sábado, 31 de octubre de 2009

LUZ SIN PIEL DE LA TARDE


Se bañan mis manos vacías en la entraña de la luz sin piel de la tarde, zumo de limón ardiente destilándose como un cuchillo sediento sobre la ciénaga de asfalto.
Persigo el manantial de un sueño donde la arcilla del silencio reconstruya el leve vuelo de una mariposa, aquel lugar donde un viejo daguerrotipo con su sonrisa sea la piel que destruya el dolor de su mirada... esa mirada que aún supura llanto.
Pero es el ocaso un revoco de algodón empapado en sangre de homicidios cuyo corolario fue una tumba sin nombre y sin lápida y sin flores llorando los colores del arco iris, una tumba sin cementerio, un ceremonial de olvido, un obituario de silencio.
Persigo el manantial de un sueño para que beban sus lágrimas imperecederas, para que sane su dolor remoto, pero es mi dolor quien anhela su alivio, mi herida su cicatriz..., mi rabia un grito.
Somos mis ojos, mi recuerdo, mi gesto, mis sueños y yo quienes necesitamos aquel viejo daguerrotipo donde aún albea su sonrisa, porque mis ojos, mi recuerdo, mi gesto, mis sueños y yo no soportamos la luz sin piel de esta tarde, ni el revoco de algodón empapado en sangre de homicidas de este ocaso, ni sus lágrimas imperecederas, ni su dolor remoto, ni el recuerdo de una tumba sin nombre y sin lápida y sin flores... y sin cementerio.

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viernes, 30 de octubre de 2009

EL PERDEDOR. ENTREGA 4ª



Nunca había estado allí. Hasta ese día no le había atraído el juego, pero aquella noche, sintió una poderosa llamada que parecía proceder de los ojos del casino. Las luces de la entrada fueron reclamo suficiente. Pensó que, como cumplimiento del viejo refrán, su nueva vida debía inaugurarse con una buena racha en el juego.
No lo dudó, se sentó ante la mesa de póquer. No es que fuera un gran jugador de póquer -ni de otros juegos-, pero tenía nociones aventajadas, y dedujo que pasaría un buen rato. En todo caso, prefería ese tipo de juegos que no los de puro azar, como la ruleta. Tuvo suerte durante las primeras horas. La suficiente suerte como para que dos profesionales se fijaran en él.
Era -obviamente-, la primera vez que lo veían en el local. Se miraron. Sin necesidad de cruzar palabra, decidieron que aquel hombre, con el negro tatuaje del fracasado cosido a los ojos, era la víctima adecuada.

Nada en apariencia les unía.
De hecho, ni el personal del casino les identificaba como compañeros de juego. Eran inteligentes y discretos. Muy discretos, laboriosos y concienzudos. Parecían hormigas. Sus actuaciones no eran llamativas. Salvo viernes y sábados, algunos días faltaba uno de ellos, otros el otro. Desaparecían por temporadas. Se alternaban en las mesas. Sus ganancias constantes pasaban desapercibidas, porque nunca, o casi nunca, eran desorbitadas. Incluso las combinaban, muy sabiamente, con noches de leves pérdidas. Este caso sólo se producía en uno de los dos jugadores, nunca en ambos al tiempo. Aparecían a horas distintas, uno en coche, otro caminando. Vestían muy distinto. Hablaban muy distinto. Eran muy distintos.
Tras la mirada muda, cada uno ocupó sitios diferentes y distantes de la mesa. Ni siquiera se sentaron al mismo tiempo. Tenían los papeles bien divididos; uno actuaba como el provocador, y su misión consistía en poner nervioso al inexperto jugador; el otro, a su debido tiempo, haría de prestamista generoso, de salvador in extremis, de aliado ante el fanfarrón voceras. No recurrían a la trampa, salvo alguna seña secreta, pero sí, a su experiencia. No apostaban con desmesura. No permanecían mucho tiempo sentados en la misma partida, salvo excepciones que a nadie extrañaban, pues hay partidas que se enconan y hasta admiten espectadores ávidos con apuestas ajenas a la propia partida, pero cuyo único sentido es la partida en sí misma. Existen rachas de suerte que cualquier buen jugador siente venir y ha de aprovechar... Sobre todo los profesionales.

Las cosas comenzaron a torcérsele cuando, a pesar de que una voz interna clara y nítida le aconsejó prudencia, no pasar los cien euros aquella mano, arriesgó más de la cuenta. Después de dos descartes tenía entre sus dedos dobles parejas de damas y cincos. Hasta ese momento, todo había ido muy bien. Nunca había perdido en exceso, y, cuando iba de farol, siempre había ganado. De hecho, llevaba embolsados más de setecientos euros, casi ochocientos. Se hizo la promesa de que a los mil se retiraría.
El nuevo jugador, vestido con el traje oscuro y la camisa tan hortera, era un bocazas. Le estaba poniendo nervioso. La tomó con él desde que se había sentado. Decía que iba de farol, que tenía la suerte del principiante, que no jugaba como los hombres... Esta vez, achacó al miedo la voz que escuchaba aconsejándole prudencia. Se decidió por arriesgar doscientos euros. Era la única forma de callar a aquel impertinente, y, si tenía suerte, se levantaría de la partida y dejaría de escuchar su voz estridente, como de chirrido de tren. Pero, con taimada sonrisa, el profesional cubrió la apuesta y la hizo subir otros trescientos euros. No le quedaba opción, o se jugaba quinientos de golpe -nada menos-, o el imbécil aquel se llevaba sus doscientos sin mirar las cartas. Un furor ciego -el que no había sentido en toda la noche, y había tenido motivos objetivos para ello- ascendió bermejo por su rostro. En un ataque de irracionalidad, decidió cubrir la apuesta. Los demás jugadores arrojaron desanimados sus cartas, pero nadie dejó de observar los movimientos que se sucedieron en unos pocos segundos. Un trío de ases apareció sobre el tapete, acompañado de una risa excesivamente estridente, tan hortera y poco delicada como su camisa. Uno de los participantes en la partida pensó que alguien debía enseñar al imbécil a ganar. Pero sabía a lo que jugaba, tuvo que reconocerse, y se prometió prudencia a partir de entonces.
Ésa debió haber sido la señal, pero se había obcecado en los mil euros y era imposible que nadie se lo sacara de la cabeza. Ni su voz que le pedía que se levantara con insistencia, con esa insistencia con la que la conciencia se pone a trabajar en determinadas ocasiones. Si se levantaba en ese momento llegaría a casa con unos doscientos treinta euros más de los que había salido, que tampoco estaba mal. Pero siguió impertérrito el juego. Insensiblemente, pues, por ejemplo, ganaba dos manos, pero, en la tercera, perdía lo que había ganado y algo más, fue descendiendo la cantidad que contaba en su poder. De forma rápida, transcurrieron las horas. Más que avanzada la madrugada, no tenía ni un euro. Casi todos -y no se lo explicaba muy bien- habían pasado a manos de aquel hombre que no paraba de meterse con él y vestía como si fuera a presentar un espectáculo circense.
En aquel momento, otro jugador, que le había pasado casi inadvertido a lo largo de la partida, le llamó a su lado con un elegante y leve gesto. Le propuso un préstamo, para ver si entre ambos podían deshacerse del bocazas. Le pareció bien. No advirtió la carga de profundidad, la trampa en la propuesta. No descubrió el lado oscuro y maquiavélico de la oferta. No vislumbró el terreno pantanoso en el que se metía. No percibió las señas. Se sintió, de pronto y sin sentido, fuerte, ganador. La jornada, casi al amanecer, concluyó con la deuda de mil euros. No le importó. Su cartilla de ahorros estaba saneada.

Había sido el final justo para aquel día. Y un día es un día, se dijo.

jueves, 29 de octubre de 2009

SILENCIO TIBIO

Imagen tomada de Internet. Google Images

Las luces habían cerrado sus párpados lechosos. El silencio tibio respiraba entre las paredes y los marcos de los cuadros. Como cada medianoche, antes de acostarse, ella abría despacio y con sigilo las puertas de los dos dormitorios donde sus hijos soñaban, recogía los últimos restos de sus juegos, el último calcetín desparejado, el cuaderno arrumbado en bajo una silla, y besaba tenuemente su frente, después de haber alisado con ternura el embozo de la sábana. De vuelta al salón doblaba el periódico que él había dejado abierto por la página de deportes, la única que había leído en el descanso del partido, antes de quedarse dormido, mientras ella relataba el último comentario de la vecina del quinto sobre los jóvenes inquilinos del tercero, vació el cenicero y llevó al fregadero los vasos donde habían compartido la última cerveza.

Se asomó por la ventana, era el último gesto de cada jornada, justo antes de meterse en la cama. Extenuada, contempló la luz de la luna que se tornaba sábana blanquinosa del planeta. Al acostarse junto a él, que ya dormía en brazos de un gol imposible, sus labios se convirtieron en ala de mariposa que rozó su mejilla de lija.

