viernes, 31 de diciembre de 2010

Preguntas



¿He vivido como he querido?
¿He vivido como me han dejado?
¿He vivido?
¿He vivido mirando de frente a otras miradas, o he esquivado su brillo?
¿He procurado la verdad a mi alrededor o he sembrado cizaña con la mentira?
¿He entendido la sinceridad como un arma arrojadiza?
¿He logrado mirarme al espejo sin descubrir al otro lado a un farsante?
¿Daría mi vida por quienes comparten mi vida?
¿Considero este planeta una sucursal de mi despensa o la habitación compartida con todo el resto de sus habitantes, incluso los que me sucederán?
¿He pensado por mi cuenta o me han pensado más de lo que creo?
¿Mañana es meta o es camino…?


Ya sé que no son las preguntas más habituales que se hacen en una jornada como la del 31 de diciembre, pero son algunas de las preguntas que me haré hoy... y probablemente algunos días más.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

El regreso


Imagen de internet



—¿Qué tal el viaje? Parece que llegas muy cansado, demasiado serio, no sé…, como si te hubiera ido mal. ¿Es por el frío?
Él se encoge de hombros y cae desplomado sobre la cama, como exhausto.
—¿No estarás enfermo…?
...Silencio...
Ella deja de recoger las prendas de abrigo que él había dejado con su habitual descuido. Se vuelve le mira con ese modo suyo de mirar, como si los ojos fueran caricias. Empieza a preocuparse seriamente.
—¿Qué tienes, qué te ha ocurrido…?
Él sigue encerrado en su mutismo. Para acentuarlo más, cierra los ojos con fuerza, como si ella pudiera descubrir sus pensamientos asomándose a sus pupilas.
—¿No contestarás en toda la noche?
(…)
Por fin, ella se acerca hasta donde está él y poniendo el anverso de la mano sobre la frente, respira algo más aliviada.
—Al menos no tienes fiebre… ¿Es cansancio? Ya no estás para tanto jaleo. Alguien debería relevarte. Dar paso a los jóvenes.
Él toma la mano de ella, que se había quedado sobre su sien, distraída y plácida. Se la acerca a los labios y la besa.
—No, querida, no ocurre nada. Se me pasará. No es nada.
Ahora ella calla. Sabe que si ha abierto la espita de las palabras es mejor dejarle a su aire. Poco a poco, como mariposas tímidas, comenzarán a revolotear por la habitación. Aunque se impacienta porque tarda más de lo preciso, como si las palabras transitaran con muletas el sendero que va del cerebro a las cuerdas vocales.
—Ocurrió a última hora. Casi cuando regresábamos. Ya habíamos dejado todo ordenado, en cada lugar su correspondiente encargo. Perfecto.
A medida que hablaba, algo en su voz se hacía más oscuro, como si viniera envuelto por una penumbra fría y viscosa.
—A nuestras espaldas oímos un ruido, como un saco de patatas que caía desde cierta altura.
Ella, con la mano que le quedaba libre, acariciaba su cabello blanco, pero seguía sin preguntar. Mejor no interrumpir.
—Ya sabes que no podemos detenernos, una vez cumplida la misión, para no ser descubiertos. Pero me di la vuelta… Ojalá no lo hubiera hecho.
De nuevo un pellizco de angustia se columpiaba en el estómago de ella.
—Y allí estaba, allí la vi, estrangulada, mientras él, al darse cuenta de mi presencia aseguraba gritándome que acabaría conmigo si se me ocurría denunciarle…
Ella se llevó las dos manos a la boca, sujetando un grito que se le escapaba. Estuvo a punto de preguntar lo que había hecho él, pero se contuvo.
—¿Quién creería a Santa Claus si denuncia un asesinato?
Y ambos callaron durante mucho tiempo, mucho.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Ocho y media de la mañana


Imagen tomada de internet.


