tiene en cuenta el tamaño y número de habitantes de la Euritmia. Además de descubrir al culpable, la aparición del diario hizo posible, como si fuera la fórmula para encontrar la piedra filosofal, desentrañar las razones por las que Veridiana ocultó durante casi seis meses lo que sucedía.

Sin embargo, anteriormente, la policía detuvo a los dos sospechosos aclamados como tales por casi toda la ciudad. Pero a pesar de la prisión, hasta aquella confesión póstuma, las fuerzas de seguridad no tuvieron móvil ni arma con los que, aunque fuese sutilmente, dar alguna explicación suficiente que permitiera al juez el procesamiento de los sospechosos...

Pocos días después del suceso, se supo que Fabián y Osorio, su padre, estaban en el ojo de mira de la familia de la chica. Euritmia se movía al son repetido en baja voz, como si el runrún pudiera despertar y levantar las iras de alguna deidad dormida. No conviene tentar a la suerte, menos al hablar de muertos jóvenes a causa de mentes enfermas. Pudo suceder, de ello también hubo maliciosos susurros, que la muchacha se hubiera prestado voluntaria. Aunque quien sostuvo tal teoría, olvidó que el cadáver era el de ella, no otro. Mera cuestión de oxígeno, aseveró un chistoso a espaldas de Gayano, que resopló indignado e impotente, mientras el humo de su cigarrillo se convertía en niebla que distorsionaba el fulgor de su mirada iracunda.
El lenguaje del diario era críptico, alusiones que se velaban, palabras que se movían como una hélice: el sujeto se elidía en un alarde de escritura, se escamoteaban las circunstancias como si fueran accidentes sin importancia; como si alguien invisible o simbólico, no un ser de carne y hueso, fuera el autor de tanto daño, mejor dicho de la destrucción. Tanta lobreguez, tanta bruma en la redacción, tanta opacidad tenía causa. Lo advertía Veridiana con constantes menciones al miedo, al terror de ser descubierta en su actividad de escritora. Pero el Comisario Gayano, con la estimable ayuda de la autopsia, que, al contrario del diario, era como un vaso de agua por su nitidez, encontró suficientes indicios. Lo malo es que transcurrieron varias semanas, y ya Euritmia había condenado a Fabián y a Osorio. Es difícil evitar que atrevidos y miedosos, determinen sentencias que se disparan accionando el gatillo de la hipótesis o de las circunstancias. Su veredicto no deja marcas, sino tatuajes, salvo milagro de Nuestro Señor, cosa infrecuente en estos tiempos, sólo generosos con quienes enmascaran la verdad con gestos de prestidigitador.
Es difícil llegar más bajo: aceptar esta humillación y, después, salir a la calle con la sonrisa recién vestida en los ojos y recién pintada en los labios, para que nadie sepa que el resto oculto de tu cuerpo es la sede de la brutalidad; pero si digo algo, sé que no lo podré seguir contando, y lo que es peor, Tú sufrirías sus consecuencias; puede ser que Él tenga razón, y me esté portando mal.
La Policía, antes de leer el diario (oculto por la inmovilidad de Arilde), pidió una orden de detención. Las tardes polvorientas y sudorosas de aquellos días inutilizaron más de un cerebro, o lo ralentizaron. Menos mal que un abogado abrió los ojos a la policía, comenzando por Gayano y siguiendo por Del Río con simples preguntas relacionadas con pruebas, móviles, armas…
Fabián y Osorio denegaron estupefactos con lentos movimientos de cabeza y mostraron, primero, un rostro dolorido, y, luego, espanto en su mirada. Fabián declaró con voz entrecortada, que a muchos les sonó a falsete desde el inicio, que no sabía nada, que el primer damnificado era él mismo, pues estaba enamorado de su novia, y algún desalmado se la había quitado para siempre. A pesar de sus lágrimas, la mayoría de las madres decidió que mentía, y decidió que sus hijas corrían peligro si Fabián seguía suelto por Euritmia. Se dictaminó unánimemente, sin necesidad de cónclave, que el joven de aspecto intachable era más peligroso que cualquier criminal confeso. Todos opinaron que mentía, aunque no supieran explicar por qué. El horror del silencio, cuyo único rastro eran las escamas plateadas, vibrátiles e ígneas de los reptiles, paralizó los mecanismos más sencillos de la maquinaria oficial de la ciudad, y cada movimiento se convertía en un error o una torpeza.
La autopsia determinó, con la precisión con que el espejo devuelve la imagen, que el cadáver, además de siete heridas procedentes de arma blanca, dos de ellas mortales de necesidad, presentaba rastros de quemaduras de cigarrillos, cicatrices de pequeños cortes, claros signos de golpes y vejaciones; dado el tiempo transcurrido, no se podía determinar con precisión su procedencia, aunque podían conjeturarse golpes procedentes de instrumentos tales como bates, o palos.
Junto a un café, casi enceguecido por el humo del cigarrillo del comisario, el Forense comentó a Gayano que, a pesar de los años de profesión, era la primera vez que había asistido a una tortura tan salvaje, tan fría, tan calculada. Además, añadió pesaroso, Salvo el día del crimen, parece que nunca hubo violencia incontrolada; todo fue preciso, como si supiera que podía aguantar diez golpes, pero sólo diez, ni uno más; no sé si me entiendes.
El Comisario, más acostumbrado a transitar por el envés frío y negro de la luna, entendía y callaba. Sin embargo, desconocía por qué, quién, y lo peor, por qué la chica guardó silencio, salvo que fuera consentido, aunque un crimen no se consiente.
Pero aquellos primeros días, el diario dormía en la habitación de Arilde
Cuando la madre leyó un resumen de la autopsia (si alguien se la hubiera facilitado completa hubiera cometido un acto criminal), se le cayeron los papeles al suelo. No era posible. Simplemente no podía ser, no había ni una razón más que avalara el aserto. Se imaginaba a Veridiana en tales trances, y sentía que una alimaña se retorcía en su estómago.
Su padre, más advertido de las cosas de este mundo, apretó los puños y tomó la determinación de tener unas palabras con Fabián. Aunque lo que anhelaba era su cuello seccionado y fileteado. Pero aquello no convenía que se dijera, más que nada para evitar una revuelta popular.