Antes de formar parte del coro de latidos de la noche, como un vaivén de marea, le llegaba el suave oleaje de los recuerdos de su jornada: a las seis de la mañana el vapor de la ducha matinal, el olor del café recién hecho, el ruido de la maquinilla de afeitar, una cucharilla que cayó con estrépito al suelo, ‘Vas a despertar a los niños’, una sonrisa que aún sabía a sueño, ‘¿No se te olvida algo?, el primer beso que siempre sabía a clorofila y café lejano, duermevela matinal dentro de la cama vacía y aún cálida, el primer rayo de sol sobre el párpado izquierdo, gritos y risas infantiles, ‘¡Niños, daos prisa que llegamos tarde!’, una parada en la pescadería, otra en la frutería, luego en la panadería, el periódico en el quiosco, charla con Eladio y Palmira en el portal, esa canción tan vieja, que inopinadamente pusieron los de la radio y se le quedó prendida de la memoria todo el día, los niños protestando porque el pescado y la verdura no les gustan… La llegada de él, acabado el turno de la mañana, agotado, silencioso, con las manos aún olorosas a los tornillos de fábrica, ronquidos de sofá sobre el sonido de las palabras de un libro que no le importa casi nada, ‘Tienes que ir a por los niños’, cambiarse de ropa y salir a mecerse en la última brisa de la tarde, la merienda que, en su recuerdo, aún sabe a mantequilla y azúcar, los dibujos animados, los baños de los peques, 'No me gusta, mamá', '¿Otra vez fútbol?', la película, pues él no se ha enterado de que su equipo aún juega la segunda parte … Al tiempo de alistarse en el ejército de los sueños, atisba que la felicidad quizá se parezca mucho al silencio tibio de una casa que dormita.

miércoles, 28 de octubre de 2009

TRIBULACIONES DE UN ESCRIBIDOR CON LOS DEDOS ATERRORIZADOS


Hay días en que los dedos se paralizan. Acuden a la cita con sus amigas, las teclas, temerosos, como si presintieran un intento de linchamiento, o que sus yemas fueran quemadas por un fuego oculto.
Vamos, que parece que el teclado se convierte en una hiena hambrienta que se relame ante la presencia de la decena de mis dactilares, o eso parece que piensan ellos, pobres.
En fin que hay días en que cualquier idea, cualquier brisa del pensamiento sirve para construir alguna historia, aunque sólo sea un apunte, pero hay otros en que los dedos, repito, no tienen intención de colaborar.
Y si desde fuera disparan con fuego graneado la cosa se complica más aún.
Y hoy, o sea ayer para ustedes, han disparado con fuego graneado desde varios puntos diferentes. Lo que en términos militares se llama batir las líneas enemigas sin mucha piedad.
Me han sacudido, o lo han intentado, por todos los lados. Pero por más que se empeñen trolls indeseables, alianzas inconfesables de máquinas infernales, jugadores de fútbol multimillonarios que sólo piensan en hacer el ridículo, lágrimas adolescentes convertidas en perlas sobre la superficie sedosa de una mejilla, dolores de cabeza inoportunos, películas infumables que se superponen a melodías conocidas, por más que se empeñen éstas y otras circunstancias, repito, me niego a hacer caso al miedo injustificado de mis dedos, y después de convencerles con persuasivas razones, vengo a decirles que la vida es intensísima y que no da tregua, pero que merece la pena fajarse en medio de trolls ridículos, lágrimas de adolescentes, dolores de cabeza y boicots de máquinas que se empeñan en sembrar el pánico entre la única musa prejubilada que aún me queda.
Y que no cunda el pánico, que las alarmas no se disparen, a este escribidor le queda cuerda para rato. Ni sus personajes son él, ni las situaciones de sus personajes tienen que ver con su vida. Porque si su vida fuera como la de sus personajes o sería un personaje o no escribiría.
No hay tiempo para tanto, aunque alguno se empeñe en retrasar relojes y que vivamos por dos veces la misma hora.
La vida de este escribidor es monótona, parece que languidece contemplada por los vecinos que a penas atisban una sombra, pero en realidad es una vida tan repleta que da para mucho; sobre todo para intentar ser feliz y para repartir sonrisas a cuantos le rodean. Y eso a pesar de que sonreír, lo que es sonreír, no se me da muy bien, en fin que se me da muy mal, vamos que si protagonizara un anuncio de dentífrico me rescindían el contrato a los pocos segundos de iniciado el rodaje.
¿Veis, queridos dedos? las teclas no eran los dientes peligrosos de una hiena hambrienta, ni el magma hirviente de un volcán siniestro...
¡¡¡Aggg!!!

martes, 27 de octubre de 2009

SI HUBIERA


Si le hubiera preguntado al recuerdo de sus manos, quizá no estaría sumido en semejante melancolía. Si se hubiera dedicado a estudiar con algo más de detalle el rastro que quedaba en sus huellas dactilares, habría descubierto las escamas que dejaron sus labios cuando sonreía mientras los acariciaba. Si hubiera comprobado que entre las simas de esos dibujos restaba aún el calor de sus miradas, habría decidido correr detrás de ella. Si hubiera hecho estas simples cosas, no habría dejado que se marchara con ese aire de falsa dignidad, con esa sonrisa azul que nunca le había visto antes. Si en vez de haberse fijado en sus palabras, hubiera atendido al significado de las miradas y cómo éstas percutían en su corazón.
Pero se quedó en lo evidente. Y después de la ducha ya fue tarde para localizar el rastro de su última lágrima.

lunes, 26 de octubre de 2009

LA MONTAÑA SAGRADA

El viernes por la noche, como cada noche hago, comencé mi tarea con la lectura de los blogs amigos. En mi bandeja de actualización de entradas me encontré en primer lugar con este artículo que publicó Beatriz y claro no pude sustraerme a ver el documental del que habla, y siguiendo la opción que me brindaba Survival, he decidido publicarlo en este blog.
Sé que la aportación para la causa no es mucha, pero algo es algo.
Mis palabras hoy sobran, creo.


Si en algún momento no se visualiza el vídeo o desaparece, que puede suceder, al menos a mí me ha pasado, este es el enlace de acceso directo.

domingo, 25 de octubre de 2009

FIN DE LA PRIMAVERA

La palabra de cada día.
El camino que serpea.
Junio de 2005


Estaba gris el cielo de este final de la Primavera. Pero no ha llovido. Sobre el lecho de la Meseta se derramaban lluvia de sol. Leves haces inasibles de luz solar que apenas acariciaban sutilmente los minutos de la tarde. La carrera hacia el ocaso era como sumergirse en un baño luz dorada, de luz delicuescente, precipitada sobre un rocío que flotara más arriba, mucho más arriba de mi cabeza.
La respiración atormentada por el esfuerzo de las zancadas —ni muy amplias, ni muy elegantes, todo hay que decirlo—, era el único sonido que llegaba a mis oídos. Acaso ese resuello tapara los trinos de las aves que se sumergían, como en una piscina, entre las espigas de cebada. Unas espigas que en menos de una semana se han vestido de sol, se han cambiado el traje de esmeralda que las cubría y se han dorado. Son espigas pequeñas, humildes, supongo —porque de esto no entiendo absolutamente nada, como de tantas otras cosas— que son la prueba evidente de la mala cosecha que este año se va a dar. El secano, ha sido más secano que hace muchos años. La falta de la lluvia de plata, unida a los rigores del invierno y de la primavera —el uno por defecto y la otra por exceso—, ha organizado un estropicio de proporciones notables. Sólo hace falta pasear la mirada —incluso una ojeada inexperta como la mía—, para advertir que estamos ante una paupérrima cosecha. Sospecho, incluso, que la siega no se demorará más allá de un par de semanas. Como suele decirse, está todo hecho.
Pero aunque todo ello es importante, y seguro que alguna economía se va a resentir, mi espíritu se ha sentido gratificado por la magnificencia de este paisaje, por lo demás tan cotidiano y tan conocido. El trabajo de mis músculos se ve compensado con la dicha de verme buceando en una inmensidad de oro, azotado por un viento que eliminaba, como si fuera un muro pétreo, cualquier sonido que procediera de la ciudad, tendida hacia el norte, como una hermosa dama abandonada y silenciosa, acaso algo orgullosa, sabedora de es hermosura que la engalana. Vuelvo a escribirlo, no se me ocurre otra comparación, este espacio se me parece a una inmensa catedral de paredes acristaladas, mejor dicho, de paredes invisibles, cuyos verdadero muro es la luz infinita y diáfana, esa luz hialina que es imposible de describir, como no sea comparándola con el arrullo de una madre o con caricia de la amada. Y el silencio, en realidad, es tan poderoso, tan enérgico, que hace el mismo efecto que una tocata de Bach resonando en cualquier catedral gótica. Es un silencio que te envuelve por fuera, pero, al mismo tiempo, te penetra en el corazón de tal modo que te eleva.
Desde luego, he encontrado una buena terapia para mis tardes de estío.

sábado, 24 de octubre de 2009

NO ESTOY DISPUESTO A QUE ME EXPOLIEN EL AROMA DEL PAN...


El mundo se desvela en la calavera de la madrugada,
acrecienta sus brazos sobre una levadura de lágrimas
que ejecutan el néctar de las sombras
como una danza sin cuerpos ni armonía.
Nada a mi alrededor tiene el vigor
para que recobre mi vida la respiración
sosegada
de los sueños de la infancia:
melodías ignorantes de la dodecafonía
y de la sintaxis de las palabras.
Inútil el conteo de los cadáveres en perpetuo
soliloquio con espejos sin azogue.
La inmortal punta de un sílex
se atornilla a las madreselvas que me respiran
y ved, ved cómo sangran:
licor de miedo, agua de penuria.
La mirada abarca la inocencia del vuelo de los pájaros
pero la palabra, y el graznido del eco, confunde su gesto
y disfraza la altanería del odio bajo una sonrisa,
fría tijera de luna sin venas.
En la entraña de la oscuridad de mis dedos ciegos,
el corazón me convoca a un latido de incomprensión
o de llanto o de quejido o de protesta,
a un río retorcido en el dolor de silencio disfrazado de palabras
cuyo acento es un árbol erguido en medio del páramo.
No estoy dispuesto a que me dinamiten el horizonte de la aurora...
No estoy dispuesto a que empozoñen el roce de las sonrisas...
No estoy dispuesto a que descuarticen el sabor de agua...
No estoy dispuesto a que lapiden la melodía de las mariposas...
No estoy dispuesto a que me expolien el aroma de pan...

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viernes, 23 de octubre de 2009

EL PERDEDOR. ENTREGA 3ª




Aquella tarde, por fin, había sido la escena final. Él, muy dado a lo teatral, en los meses previos se la había imaginado como una escena llena de tensión dramática, de lloros, de súplicas, incluso con algún conato de pelea. Los habían tenido por bastante menos. Le entristeció, por aburrido y cobarde, que el sistema utilizado hubiera sido una simple nota, por lo demás lacónica, escueta y fría. Como su relación con él.
“Me voy. No puedo seguir a tu lado. Gracias por todo. Te llamaré uno de estos días”.
Ni siquiera la firmó. ¿Para qué?