Ocho y media de la mañana...  Barullo de palomas en el cielo. Guirigay de aleteos como palmetazos grises en las nalgas de la brisa, hoy más de cristal que ningún día. Será por el frío, ese frío que introduce alfileres en la piel y la erosiona, como si la epidermis se resquebrajase.
Estoy asomado en la ventana fumándome un pitillo (de momento esta ventana no ha sido requisado como territorio para fumadores por el Ministerio de Sanidad; el resto de mi casa lo veté yo mismo para semejante uso el día en que nació una criatura que ya tiene veinte años). Pero no teman, estoy bien protegido: abrigo, bufanda, guantes. Y disfruto de mi cigarrillo —para qué decir otra cosa—. Ya sé que no es políticamente correcto, pero disfruto, qué le vamos a hacer.
Y las palomas, pobrecillas, volando dentro del frigorífico en que se ha tornado esta mañana. Siete grados bajo cero han dicho. Por suerte no tengo un termómetro aquí afuera, porque seguro que en esta calle ha sido peor. Esta calle es el suministrador oficial de frío para la ciudad. Hasta en verano refresca antes que en otros lugares, y en invierno dura más la nieve que en el resto... Es lo que tiene mirar al norte, y dejar la puerta abierta por el poniente. Es lo que tiene vivir en calle tan umbrosa. Así no hay manera.
—¿Cómo es posible que en este clima tan hostil haya vida? —me pregunto, mientras pierdo de vista el batir de alas contra la brisa de cristal.
De pronto, descubro la razón de la estampida aérea.
El gato de tres patas ha hecho de las suyas…, o lo ha intentado.

¿El gato de tres patas?

Resulta, y aún no lo he contado por estas latitudes, que entre mis vecinos gatunos —que no son pocos, precisamente— hay uno con tres patas. No, no es que cojee, o que esté tullido de una de ellas, no..., nada de eso. Le falta la pata trasera de estribor, de su estribor, al menos, si tomamos su hermosa cabecita como proa. Es un gato precioso, con el color rubio de la arena de las playas que se difumina hacia el pecho en un tono aún más blanquizco. Es un gato que tira a largo; un gato como pintado por el Greco; un gato un poco enjuto, más magro, al menos, que la mayoría de los que por aquí cazcalean y tienen su morada. Su andar, a pesar de ser inestable, no ha perdido la agilidad y el silencio felino; quizá sí la sinuosidad propia de los de su especie, esa elegancia, ese tronío con el que se deslizan calle arriba, calle abajo, siempre avizorando cualquier riesgo… Su caminar, el de este gato rubio como una espiga de trigo es, cómo decir, sincopado, como si en vez de un soplo en el corazón tuviera un soplo en las patas. Y lo tiene. Pierde un paso cada tres, como otros pierden un latido de vez en cuando.
Se conoce que hace mucho frío. Se conoce que tiene hambre… Quizá se trate de que por ser época navideña deseaba un menú especial… Y ha fallado…

Ahora me quedan las ganas de saber qué hacían las palomas todas juntas, sin zurear, al borde de esta calle, cuando al gato de tres patas ha conseguido el revuelo de aleteo, como palmetazos grises sobre las nalgas de la brisa. Pero el gato de las tres patas, aunque me mira con detenimiento cada madrugada o cada amanecer, no entiende mis preguntas ni yo sus respuestas.
Algo habrá que intentar al respecto...
Lo trataré cuando no haga tanto frío.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Es Navidad...

 Belén del Escribidor (Detalle)

Es Navidad.
Acunad la palabra
con el tic-tac de vuestro corazón...

Nos valdrán mil campanas de alegría,
también será admitida la inocencia,
y la melancolía y el dolor,
y valdrán la tristeza y la ternura,
y su repique a duda servirá...
No importa. Es Navidad.
Rompamos esa costra que la pudre,
conviertiendo en herrumbre su envoltorio.
¿Conviene recordar algún detalle?
¿Conviene refrescar nuestra memoria?
Pongamos nuestras brújulas en hora...
La Navidad es más que los comercios,
más que las lucecitas que engalanan
nuestros paseos lentos por las calles,
y es más que la bebida y la comida,
y es más que los regalos o las joyas...
Es más, es tanto más
que por ser Navidad engalanamos
nuestras calles con luces y guirnaldas,
gastamos en las grandes superficies,
comemos platos especiales mientras
deseamos justicia y paz al mundo,
y obsequiamos regalos inservibles,
quizá tan inservibles,
como caricias, besos y sonrisas...
(Reivindico regalos inservibles
caricias, libros, besos y sonrisas).
¿Conviene recordar algún detalle?
¿Conviene refrescar nuestra memoria?
Pongamos nuestras brújulas en hora...
La Navidad no la inventaron dedos
cubiertos por el oro y la injusticia,
tampoco quienes sueñan con mentiras,
tampoco sacerdotes de los templos,
tampoco militares o mesías,
tampoco los caníbales de un sueño,
tampoco los voceros de la inquina.