Durante unos minutos, deambuló morosamente por la casa. Descubrió que, de ella, sólo quedaba un eco de su nuevo perfume -¿otra prueba?- y algo de ropa, muy poca: vestuario que, de puro antiguo -aunque bien conservado-, era obsoleto, casi para donar a algún museo de la moda. Le hizo gracia su propia ironía.

Ni el más leve rastro de su dinero, ni de sus joyas, ni de sus libros, ni de sus discos, ni de sus tarjetas de crédito, ni de sus enseres de aseo personal. Había aprovechado bien la jornada. Como si no hubiera estado en aquella casa en los últimos diez años. Al menos, no habrá problemas de abogados. No tenían propiedades en común: el piso era de él, el coche de ella, y cada uno tenía su sueldo, y sus cuentas, y otras inversiones bursátiles. Se alegró de no tener hijos. Bendijo en silencio -fue entonces cuando decidió prepararse el güisqui-, aquel temprano aborto, que, tras muchas horas de quirófano, acabó con las posibilidades físicas de que ella volviera a quedar embarazada.

Luego, con el güisqui ya en la mano, se sentó, o se desplomó, en el sofá. La tarde cayó muy rápidamente, también. La noche entró a través de los ventanales del salón, invitada perfecta. Afuera, la ciudad, eran miles de puntos de luz en movimiento, y otros tantos estáticos.

Se extrañó de su impavidez. No estaba triste. Tampoco dolido. No se percibía herido en el honor. Ni su orgullo de macho sufrió un ápice. Pero tampoco se sintió liberado, o con deseos de recuperar lo que él había sentido como suyo en los últimos quince años -siempre incluía en sus cuentas los cinco años de noviazgo, sin duda, los más hermosos vividos junto a ella-. Si acaso, estaba decepcionado consigo mismo. Decepcionado por no haber previsto antes lo que le estaba sucediendo. Mejor dicho, decepcionado por no haber hecho caso a su intuición, que con voz lejana, pero nítida y clara, le avisaba de lo que ocurría.

De pronto, se dio cuenta de que era libre. A partir de ese momento, podía actuar como le viniera en gana, sin disimulos, sin tener que dar cuenta a nadie. Y al mismo tiempo decidió todo: que tenía hambre, que tenía sed, y que debía beberse la vida, todo lo que ésta le ofreciese.

Con frenesí, se desvistió su aburrido terno de oficina y buscó otra ropa. Tras una ducha, se atavió lo más elegante y alegre que pudo, sin llegar a ser hortera -o eso creyó-. Se decidió por un restaurante de calidad. Supuso, con razón, que aquel día de la semana -un miércoles- no tendría problemas para encontrar una mesa libre. Tras la cena -la más opípara de los últimos años-, decidió acudir al casino de la ciudad.

jueves, 22 de octubre de 2009

LLUVIA


Al enchufar la televisión, después de aquella jornada desbarajustada, casi anárquica, todavía palpitaba, como un pájaro herido, la confusión dentro de su mente y la sensación de fría humedad que la lluvia le había producido, durante la corta carrera, calle arriba, en la que el reflejo del orvallo convertía en charol el zumo de pomelo de las luces de la calle sobre el adoquinado. Quizá hubiera sido más lógico haberse metido en la ducha y allí haberse entonado... Pero perdería el aroma de su perfume. Y eso era lo único que le quedaba de él... Lo único que le importaba. Existía también la memoria, y sabía que el recuerdo sería el mejor ancla a la existencia, pero necesitaba aún algo físico, aunque sólo fuera por unas horas, algo que le permitiera saber a los poros de su piel que se había entregado a él por última vez aquella tarde de lluvia de otoño, en que su marido regresaba a casa.

miércoles, 21 de octubre de 2009

SIN ENGAÑOS



La música de Brahms cruzaba la frontera de la noche hacia la aurora. Brincaba por el alféizar de la ventana la melodía del clarinete que ascendía hacia la estrellas en busca de un abrazo imposible. Sus manos, huesudas y cubiertas por arrugas que el tiempo había hecho crecer sobre su piel como el musgo alfombra la corteza de los árboles, no dudaban en ninguno de sus movimientos, tantas veces ejecutados con precisión.
Sólo él descubrió que en aquella interpretación no había emoción, sino técnica perfecta, ejecución inmaculada, pulcritud intachable.
A la mayoría, a pesar de su situación, les podría fascinar la belleza de la melodía, a unos cuantos les podía fascinar la precisión. Incluso más de uno se extrañaba de que aquel hombre atersorara tanta sensibilidad.
A él no, a él no le podría engañar nunca. A pesar de que su corpachón bendecido por el abandono y la miseria de los meses en aquella celda inmunda, diese la impresión de pertenecer a un pordiosero sin formación ni sensibilidad, había dirigido muchas veces aquel quinteto como para no comprender en qué compás debería haber temblado un buen artista, aquel que siente el escalofrío de la belleza.
No, a él nunca le engañaría, aunque ese nunca durara el tiempo que faltaba para que llegara el amanecer cubierto de lluvia.

martes, 20 de octubre de 2009

TRIBULACIONES DE UN ESCRIBIDOR ABOCHORNADO


Verán ustedes, me apetecía hablarles de algo que parece que no tiene importancia, y sin embargo quizá la tenga. Se trata de algo que en la realidad virtual suele ser un lastre y algunas veces provoca problemas, sin embargo en la vida cotidiana es algo que no tenemos en cuenta, puesto que sucede de modo natural…
Desde que este escribidor cazcalea por los barrios cibernéticos, ha descubierto que sin gestos faciales, sin melodías de los distintos tonos de voz, sin intensidad de las miradas, sin posturas corporales, la comunicación queda muy coja. Casi paralítica.
El sustento de la comunicación es el lenguaje hablado, o eso parece, pero no es cierto del todo. Sin todos los elementos que he citado la comunicación, y quizá alguno más que ahora con las prisas se me escapa, se queda incompleta. Un simple, 'hola', puede llevar implícitas infinidad de señales detrás de sus cuatro letras, o ninguna. Hay veces que uno escucha ese saludo y lo que descubre es el lastre de una pesadilla horrible detrás de las dos sílabas, y en otras ocasiones, la misma palabra, con otra entonación, con otro tono, con otra mirada, con otro gesto, con alguna sonrisa, quizá pícara, es la más perfecta declaración de felicidad.
Son cosas a las que, como decía al principio, no se les da importancia, porque habitualmente nos acompañan, como el aire que respiramos.
Incluso cuando escribimos a alguien, si el texto es lo suficientemente extenso y conocemos a la persona, es fácil que de lo dicho se pueda deducir el estado de ánimo de nuestro interlocutor y, por tanto, podremos interpretar con exactitud el contenido cabal de sus palabras.
Sin embargo, cuando se pretende fijar una opinión por escrito, en diálogo rápido, sólo con frases escritas, es fácil no atinar con el sentido justo de lo que se quiere decir, y peor aún, es fácil que el receptor no interprete con precisión lo que se quería decir.
¿Cómo transcribir el tono irónico en una frase? ¿Cómo explicar que aquí, donde, por ejemplo, digo que no estoy de acuerdo contigo, uso de ese tono de voz amistoso e incluso de camaradería que se utiliza para que veas que no va nada contigo, o sea con tu persona, sino que sólo me estoy refiriendo al contenido de una idea? ¿Cómo explicar que estoy sonriendo al comentarte algo de mi pasado, y que a pesar de que cuente atrocidades, ya no sufro por ello? ¿Cómo hago para que veas el guiño cómplice de un ojo, ante una frase que parece muy seria, y en realidad es una broma?
La literatura es el reino de la imaginación. Los huecos son precisos para que la fantasía del lector se haga cómplice y coprotagonice el texto. No conviene decirlo todo, por el contrario parece menester sugerir: mejor un boceto que un cuadro totalmente concluido.
Sin embargo, la palabra escrita para la conversación fluida entre los seres humanos tiene muchas carencias, es como si le faltara una de las piernas y pretendiera caminar al paso de un marchador olímpico, por poner un ejemplo.
Algunas veces las onomatopeyas, una aposición a tiempo, los famosos paréntesis y dos puntos situados de un modo u otro ayudan, de hecho hay tratamientos de texto que los convierten en un rostro sonriente o triste. Pero aún así algo falta, algo importantísimo.
¿Cuántas veces una intervención en tono amistoso, se interpreta como ingerencia intolerable que genera una atroz discusión concluida, tras los correspondientes, y tú más, con el colofón de un enfado monumental que desemboca en la indiferencia o a veces en el odio?
Y, verán ustedes, a este escribidor, quizá porque respeta a las palabras al máximo y porque sabe que se pueden convertir en armas más peligrosas que alfanjes bien afilados, estas cosas le preocupan… Y es que en pocos meses, un año más o menos, he visto ya unas cuantas cosas, algunas de ellas bochornosas, o a mí me lo parecen, quizá es que no entienda mucho.
Y quizá es que en el mundo (el material y el cibernético) sea más importante discutir que debatir, imponer que opinar, gritar que argumentar.
Pudiera ser, quién sabe.

lunes, 19 de octubre de 2009

¡¡FELICIDADES!!


El viento juega al escondite ante tus ojos, la cabellera de la tarde se peina con tus dedos, la robusta ceniza de tus piernas es ancla sobre la piel de la tierra y sujeta por los siglos al barco que sueña surcar los mares amarillos de Castilla, aún te ruborizas cuando los amantes se besan ante tu mirada, los gritos de los niños te hacen sonreír, el cayado de los ancianos no te trae el recuerdo de tu edad, siempre muestras tu mejor perfil a quien se lleva tu retrato, en primavera eres hotel de lujo de los vencejos, y los trasgos de la noche se acercan montados sobre unicornios de cristal para consultarte sobre los viejos problemas de la vida y de la muerte, mientras las estrellas danzan sobre tus canas.
Dicen y dicen y dicen. Unos hablan de historia, otros de leyenda, otros de novelas…
Tú sigues ahí firme y sereno, uniendo corazones e impulsando sueños de poetas y de escribidores que cada mañana pasamos bajo tus dedos que nos acarician.



(El veinte de octubre de 1884 el Acueducto de Segovia fue declarado monumento Nacional. Por ello durante estas semanas estamos de fiesta en la ciudad y hemos felicitado a nuestro emblema de muchas maneras. Desde aquí se accede al blog creado por la Concejalía de Patrimonio Histórico y Turismo, del Ayuntamiento de Segovia donde se pueden seguir algunos de los acontecimientos ya celebrados).

domingo, 18 de octubre de 2009

TARDE DE VIENTO

Imagen tomada de internet

La palabra de cada día.
El camino que serpea.
Junio de 2005
Hora de la siesta...

La tarde se ha metido en viento. Se ha oscurecido el cielo con un denso capote de nubes casi tiznadas, como pintadas por carbón. No sé si irá a llover, quizá lo haga en las próximas horas, pero el vendaval está siendo de proporciones más que resaltables.
Parte de mis vecinillos gitanos han aprovechado la situación para un nuevo juego. El juego de la bolsa de plástico elevada al aire de la tarde, ascendiendo sin parar, como si fueran cometas pobres o sajadas buscando su destino. Realmente se lo estaban pasando de perlas, sus gritos, sus risas, en fin, su algarabía ha surcado la tarde bochornosa y ventosa.
Sólo les ha hecho falta viento y unas bolsas de plástico para disfrutar de esa alegría sana que es el juego. De esa alegría contagiosa y anchurosa que es la posibilidad de vivir el tiempo como si todo fuera posible, pero lo más importante de todo fuera, precisamente, el poder jugar, el saber que se tiene el poder absoluto de convertir cualquier cosa en juego, en diversión.

Entre tanto he escrito las líneas que preceden, y alguna que otra cabezada, casi inevitable de estas horas de la tarde, ha comenzado a llover. Y las horas languidecen en tono melancólico y grisáceo, acaso más argénteo o acerado que hace una hora. También parece que se ha aliviado el calor sofocante. El viento ha amainado, como si la fiera hubiera calmado su violencia y se ha convertido en acariciadora y fresca brisa.
Espero que las tensiones que ha acrecido ese clima tan tórrido, también se diluyan. Que el agua, una vez más sirva como elemento limpiador, y no sólo para la atmósfera, sino para nuestras conciencias, que últimamente se habían encrespado como lomo de gato asustado.

sábado, 17 de octubre de 2009

HE MORDIDO LA PULPA DEL PASADO


He mordido la pulpa del pasado
y asoma una sonrisa de lluvia,
tras el rescoldo oscuro de mi vista
dentro de mi desván polvoriento,
donde flota el tamo del recuerdo,
donde se amasa el tiempo y su sombra,
creyéndolos arcilla que doy vida.


He mordido la pulpa del pasado
y me inunda el sabor de caricias calientes,
revistiendo de impaciencia el amanecer,
corteza de pan recién horneado,
mirada sajada en cristal pretérito,
ojos que destilan derrotas,
pupilas que deletrean ausencia de tumba.


He mordido la pulpa del pasado
y reverbera a inocencia su eco de vaharadas,
a iris abierto en horizonte sin extremos,
a conversaciones envueltas en brasas cual ocasos,
a tazón de leche cuyas hebras sueñan
ser tañidos de las estrellas,
o el borde esquivo de su sonrisa.


He mordido la pulpa del pasado
y pisaba lluvia de cualquier tarde,
cuando sonreír era desidia próxima al vuelo,
cuando vivir era sentir la caricia
como de corteza de pan recién horneado,
o soñar con que una hebra de un tazón de leche
fuera el borde de la sonrisa de una estrella.

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viernes, 16 de octubre de 2009

EL PERDEDOR. ENTREGA 2ª




Primero fue la llamada telefónica.
Una noche del principio del verano, tras una dura jornada de trabajo, ella pretendió que salieran. Él estaba enfrascado en algún programa televisivo. No recordaba cuál, acaso alguna serie española, de esas que estaban tan de moda en los últimos años. Fue suficiente excusa. Ella, sin aparentar enfado, le dijo que llamaría por teléfono al matrimonio amigo con quien supuestamente habían quedado para ir a tomar unas copas, diciendo que no acudirían. Él, acarició la posibilidad de disfrutar de un par de horas más de soledad, por lo que le contestó que no anulara la cita, que saliera sin él.
Ella fugazmente sonrió.
Le conocía muy bien. Esa fue la primera pista. Y, en breves décimas de segundo, como si la escuálida mueca hubiera sido la señal que activó todos los resortes, sonó el teléfono. Su tono de voz se hizo, de pronto, cálido, denso, táctil, envolvente, repleto de suaves contornos esféricos, felino. En menos de un minuto, tuvo a su disposición las dos primeras pistas. La conversación fue intrascendente, concisa y breve, toda ella presidida como de un aire casual. Volvió (con terrible jaqueca) a las dos de la madrugada; o eso le dijo, pues él dormía tranquilo y profundamente.
Después, a las dos semanas, empezó a trabajar de un modo extraño. De pronto, sus horarios comenzaron a trastocarse por motivos a cual más extraño e insólito. Pero él se los creyó siempre. Por lo demás, nada cambiaba en su rutina, ni las disensiones, ni las discusiones, ni la incomunicación, ni la sensación de estorbo mutuo que se tenían. Casi como la caspa con la que uno convive por razón de su destino personal: molesta, pero intrascendente.
Un par de meses después (casi sin comenzar el otoño), un ascenso inesperado. Oficialmente (versión que escuchaba prácticamente a diario), una carga más que un premio, pues, en proporción, suponía muchas más obligaciones que la compensación económica que representaba. Comenzaron los viajes de fin de semana, los seminarios en lugares paradisíacos, las reuniones maratonianas a horas intempestivas. Es cierto que, cuando regresaba de los supuestamente aburridos viajes, traía las pruebas evidentes de la existencia de tales cursos, seminarios o simposios internacionales; pero, también era cierto que, en mitad del fondo de su mirada traía atravesado (colgado como un trofeo de caza) el espléndido brillo de un nuevo deseo que a él lo excluía. Y esa fue otra evidente pista, ¿la tercera, la cuarta?
Pero no se dio por aludido.
Tampoco lo hizo cuando, casi de modo imperceptible (aunque constante), ella renovaba el vestuario (incluso la ropa interior). Cada día se arreglaba con mayor esmero. Una mañana, mientras él se anudaba su aburrida corbata, y ella se abrochaba un hermoso sujetador transparente de encaje negro, le comentó jocosamente que si, porque era jefa, debía utilizar sujetadores tan eróticos para ir al trabajo. No pretendía nada. Fue un comentario espontáneo, casi sin pensar, sin más interés que el de resultar amable, al menos aquel día. Acaso, y como mucho, que ella supiera que se había dado cuenta de los cambios.
Ella enrojeció levemente. De nuevo, no quiso enterarse. Supuso que había reaccionado así por el eterno pudor que presidía sus relaciones. Un pudor que las había matado, o al menos así lo coligió.
Sin embargo, en su fuero interno, aquella fue la última prueba. Mejor dicho, la prueba definitiva. No necesitó ninguna más. De hecho, no recordaba ninguna más. Desde aquella mañana, sólo esperó el desenlace, por lo demás, conocido de antemano. Había asistido impávido al proceso de enamoramiento de otro por parte de su mujer. Y, mientras tanto, se escondió de la realidad creyendo cada una de las disculpas que ella le iba poniendo ante la mirada, como quien pone señuelos sin ánimos de disimular. Mentalmente (a veces, físicamente también), se repanchigó durante aquellos meses en primera fila del patio de butacas y asistió, entre divertido e incrédulo, a la representación que le ofrecían su esposa y el invisible amante.
La representación de su propio abandono. Nunca lo llamó traición.
Nunca lo sintió como tal.

jueves, 15 de octubre de 2009

MELODÍA TATUADA


No tenía pensado hacerlo. En realidad sólo quería llegar a casa. Era tarde, tan tarde que le dolían los ojos después de haber contemplado tantísimo dolor durante tantas horas. Necesitaba una ducha que enviase desagüe abajo el sufrimiento adherido a cada uno de sus poros. Y después, inmediatamente después, arrojarse sobre la cama y dormir si pudiera ser hasta el día del fin del mundo. La madrugada le caía como un fardo pesado sobre los hombros, y se los hundía hacia el pavimento. Durante unos segundos llegó a pensar que acabaría sobre los adoquines. Al pasar junto al único pub abierto de toda la ciudad (y probablemente de toda Europa) reconoció la melodía de aquella canción. ¿Cómo no reconocerla? Era su canción. Una canción que debió haber olvidado, pero cuya melodía llevaba tatuada en el alma. Entró.
Allí estaba él.



miércoles, 14 de octubre de 2009

UNA SAMBA, POR FAVOR

Imagen tomada de la web de Payasos sin frontera

Nuestra corresponsal en el Norte de África me envió ayer por la mañana la reseña de este artículo de El País. Por suerte, alguien ha descubierto que mi lectura es más que escasa nula, últimamente... En fin...