¿Conviene recordar algún detalle?
¿Conviene refrescar nuestra memoria?
Pongamos nuestras brújulas en hora...
La Navidad sí la inventó un niño
parido en la intemperie de la noche,
cuyo primer regalo fue un pesebre
donde le amamantó su joven madre
desnudo como un pueblo sin su tierra,
lloroso como un preso sin delito,
pobre como una madre sin cobijo,
frío como una noche sin estrellas,


¿Conviene recordar algún detalle?
¿Conviene refrescar nuestra memoria?
Pongamos nuestras brújulas en hora...
Es Navidad
Acunad la palabra
con el tic-tac de vuestro corazón...



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jueves, 23 de diciembre de 2010

Teñido en roca y viento su suspiro


Teñido en roca y viento su suspiro,
esculpe el aire aristas de guadañas,
se hunde la tarde en luz de precipicio
donde el avión se arroja en vuelo incierto,
donde el trigal sueña que es pan y risa.

Como acorde de luz sin tiempo, aquieta
la sombra su carrera hacia el ocaso,
detiene el deslizar de su perfil,
se abraza al lecho de la tierra y bebe
en sus labios de polvo, sol y sed,
el rescoldo de un sueño presa de hacha,
cebo de olvido, anzuelo del engaño,
carnaza donde el miedo se hizo historia,
pero cuyo latido verdadero
se hizo polvo en el polvo del camino,
se hizo sed en los labios del ocaso,
se hizo grito en las sombras de los álamos,
se hizo espada en los versos y en los himnos…

Se derrumba la piel como si el viento
fuera dedo de amante sanguinario,
se oye su grito ansioso de caricias
que extirpen esta sed de tiempo y tumbas,
y nutran de esperanza su venero…

¿No oís su grito en medio del silencio?
¿No escucháis su alarido solitario?
¿No sentís el crujido de sus poros?

Teñido en roca y viento su suspiro,
esculpe el aire aristas de guadañas,
se hunde la tarde en luz de precipicio
donde el avión se arroja en vuelo incierto,
donde el trigal sueña que es pan y risa.

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martes, 21 de diciembre de 2010