Después de su lectura hace unos minutos (si es que ni siquiera en papilla encuentro tiempo) me doy cuenta de que quizá esta serie de reflexiones que se hace Juan Arias no son las que han impulsado a los dignísimos y sesudos miembros del COI a otorgar la organización de los Juegos Olímpicos de 2016 a Río de Janeiro. Pero que algo vamos a aprender sobre el asunto, seguro.
Sería bueno que comenzáramos ya.
Y quiero arrancar mi apunte de hoy con la última frase del artículo: “Así son los brasileños. Son buceadores en el mar de la felicidad y, como no lo ocultan, acaban contagiando a los otros. Sin duda ese contagio también tuvo que ver a la hora de votar en Copenhague”. Y ya que estamos con cuestiones deportivas (o algo así) aportaré otro dato que uno ha escuchado en más de una ocasión, que si una de las grandes estrellas del balompié carioca no es feliz jugando al fútbol se convierte en un jugador mediocre.
Por el contrario en España, en Castilla, de más lugares del orbe no me atrevo a hablar porque no conozco casi nada de nada, todo nos lo tomamos (notese que uso la primera persona, o sea que me incluyo) por el lado del dramatismo, por el lado de la suma trascendencia, por estar cavilando a cada paso si nuestros actos nos llevarán a la condenación o a la salvación, eternas en ambos casos.
Quizá haya mucho que digan que no es así, porque no creen en la vida del más allá, ni en cielos ni en infiernos, y menos si a estos se les une el adjetivo de eternos… Pues peor me lo ponen, qué caray, porque si no creen en el más allá o en el más acá, qué ganancias obtenemos con tanto sufrir y con tanto aportar beneficios a las industrias farmacéuticas que se dedican a fabricar productos contra la acidez de estómago, durante el siempre breve espacio de tiempo que dura la vida… Eso por no hablar de dolencias un poco más graves que están relacionadas directa o indirectamente con angustias, estrés, insomnios, cefaleas..., etcétera.
¿Por qué tantas veces nos tomamos las cosas como si en cada uno de nuestros actos nos fuera la vida, el honor, el prestigio y la gloria? ¿Será que para quedar bien ante la posteridad, hemos de salir en el retrato sesudos, serios y un tanto altivos, como si todos fuéramos familiares cercanos al Caballero de la Mano en el Pecho?
Por volver al asunto que le sirve de arranque a Juan Arias, si uno compara esto, con lo que cacarearon (cómo llamarlo de otra manera) en las emisoras de radio (ocupadas por sus respectivas redacciones de deportes, pero bien pertrechadas por los pesos pesados de cada una de las cadenas), parecería que la no elección de Madrid fue una especie de afrenta o de confabulación del mundo mundial contra España. Y todo lo relacionado con nuestra existencia, personal, comunitaria, nacional siempre va en el mismo tenor: si se triunfa todavía se advierte cierto aire de petulancia, pero si se fracasa, es que no fuimos a luchar contra los elementos, y estos nos derrotaron, a pesar de nuestro heroico esfuerzo...
Sin embargo, si comparto más cosas con los demás, me siento mejor y las preocupaciones, si no desaparecen, al menos parece que pesan menos. Y cuando esta sociedad vivía con más relaciones humanas entre sus miembros parecía más feliz. No sé si lo era, ni quiero afirmar, porque más bien pienso lo contrario, que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero en alguna faceta quizá sí. Y por milagro o porque estamos convencido de ello, todavía no se han perdido del todo viejas costumbres sanísimas como las tertulias. Ni siquiera se han perdido del todo esas redes sociales de ayuda de las que habla también el periodista para explicar una de las razones de la alegría vital del pueblo brasileño.
Supongo que cualquier psicólogo podrá darnos muchas razones para adoptar, o intentarlo al menos, algunos de los modos de ser que apunta Juan Arias. Pero a mí se me ocurre que tomar un poco de perspectiva sobre nosotros mismos y sobre la amplitud de nuestra vida, o sea, actuar con cierta ironía sobre vida, no es la peor de las recomendaciones.
Vivir es lo verdaderamente importante. Y el mejor modo de hacerlo es abrazando la vida, buscándole siempre un lado positivo, una luz. Incluso en lo más hondo de la madrugada se puede descubrir una estrella en lo alto… A veces es muy difícil o casi imposible (lo sé, y sobre este asunto, por desgracia, nadie tiene que explicarme nada, quizá por ello pueda decir lo que digo), pero en la mayoría de los casos, por suerte, se puede encontrar el argumento hacia la alegría.

Nuestro corresponsal en Triana, hace unos días me envío un power point en el que se decían muchas cosas sobre este asunto y una de las muchas cosas que decía, todas ellas aprovechables, es que ni el éxito ni el fracaso duran eternamente.
No estéis tristes. Es la primera recomendación del nazareno a sus seguidores una vez que ha resucitado. Sin embargo, en nombre de la religión cristina hemos adoptado el rictus dramático que nos caracteriza. Y me temo que entre los países de raíz protestante es todavía más acusado que entre las naciones que hemos crecido de la tradición católica.
¿Parece que he dado una revolera al tema…? No, creo que no. Creo que alguien tendría que explicarnos muchas cosas. Pero casi seguro que no lo van a hacer... al menos en Europa. Probablemente interese más que acentuar la palabra alegría, hacerlo con otras palabras, que liberan menos y mantienen los espíritus más sojuzgados y pendientes de los púlpitos.
Como es un poco tarde ya (y no me refiero a la hora del reloj) para cambiar ciertas costumbres, quizá sea más práctico imitar a los brasileños y trabajar para vivir, porque lo importante es vivir, dejarse invadir por la naturaleza, por la vida, por la alegría, y si yo supiera, que no sé, bailaría una samba.



martes, 13 de octubre de 2009

ELOGIO DE LA PALABRA: EL IDIOMA, TRADICIÓN Y MODERNIDAD

Imagen tomada de Internet. Google Images

¿Con qué herramientas trabaja el escritor?
No me refiero a los trebejos con los que concreta su actividad. No hablo ahora de escritura amanuense o mecanográfica o informática. Pienso en algo más básico y que aúna a cuantos escriben. Me refiero, en fin, a la palabra.
Pudiera ocurrir que ni siquiera sea la palabra la materia prima de esta actividad que nunca nos satisface. Quizá fuera más cabal hablar de ideas, sentimientos, psicologías, argumentos, pero emprenderíamos un viaje demasiado largo y abisal, porque se reflexionaría, no sobre la tarea específica del escritor, sino sobre la de todo creador. Al fin y al cabo, los artistas plasman con los útiles propios de su arte las convicciones, dudas, sueños, deseos, frustraciones…, la vida que le circunda o la que bulle en su entraña más inaccesible. Quedémonos, por hoy al menos, en que la palabra es materia prima con que el escritor laborea el surco cotidiano de una tarea cuyo fruto pocas veces está en sus manos.
Uno no se imagina a ningún profesional inexperto en las destrezas básicas del manejo de los adminículos de su actividad. Se me ocurren multitud de ejemplos que nos ruborizarían. Supongamos un taxista ignorante del código de la circulación o de la misión de los pedales del freno, el embrague y el acelerador; pensemos en un fontanero que desconozca el funcionamiento del soplete o el uso de la estopa; imaginemos un albañil que escrute la llana o la plomada como si debiera activar el panel de control de una nave espacial; o un cirujano que temblase a la hora de tomar el bisturí en la mano…
En pura consecuencia, lo mínimo exigible a un escritor es que conozca las palabras de su idioma con cierta profundidad y amplitud. Un escritor (como cualquier profesional en el desempeño de su oficio) no debe limitar el uso del idioma al habitual manejo cotidiano. Bajo mi humilde percepción, el registro idiomático de quien utiliza las palabras como si fueran arcilla con la que el alfarero moldea sus piezas, ha de ser más variado y amplio que el del común de los hablantes.
Una de las críticas que más me sorprenden cuando la escucho o la leo (no pocas veces) es que tal o cual escritor utilizan un lenguaje rebuscado y difícil para los lectores.

Es verdad que el abuso de términos cuyo conocimiento es infrecuente o ha caído en desgracia genera la huida masiva de los lectores. También es cierto que, probablemente, el consejo más sabio sobre el método para escribir, lo dio Miguel de Cervantes cuando en el prólogo de la primera parte del Quijote sentenció: “Escribe como hablas”. Y ya metidos en la harina de dichos, sentencias, refranes y consejas, podríamos traer a colación el famosísimo aserto de Baltasar Gracián: Lo bueno, si breve, dos veces bueno.
Aun suscribiendo lo anterior, siempre me ha parecido que en el quehacer del escritor debería existir una faceta, no pequeña, que tiene que ver con la conservación del tesoro transmitido por nuestros predecesores.
El idioma (no sólo el léxico) es un monumento similar al legado arquitectónico, pictórico, escultórico o musical que nos enorgullece y al que defendemos incluso con leyes penales que castigan a quienes atentan contra el patrimonio histórico-artístico, cualquiera que sea su índole.
El idioma también es una criatura viva y esta circunstancia pareciera que lo transforma en menos venerable que nuestros monumentos, cuadros, esculturas… Que se sepa, al menos yo lo ignoro, ninguna normativa penaliza su mal uso. Lo que vulgarmente se califica como dar patadas al diccionario, a veces parece chistoso, si se me apura se enarbola como seña de contemporaneidad.
Pero más que el uso indebido, me preocupa el desuso, el empobrecimiento, lo paupérrimo de la expresión escrita.
Desde aquí defiendo la excarcelación de centenares de palabras. No cometieron delito, ¿por qué, entonces, se les priva de libertad? Sería menester una vastísima ley de amnistía para palabras enclaustradas en un eremitorio que les fuerza al mayor suplicio para las voces: el silencio. Si pudieran ellas por sus medios, saldrían ufanas de las páginas de los diccionarios donde permanecen hacinadas e inactivas para incrementar el vigor de nuestra musculatura idiomática.
Es verdad que en estos umbríos vasares de palabras aparece con relativa frecuencia la abreviatura ‘desus.’, es decir, desusado. Tanto no reclamo, pues con tal reivindicación es como si pretendiera que el retrato del tatarabuelo bajase del lienzo para ver a nuestro lado el último partido de fútbol. Pero sin llegar a tales extremos (aunque, ¿por qué no en los casos en que se den circunstancias favorables?), creo que es misión del quehacer del escritor resucitar palabras que quizá nunca se debieron perder.
Es malo para la comprensión lectora abrir muchas veces esos museos de palabras durante la lectura del mismo libro. Probablemente sea una razón suficiente para que ese volumen no se acabe nunca. Pero también es perverso, e igual de contraproducente, pensar que, porque el diccionario se consulte de vez en cuando, el escritor que nos obliga a semejante esfuerzo es artificioso, rebuscado e ilegible, y no se pondere, en cambio, su afán por incrementar la riqueza de un vocabulario tan exuberante como el nuestro, o lo que es lo mismo, la búsqueda de precisión en la expresión de las ideas.

lunes, 12 de octubre de 2009

JUNTO AL LAGO DE EURITMIA

Siempre ha sido un misterio para los euritmitenses saber por qué la madrugada del once al doce de octubre, hay una celebración festiva en la que sólo participan los seres del bosque y de las aguas. Ningún ser humano, salvo invitación expresa y después de cumplir una serie de complicados y secretísimos rituales, puede participar en ellas, con el inconveniente de que los escasísimos humanos que han podido asistir, no es que no tengan prohibido revelar el contenido de semejantes actos, es que no pueden hacerlo, ya que en cuanto amanece, o en cuanto abandonan la zona boscosa, olvidan todo lo sucedido y su recuerdo se circunscribe a una especie de sueño borroso o neblinoso.
¿Por qué, entonces, se lo puedo contar a ustedes?
Probablemente porque nadie me creerá, y porque todo lo que les explique será completamente indemostrable.
El acontecimiento en sí mismo, está recubierto por toda suerte de conjeturas que se pierden en el laberinto del tiempo sobre la efectiva existencia de tal celebración. Muchos son los que contaron a sus hijos y a los hijos de sus hijos y estos a su vez a sus nietos, que tal noche como la de hoy en torno al lago que está en el centro del bosque de Euritmia se escuchan bellísimas melodías, unas más alegres, otras más melancólicas, se oyen risas y cantos y se pueden ver luces de colores que parecen pequeños globos que danzan al son de la música. Otros, sin embargo, siempre rebatieron semejante historia, tildándola de leyenda creada para pasar el rato y para desviar la atención de las cosas que realmente importan. La tacharon de invención interesada, de cuento sólo bueno para agitar la ya excesivamente agitada imaginación de los niños y de los poetas.
El otro día mientras me paseaba por la zona próxima al lago, escuché una canción extrañamente hermosa, como si procediera de una garganta de cristal. Llegué a temer que se pudiera romper, tan frágil me pareció a los oídos. Me paré. Escuché. Presté más atención. Encaminé mis pasos de puntillas hacia el lugar del que me pareció llegaban aquellas notas (hubiera sido una instantánea maravillosa para provocar las risotadas de mis nietos) . Caminaba muy quedo. Procuraba respirar lo más silenciosamente posible. Pero el mutismo que se producía entre el coro de los pájaros a medida que pasaba bajo las ramas de los pinos donde se posaban, terminó por alertar a la propietaria de aquella voz que, de pronto, silenció la melodía.
Fue tan repentina la ausencia de cualquier murmullo que dejé de escuchar el latido de mi corazón. De inmediato percibí un sonido inconfundible, la entrada de un cuerpo en el agua.
Efectivamente había llegado a las proximidades del lago. Justo tras el leve recodo del camino, vi como refulgía el agua bajo las sonrisas ardientes del sol, y pude contemplar el lento crecer de los círculos concéntricos que se forman después de que algo sólido ha penetrado en su interior.
No había posible marcha atrás, así que me acerqué a la orilla, convencido de que la explicación de aquellas melodías buceaba en el interior de nuestro lago… Por si no se han percatado, soy uno de los fervorosos creyentes de la existencia de la celebración de la madrugada del doce de octubre.
Poco a poco todo volvió a su ser. El bosque volvía a emitir su respiración habitual. Me senté en una roca y allí columbré la superficie aquietada. Justo al otro extremo, descubrí una silueta que buceaba y me observaba.
Al fin salió y me inquirió por mi presencia. Le conté lo de la canción que me había sorprendido mientras paseaba por las inmediaciones. Sonrió. Me explicó que estaba ensayando para la celebración de la fiesta que tendría lugar tal noche como hoy. Le pregunté por qué me lo contaba, y se encogió de hombros y me guiñó un ojo mientras me decía que se trataba de una travesura que hacía al trasgo mayor del bosque que es quien había impuesto la norma de no revelar el secreto para evitar que los humanos acabáramos por acudir en masa a tal celebración. ‘Además’ añadió, ‘Seguro que nadie se cree que esta fiesta se celebra por motivo de mi cumpleaños”.
Y volvió a zambullirse. En pocos segundos la perdí de vista...

Sistán, el Peluquero de la plaza del Puente de Euritmia[1]



___________________________
[1] Agradezco a Sistán el resumen que me hace de esta breve leyenda y procedo a su presentación, pues quizá alguno no le conozca a estas alturas. Es mi obligación recordar, que Sistán trabaja en la peluquería que hay a la entrada de la Calle Imperial de Euritmia, junto a la Plaza del Puente. Este hombre posee la facultad de guardar en su memoria las más increíbles leyendas de Euritmia, y en Cuentos de Euritmia, además de aparecer en algún otro relato, es el narrador de la historia del mes de Junio titulada Acela, madre de Euritmia. Nota del Escribidor.

domingo, 11 de octubre de 2009

EL SILENCIO CASI ABOSOLUTO

La palabra de cada día.
El camino que serpea.
Mayo de 2005
El silencio casi absoluto.
A menos de cien metros de la ciudad, una tupida red invisible o una pared, también invisible e insonorizada, separa dos mundos. Bajo el sol que calcina de este extraño mes de mayo, excesivamente caluroso en su último tramo, da impresión de que se entra en otra dimensión. La ciudad, en la distancia, parece un cuadro.
Acariciado por la brisa que casi hierve, sorprende la ausencia de los típicos sonidos de la pequeña urbe, sobrecoge lo novedoso, la sorpresa que genera en el cerebro al que no se acercan los estímulos sonoros procedentes de los oídos. No llega el murmurio del tráfico que a las siete y media de la tarde es intenso. Desde aquí Segovia es una maqueta de sí misma: un juguete, una ciudad para muñecas y muñecos. La inmensidad del horizonte de la sierra que se extiende añil, formidable, dando solidez y densidad al tiempo y a la vida, impone más. Por encima, más inmenso, más eterno, el intenso azul del cielo ardiente de esta tarde con vocación de canícula esteparia. Salvo la catedral, mi Esbelta Dorada, que parece flotar, o estar construida justo a un palmo de mí, asequible, sí, pero de grandes proporciones todavía, todo lo demás ha empequeñecido. Uno se da cuenta que son necesarias las distancias, las perspectivas, para que las cosas adquieran su justa medida.
Hay un punto en concreto, en el que el Acueducto se contempla desde arriba, como si fuera un elemento de las construcciones que tienen los niños. El Acueducto, esa inmensa infraestructura que alguien construyó cuando realizar obras de ingeniería era compatible con la belleza austera y armónica, visto desde ese borde del estrecho camino de tierra seca, es un juguete gris, un mecano infantil que parece, incluso, se podría desmontar y guardar dentro de la correspondiente caja, cuando llegue la noche. O se podría tomar para peinarse el cabello desordenado por el aire que aquí sopla cálido y más intenso.
Quizá sea así. Quizá ocurra con nosotros del modo que sucede con nuestras cosas, y cuando llega la noche, otra mano más poderosa que la nuestra, nos guarda en otro recipiente, para que el universo quede mínimamente recogido y su dueño pueda pasearse por él, tranquilamente. Quizá la hora de la noche, sea buena para que los ángeles limpien y frieguen todos aquellos desperdicios ocasionados durante el día: esas mofas, esos egoísmos, esas injurias, esas envidias, esas perezas, esos odios, eso crímenes…
Pero uno ha de volver, cansado, sudoroso, con la respiración agitada, y con un leve dolor de cabeza, sin duda provocado por ese ejercicio al que no estoy acostumbrado y que hace que la sangre barbote a más velocidad por el venero, golpeando, incluso con saña, las sienes. En cuanto pisa la primera calle asfaltada, se abre una puerta y retorno de golpe, sin transición, como si me tirara a la piscina de cabeza, al runrún propio de la ciudad; ese rumor desaforado que ya es la sintonía de fondo que acompaña nuestro devenir.
Aunque ahora que lo escribo, quizá sea todo lo contrario. Quizá la estancia por las Lastras sea cual buceo en útero acuático, donde sólo el ruido interno de la respiración contenida altera el silencio, donde el agua apaga con su densidad líquida todo sonido de la vida. Quizá, las Lastras sean el mar de Segovia, nuestro océano amarillo, esa inmensa masa en la que me puedo zambullir para relajarme.

sábado, 10 de octubre de 2009

PASEO POR LA CALLE SUBIDO A UNAS ZAPATILLAS VIEJAS

líbreme dios o sálveme mandinga
de decir que esto no es poesía.
Mario Benedetti.



Mis ojos escupen llanto de muertos sin mirada
yaciendo con las manos dislocadas
tras los pómulos resquebrajados de las estrellas
póstumas.


Crujo con el hambre de madres sin savia
desconocedoras de los nombres de los banqueros
que jubilan sus enaguas con tres millones de euros
anuales.


Paseo por la calle subido a unas zapatillas viejas
y contemplo mitras fijas en cristos de marfil
mientras otros descuartizan nazarenos de sangre y carne
reventada
bajo minas antipersona escondidas como hienas carnívoras
en el aroma de una orquídea donde ya no se lee,
pues las letras son troqueles de vértebras,
madeinspain.


Gritan interminables las pesadillas del corredor
de la muerte, donde deambula un último latido,
y muerden mis tobillos cual alacrán jodidamente
venenoso.