Navidad sin Cuento. (Cuento de Navidad) y 7

Imagen tomada de Internet


El día de Navidad llegó envuelto en viento del sur. Los restos de nieve de las jornadas previas se habían disuelto y el ambiente de Euritmia era más cálido de lo habitual para esos días. El sol hacía rutilar en nácar las nubes que buceaban juguetonas en el cielo.
Sor Matilde no había dormido, se acercaba el momento estelar de la operación Navidad sin cuento. En pocas horas sabría si todo había sido un éxito, o, por el contrario, ella, su hermana y su cuñado, comenzaban un calvario que les llevaría, sin duda, a prisión.
Cuando su hermana Coronación le explicó su idea, no pensó que aceptaría, pero al final lo hizo. Fue una mañana calurosa de agosto cuando escuchó por primera vez lo de los robos. Se llevó las manos a la cabeza y recriminó a Coro con dureza por semejante ocurrencia del diablo.
Según su hermana, Euritmia, como el resto de Europa, caminaban con paso firme hacia el desastre. La crisis económica, en realidad, no era más que una mezcla de abuso de los bancos, miedo, engaño, avaricia y pérdida de valores. Se trataba con esta acción de poner el dedo en la llaga. Era vehemente en su discurso.
—Nosotros, Matilde, no podremos hacer nada frente a los bancos, y contra eso que llaman mercados, pero a lo mejor podemos devolver sensatez a unas cuantas personas. Ahora parece que todo en la vida se reduce a lo material. El dinero es lo único que importa. Demostremos que a todos nos sobra algo, que sin parte de lo que tenemos, podemos seguir viviendo.
La mirada de Matilde reprobaba la verborrea justiciera de Coro. Adujo la monja que todo aquello le sonaba a bandolerismo, que no estaba dispuesta a convertirse en Sor Matilde, la Bandolera, que no era tarea suya quitar a los ricos para repartir a los pobres y que como no se fuera de allí en ese preciso momento, ella misma la echaría a patadas en su gordo trasero. Pero su hermana se defendió.
—No pienso repartir con nadie lo que robe, ni pienso quedarme con un céntimo. Sólo será un depósito hasta Navidad. Ese día lo devolveremos a sus dueños, como un regalo.
—Pero si es suyo —protestó Matilde.
—¡Esa es la cuestión, hermanita…! No hay nada que en el fondo sea nuestro. Si miras bien, todo lo abandonaremos, aquí se quedará. Detrás de nosotros, habrá otros que con ello harán lo que estimen más oportuno, y no podremos evitarlo. Las monjas y los curas no hacéis más que repetirnos esas cosas una y mil veces… Ya ves, lo habéis conseguido, me lo he creído. Pero si alguna vez no se practica, sólo serán bonitas palabras…, música celestial.
Matilde escuchaba a su hermana y no daba crédito. Empezaba a dudar. En un solo minuto pensaba que había enloquecido o que estaba ante una verdadera santa. Decía cosas muy parecidas a la propuesta evangélica, pero algún matiz se le había pasado.
—Coro, Coro, eso no es así. Se trata de que cada uno llegue por sí mismo a semejante conclusión. Las imposiciones no sirven. Es en el propio corazón donde se decide.
—Sí, ya lo sé. Pero el corazón también necesita de alguna ayudita.
—Ahora me he perdido.
Coronación sonrió. Intuyó que estaba a punto de lograr lo que pretendía.
—¿Cómo puede decidir el corazón sobre el asunto, si sólo se le bombardea con el afán de tener más, de gastar más, de que a más cantidad de cosas, más felicidad? De pronto, con esto de la crisis, el abuso y el miedo han llegado como una bandada de cuervos hambrientos. Todo el mundo piensa que es infeliz porque la economía va mal… Ellos son quienes nos están robando, de acuerdo, pero lo peor es que no sólo nos quitan el dinero, sino también nuestra alegría… Contra el abuso no podemos, quizá contra el miedo de algunos sí.
—Y llegas tú, y vas y les quitas más, para que se pongan tan contentos. No me digas que no es extraño tu planteamiento…
—Sólo temporalmente. No pretendo arruinar a nadie. No se trata de desvalijar las casas, se trata de robarles una parte de lo que tienen. Si me apuras, a los que conocemos más, yo sería partidaria de quitarles más que dinero, algo de cierto valor, donde hayan puesto demasiado sentimiento. Eso les dolerá más, y se darán cuenta que ni los recuerdos, o el cariño, desaparecen con la pérdida del objeto querido. Quizá sean los que primero entiendan que no pierden tanto cuando les desaparece una pulsera o una foto… Te repito, será temporal, como mucho, para nuestras primeras víctimas, tres meses. Luego se lo devolvemos y que ellos actúen en consecuencia. —Tras tomar aire, siguió, más convencida aún—. Éste ha de ser tu trabajo. Hacerles ver dónde está la felicidad y cuál es el verdadero sentido de la Navidad… Me parece que los males de este mundo comenzaron el día en que la Navidad sólo parece que existe si se ha gastado mucho, a veces más de lo que se puede. —Tras un nuevo silencio, un poco más largo esta vez, cambió el tono de su voz—. ¿No te parece muy triste que la época de mayor consumo y mayor gasto en centros comerciales, joyerías, jugueterías, carnicerías, pescaderías, fruterías y restaurantes sea precisamente Navidad?
Matilde se sintió acorralada por el discurso de su hermana. Buscaba una salida.
—Robar en una casa no es tan sencillo… ¿Les pedirás permiso para entrar y luego te llevarás algo de allí sin que se enteren? ¿Se lo vas a coger del baño?
Coronación sonrió.
—Para algo tiene que haber servido casarme con el mejor cerrajero de Euritmia…
—¿No me digas que Isaías está en el ajo?
—¿No pretenderás que me ponga en contacto con una banda de ladrones?
Coro había pensado también pedir a su hermana que la Residencia sirviese como almacén de lo sustraído. Así se evitarían el transporte hasta allí durante las vísperas de Navidad, pero le pareció demasiado para el primer día. Mejor esperar al resultado de los primeros golpes. Si salían bien, sería más fácil convencerla.