Las serpientes de cascabel tienen partida de nacimiento,
manos invisibles con dedos de mausoleo,
y reptan y tintinean con el mismo eco de monedas
fraudeulentas.


Las barbas de bin-laden quizá duerman en afganistán,
en la hura de un áspid alimentado con hierros abrasados,
pero nadie excarcela las miradas presas tras los barrotes
del burka.


La ciudad es un tránsito de carcajadas de cadáveres ambulantes,
un rugido de luces hirviendo sobre el grumo de alquitrán,
o de miradas revestidas de huellas dactilares que sólo buscan
glúteos...


...Si escribo...,
el cielo rompe alas de cristal,
traducen mazapán azul o blanco,
sólo uno ve las lágrimas de niños
enterrados en heces de agua podre.
Mientras, nuestras manos giran el pomo de hielo negro
de las puertas del infierno con la misma naturalidad
con que el asfalto es el colchón de plumas de los orines
                                                                 de los perros.

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viernes, 9 de octubre de 2009

EL PERDEDOR. ENTREGA 1ª

Nota introductoria: Este relato que he dividido en seis entregas, fue escrito en su primera versión en el año 2002. Lo digo porque de forma casi inevitable, a pesar de la tercera persona, y otras circunstancias literarias, quizá haya alguien que piense en la condición autobiográfica del texto. Cosa que no sucede en absoluto, en ninguno de sus detalles.
Recuerdo que quien escribe, no siempre lo hace sobre su vida.


El final que se escenificaba aquella mañana, empezó una noche de locura silenciosa y mínima. Una noche en la que, aparentemente, le daba todo lo mismo. Una noche en la que, si hubiera cometido más dislates, casi nadie se lo hubiera tomado en cuenta. Cualquiera que se atuviera a los hechos objetivos, estrictos y contrastables le habría dado la razón, o casi toda. Al menos, aquella noche... Estaba dispuesto a correr riesgos, aunque no tantos, quizá.
Hacía unas pocas horas, una nota ocupaba el mueble de la entrada de su vivienda. Cuando abrió la puerta, le turbó el inusual silencio que la inundaba en esos instantes vespertinos. Quizá le sorprendió más aún la ausencia de olores.
El aroma de su casa era el abrazo cálido y cotidiano, el tibio zaguán del descanso reparador de la jornada. Para él, ese efluvio era sinónimo de hogar. Más que la ausencia del sonido de su voz saludándolo o de sus pasos acercándose a él, revestidos de zapatos de tacón bajo para estar en casa, o de su música preferida, o del televisor enchufado con su parloteo inefable se extrañó de que no saliera de la cocina el aroma de sus exquisitos guisos nocturnos. Pensaba a menudo que aquellos manjares eran lo único que le mantenían unido a ella.
La nota le chilló nada más abrir la puerta. Intuyó que era definitiva. Dedujo que era algo malo. Si hubiera sucedido algo grave, hubiera recibido la llamada en el móvil, pero durante la tarde no había tenido ni una sola. Apenas tardó unos segundos en leer las cuatro frases que había escrito su mujer. En el fondo, no le pillaron por sorpresa, aunque, acaso, pusiera cara de ello. Se lo barruntaba desde hacía varios meses. Aunque es cierto que en ese tiempo no hizo nada.
O permitió que todo sucediera.
Se convirtió en espectador pasivo. Al principio le pareció imposible. Imposible, no por la situación en la que vivían, sino por la forma de ser de ella, tan poco dada a los cambios, a las aventuras, a no ir sobre seguro. Aunque las evidencias eran más elocuentes cada día, dedujo que se trataban de las insanas fantasías de su imaginación exacerbada y propensa al drama. Ella, fría, calculadora y cartesiana, no daba el perfil de los seres humanos que se lanzan a vivir una breve aventura extra conyugal, y, mucho menos, un adulterio. Si bien es cierto que, desde hacía algún tiempo, la situación era insostenible por la falta de comunicación, por las continuas discusiones y por las disensiones en cualquier tema que hubieran de decidir en común. Es más, se dijo en un ataque de sinceridad: el gran culpable de que todo hubiera concluido había sido él mismo. Él que se había dedicado a vivir como si ella fuera, no una compañera, sino un estorbo, un pesado fardo de piedras inservibles que se ha de llevar por fuerza, y que, a la primera oportunidad, puede ser abandonado en mitad del camino.
A pesar de ello (o quizá por ello), pensó que sus sospechas no eran más que infundios o ecos provenientes de su atormentada conciencia, que le lanzaba avisos camuflados de incipientes celos para que cambiara las cosas, para que empezara a reconstruir el edificio que se venía abajo sin remisión, o, por lo menos, apuntalarlo. Una y otra vez, aunque las pistas que ella misma le daba eran tan evidentes que hasta Watson dormido las habría sabido interpretar, él se dedicó a negarlas. Es más, se empeñó a creerse a pies juntillas todas sus explicaciones, incluso las más peregrinas.
En su interior reconocía o adivinaba el abandono. Intuía que otro hombre había venido a ocupar el corazón y también su cuerpo, a pesar de la frialdad de ella (casi enfermiza); en definitiva, otro hombre llenaba su hálito vital de sentido. No debía dolerse porque se hubiera escenificado el último acto de aquella tragicomedia. Mientras, sentado en el sofá del desierto salón, bebía un güisqui más bien caliente (no tenía ánimos ni para llegar hasta la cercana cocina y echar sobre la bebida un par de hielos), rememoró con extraña precisión cada uno de los momentos en los que había presentido el abandono. Mejor dicho, los momentos en los que lo había visto llegar.

jueves, 8 de octubre de 2009

PUPILAS DEL INFINITO

Imagen tomada del blog Tierra de Poemas
Mueve la melodía tus dedos. Una melodía que moldean las voces masculinas de un coro de música bizantina. Palabras de lenguaje indescifrable, tarareo de quien no conoce el idioma, sino su sonido aproximado. Si te dijeran que son los ángeles quienes entonan loas al creador no pondrías excesivas dudas sobre el asunto. El tenor y el contra tenor se turnan en decir o cantar unas frases que, cual bajo continuo, acuna el resto del coro, y, de vez en cuando se une a la salmodia de ambos. Has entrado en la temblorosa luminosidad del sonido de las iglesias románicas o de las criptas más antiguas aún, ese leve eco que te produce frescor a pesar del calor que esta noche lluviosa de otoño. Paz, nada más que paz. Deslegitimación de la prisa, deslegitimación del estruendo, deslegitimación de la superficialidad, deslegitimación de las artificiosidades banales. Arrullo del olvido para que la memoria no trace surcos equivocados. Nana para que el mismo universo, o tu corazón, se ahilen con la música de los astros. Escala, peldaño a peldaño, la melodía sobre la noria del sol. Cierra los ojos, olvida que tienes cuerpo, que eres sólo cuerpo, que eres materia cargada de cansancio y dolor. El tiempo es el recipiente donde vuelan los sueños, hazte viajero de ese baúl invisible e inasible. Ve, captura el que te ha tocado esta noche; abre la palma de tu mano y mira su latido, esa pequeñez que sonríe en el silencio y verás al mismo Dios surcando el silencio y acariciando la lágrima que se derrama por la comisura oculta de tu corazón. Aplaza en el desván del olvido los pensamientos urgentes. No hay nada urgente. Nada. La única urgencia es subir, flotar, cernirse sobre el último pináculo de la melodía, olvidarse de las cadenas que aprisionan y arañan la materia, y contemplar las pupilas del infinito en su misma entraña que palpita.

miércoles, 7 de octubre de 2009

TRIBULACIONES DE UN ESCRIBIDOR CON MOTÍN EN EL ARMARIO


Verán ustedes, uno, en su habitual simplicidad, cree que tiene las cosas suficientemente controladas, que posee los suficientes recursos como para que todo permanezca en sus justos términos siempre. Bueno, entendámonos, lo que se entiende por siempre en el modo de hablar coloquial, algo así como unos años, o una temporada. Todo depende del tema del que se esté hablando.
Pero no se da cuenta de que lo que menos controla son las prendas del armario.
Por suerte, en esta tierra del piedemonte del lado septentrional de la Sierra del Guadarrama, también hay verano. A los escasos habitantes del planeta que aún no han visitado Segovia durante el estío, conviene recordarles que aunque el calor no sea pavoroso, tampoco es que se esté como junto a una playa, acariciado por la suave brisa marítima. El caso es que sucede que durante unos meses (unos años más, otros menos) las camisas de invierno, disfrutan de un merecido descanso tras el duro trabajo de ocho meses continuados, al menos. Ocho meses de tener que soportar mi piel, de ser usadas, sudadas, contaminadas por nicotina, por humos de tubos de escape, por olores de fritangas de los bares, y por otros accidentes o descuidos de su amo y señor, que mejor no especificaré. Ocho meses en los que tienen que pasar por la tortura de una colada y el posterior suplicio de una plancha. ¿Alguien imagina permanecer zambullido durante una hora dando vueltas bajo el agua jabonosa de un detergente y mezclado con otro tipo de prendas que prefiero no enumerar? Aún peor, qué digo peor, muchísimo peor: ¿Alguien se imagina que los famosos ‘lifting’ por los que suspiran las actrices y modelos consistieran en tumbarse en una camilla y soportar el paso de un metal incandescente a unos tropecientos mil grados que, por si fuera poco lo anterior, arroja vapor a presión como la policía antidisturbios durante las manifestaciones no autorizadas?
Sin embargo, este escribidor maltrata a sus fieles servidoras las camisas, o eso es lo que deduzco, con lógica aplastante, tras descubrir la rebelión que se ha producido en el armario, y que por suerte parece haber sido sofocada a tiempo.
Una avanzadilla del ejército invernal, como recordarán todos ustedes, recorrió veloz buena parte de la Península Ibérica hace tres semanas, más o menos. Al igual que millones de familias y con total resignación, este escribidor, decidió entonces convocar a consultas a las camisas de invierno para ver cómo se planteaba el convenio colectivo para el próximo ejercicio, que, de hecho ya ha comenzado y se supone concluirá en junio, aunque a nadie le importaría que lo hiciera antes.
Uno está resignado a su suerte, es evidente, y como siempre sucede entre patronal y sindicatos, las reuniones son más o menos largas y al final se logra un acuerdo más o menos beneficioso para ambas partes. Como cada año, la petición de las camisas es la de incremento en la plantilla, pues alguna requiere de jubilación, y otras exigen cierta reducción en la jornada laboral que se traduce generalmente en más días de asueto. Es sabido por todos que las camisas dedican el ocio a conversar entre sí en los armarios. Intuyo que este año, las camisas, al enterarse de la situación de crisis económica que viven los países desarrollados en general y España en particular, han adivinado que la intención de la patronal era aguantar con la plantilla tal y como estaba y si acaso admitir algún regalo, allá cuando las rebajas permitan sonreír a los bolsillos.
Y no, han dicho. Hasta ahí podían llegar. El caso es que no han dejado muchas pruebas, o yo no las he visto, pero todos conocen ya la hipermetropía del escribidor. En fin, que antes de tener tiempo de sentarme a negociar descubrí con pavor que todas ellas han sufrido un estrechamiento ventral. Se habían rebelado como verdaderos corsarios bien adoctrinadas por las más viejas del lugar (que pagaron cara su rebeldía, hasta ahí podíamos llegar, y fueron enterradas en la basura sin más contemplaciones), y salvo unas pocas, todas prefirieron amputarse unos centímetros de tela a tener que soportar la carga de trabajo que se les avecinaba, sin alivio previsible.
Alguna, quizá más convencida que las demás acerca de la nobleza de su causa, ha llegado a situaciones extremas, que han obligado su ingreso hospitalario por una larga temporada. El médico de la empresa ha diagnosticado una convalecencia de tres o cuatro meses, pero ha reconocido al escribidor que el enfermo tiene muy mala pinta y no ve excesivas oportunidades de salir con vida tras esta aventura tan arriesgada, que más parece ‘autocamisicidio’.
Tras los primeros momentos de incertidumbre, y con la promesa del refuerzo de la plantilla, y habiendo aceptado las representantes sindicales el destierro al averno de las lideresas del motín, se ha llegado a un pacto, por el que en el menos tiempo posible, serán ellas las que se alimenten con platos suculentos y ricos en calorías para ver si les aumenta un poco los centímetros de cintura, y yo seré quien haga ejercicio para que me disminuyan los centímetros de la mía, de tal manera que se produzca el encuentro equilibrado de cinturas en un tiempo prudencial. El médico ha sido tajante y no admite disculpas, y ha prescrito un paseo diario de un par de horas a buen ritmo, entendiendo por tal el que suponga una frecuencia de paso lo suficientemente rápida como para que los poros de la piel consigan humedecerse.
Le cuento estas cosas a Marián y no me cree, opina simplemente que he engordado unos kilos durante el verano por culpa de mi sedentarismo. Le echa la culpa a estos afanes literarios. Se lo explico y no me termina de creer. No le convence la teoría del motín dentro del armario. Me mira como si le diera lástima, como si pensara que me aproximo a alguna demencia. Pero yo estoy convencido de que no. Estoy seguro que se rebelaron las camisas y organizaron una revolución de amplias consecuencias, incluso literarias, todo para tener menos trabajo este año, las muy zánganas.

martes, 6 de octubre de 2009

EL MAESTRO


La mañana azul era esplendida. Hacía un calor extraño. Un bochorno que se pegaba a las espaldas y a los pies de todo el grupo.
Iba en silencio unos pasos por delante de nosotros. La cabeza algo encorvada, como si estudiara un mensaje cifrado escrito en las piedrecillas del camino que seguíamos.
De pronto, el Maestro se detuvo y se giró.
Los murmullos de nuestras conversaciones cesaron de repente, como si su rápida parada y giro hubieran sido domadores de nuestras palabras.
Nos miró de hito en hito, muy despacio. Era una estrategia. Acunaba los silencios con el mismo cariño con el que las madres acunan a sus hijos. Todos supimos que nos iba a decir alguna cosa. Y a medida que pasaban los segundos, íbamos comprendiendo que se trataría de algo importante. Algo que necesitaba ser guardado en nuestro corazón para siempre.
Pero me sorprendió. Sólo nos hizo una pregunta.
‘¿Si mañana fuera vuestro último día de vida, qué tendríais que dejar de hacer?'
Ni siquiera hizo ademán de esperar una respuesta.
Nos volvió a dar la espalda y siguió su camino, ahora no iba encorvado.
Nunca se podía estar seguro del todo con él, pero si alguien me hubiera preguntado, habría jurado que sonreía, mientras se imaginaba nuestras cavilaciones.

lunes, 5 de octubre de 2009

DECLARACIÓN INCOMPRENSIBLE

Van Gogh. La noche estrellada.
Imagen tomada de Internet

Los ladridos del perro engullían la noche y despertaban a las estrellas. Sólo el silencio oscuro, casi negro, entendía el significado de los sonidos lastimeros. Para los investigadores aquella declaración carecía de sentido; tanto que ni siquiera podría ser considerada como declaración. Por más que lo intentó, sus aullidos no fueron capaces de zancadillear la carrera de aquel hombre que huía de su sombra o del cadáver que parecía palpitar por la acción de la luz azul y naranja de los vehículos de emergencia.

domingo, 4 de octubre de 2009

UNA FOTOGRAFÍA

La palabra de cada día.
El camino que serpea.
Mayo de 2005


Me golpea hasta horadar el duro granito de mi espíritu esa fotografía que la prensa difunde. Quizá debiera ocupar el lugar que se destina al editorial, o a los artículos de fondo, mucho mejor que ese espacio indefinido entre las páginas de exteriores o las de sucesos. Esa joven mujer negra que llora (para siempre seguirá llorando). Esa lágrima, que comparada con el color de su rostro, es más transparente y pura que las nuestras, actúa como navaja que corta mi respiración, tan afilado es su horror de siglos en mi retina. El niño, como esquimal oscuro y serio, aporta todo el aire de dramatismo eterno que apabulla de la contemplación de la instantánea. Es la constatación de la miseria más nauseabunda de la humanidad.
No, no tiene nada que ver esa lágrima con las lágrimas nuestras. Con esas lágrimas ahítas que a veces surcan nuestros rostros. Esa lágrima, probablemente, es el último aliento que le quedaba a su alma desquiciada. Aunque en apariencia está tranquila, sabe que ha fracasado. De algún modo sabe que ha muerto. La estrecha fisura imposible que se abrió a su espíritu, cuando divisó la costa del país extraño, quedó obturada. Alguien le habrá dicho, seguro, que si los descubrían, habría de volver a la tierra de la que huye. Y ese es su final. Había empeñado todo lo poco que tenía, hasta el futuro que no le pertenece, en una alocada aventura, pero la ruleta que ella desconoce no se ha detenido con la bolita de su suerte descansando en su número. Fin.
No sé, si en su caso, habrá posibilidades de que alguien actúe de samaritana con ella. Lo ha intentado y ha fracasado.
La fotografía, que es bastante más contundente que cualquier discurso, que lleva inscritas en las dos miradas todo el dolor de una raza que padece, no informa, sin embargo de otros detalles. Nada sabemos del padre. Nada se sabe de otros posibles hermanos. Nada se puede contar de otros detalles. Pero lo más probable es que no importen nada en absoluto. Lo más probable es que la grandeza de esta instantánea, que sigue percutiendo en mi cerebro, es que se puede aupar a la categoría de símbolo. Quizá haya otras miles más que puedan cumplir la misma misión de navaja de nuestra conciencia bien cebada y adormecida, pero ésta es la mía. Esta instantánea es el látigo que fustiga mi comodidad de europeo al que le sobra casi todo de lo que posee, y que, sin embargo, en una espiral de locura que no se puede explicar, cada vez aspira a más. ¿Por qué no se mira con más frecuencia hacia abajo? ¿Por qué sólo me fijo, para llegar hasta su nivel, en los que tienen más?
¿Qué profundidad ha de tener el hambre para que una madre joven, con un bebé en brazos, se arriesgue a ocupar un lugar mínimo en el espacio mínimo de una mínima patera indigna que, como una cáscara de nuez, atraviesa el océano, a punto de morir durante horas? ¿Qué abismo tiene la miseria para que una joven madre, con un bebé en sus brazos, se arroje al vacío y entregue a unos desalmados lo que probablemente no tenga nunca? ¿Qué hondura posee la desesperación para que en una joven madre, con un bebé en sus brazos, confunda el fracaso casi seguro, con una salida para su propia vida y la de su hijo? ¿Qué sima impide que, como cualquiera, pueda crecer ella y su hijo, hollando el suelo sobre el que nacieron?
Esa lágrima, retenida o detenida, para siempre en medio de una mejilla enteca y oscura, probablemente arroje el último latido de esperanza de su corazón. Yo, nosotros, aquí, mientras tanto, devanándonos el cerebro para saber si es más conveniente una dieta de mil o mil quinientas calorías, y observando cómo los contenedores de basura se llenan cada día y cada día hieden a comida putrefacta.
Quizá, sospecho, haya alguno que se sienta ofendido por esta muestra del dolor de la humanidad encarnada en ese rostro joven y negro de madre que llora, que detiene el llanto en una sola perla transparente. También podría haber ocurrido que el desayuno de esta mañana se haya revuelto en algún estómago bien pensante.
Me hubiera gustado estar junto a esa mujer, y haberle secado esa lágrima con un beso tembloroso, pidiéndole perdón por la ceguera de esta parte del mundo en que habito y que consiente que otros sufran de ese modo. O es que, acaso, creamos que ellos no existen como los extraterrestres y son un invento de los periodistas.
A veces, parece panfletario lo que escribo; pero hay lágrimas cuyo filo, aun transparente, es más afilado que el de un alfanje recién fabricado.