Todo transcurrió según lo planificado, mejor aún, pues habían robado en todos los hogares previstos, una semana antes de lo calculado por Isaías. Al final de octubre, Matilde había accedido a cada pretensión de su hermana y ya estaba enfrascada en la preparación del día de Navidad. Con cada lote hurtado confeccionaba un paquete de regalo al que adhería una tarjeta con el nombre del destinatario. Los bultos se apilaban en un local vacío y amplio de la Residencia y del que sólo ella, como superiora de la comunidad, tenía la llave.
A primera hora de la mañana de Navidad, tras los laudes, convencida de que sería su última jornada en aquella Residencia, se encaminó hasta allí y se cercioró de que todo estaba en su lugar. Había preparado un acto sencillo. En la capilla se celebraría la primera parte.
Le había costado muchos quebraderos de cabeza organizarlo. Había pensado muchas cosas, pero ninguna le convenció.
Al fin encontró la inspiración. Se trataba de ir a la esencia, así que a la esencia fue. Leería dos textos bíblicos, el nacimiento tal y como lo narra Lucas en su evangelio y el himno de la carta a los Filipenses, que desde que llegó a su corazón no dejaba de arrullar en su corazón como una nana:
“Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos...”*
Después, aparecerían su hermana y su cuñado y dejarían sobre el altar la imagen de un niño Jesús tumbado en su cunita. De fondo sonaría una música suave.
A continuación bajarían a la sala donde estaban los paquetes con sus pertenencias.
—Aquí está lo que es vuestro —diría—. No os lo hemos robado. Tal cual lo tomamos os lo devolvemos. Sólo pretendíamos que os dierais cuenta en dónde está la vida.
Por último sólo deberían esperar a su reacción.
Pero en ese momento, mientras su mirada recorría los paquetes, temía su reacción. Eran demasiados

Como cada aurora, al levantarse se había asomado a la ventana de su celda, que daba a la calle Arcipreste de Hita. Era una costumbre que conservaba desde la infancia, mirar a la calle nada más salir de la cama. Y lo vio.
Frente a la puerta de la Residencia, se apostaba un coche camuflado de la Policía.
En Euritmia casi todos se conocen. Casi todos saben mucho de la mayoría de vidas, aunque casi nadie sepa lo que importa, pero eso es otro cuento.
Cuando sor Matilde se asomaba, el joven que se sentaba al volante del vehículo, salió a estirar las piernas y encendió un cigarrillo. Era el nieto de una de sus amigas de la infancia. Matilde sabía que era policía.
Un nudo le apretó en el corazón. Quizá alguien, al recibir la invitación, se malició algo y había dado un aviso a la Comisaría.
No obstante, estaba segura que la Policía no tenía nada concreto. De lo contrario habrían llamado a la puerta de la Residencia esgrimiendo una orden de registro, y a esas alturas, ya estarían en algún calabozo. Por eso, porque sólo sospechaban, esperaban acontecimientos con una discreta vigilancia.

Mejor mantener el silencio. Toda la suerte estaba echada. Al menos habían llegado al día de Navidad, que era mucho más de lo que había sospechado en el mes de agosto.
Mejor no decir nada ni a su hermana, ni a su cuñado, no fueran a traicionarles los nervios.
Mejor esperar, sí.
Una vez que los propietarios abran el contenido de los paquetes, que cada corazón resuelva cómo actuar, que cada corazón escriba el desenlace de la Navidad sin cuento.
__________________________
Para quien lo quiera leer completo lo encontrará en la Carta a los Filipenses, capítulo 2 versículos 1 al 11.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Navidad sin Cuento. (Cuento de Navidad) 6 de 7

Imagen tomada de Internet


Gayano Balmes bajó al bar de Pruden a tomar un café en compañía de Daniel del Río. Desde hacía unos días no había habido ni una sola denuncia por robo.

—Estoy seguro de que algo traman, Dani. Nadie me lo puede quitar de la cabeza.

—A mí me parece que no se han creído lo que dijiste en la rueda de prensa. Les has asustado —comentó del Río ante la mirada escéptica de su jefe.

—Si nuestras teorías son ciertas, aunque no podamos hacerlas públicas para que no nos ingresen en un manicomio, esto sólo me cuadra porque están preparando algo gordo.

—Tienes la cabeza más dura que los apóstoles… Yo no lo creo, pero, suponiendo que sea cierto, qué imaginas que están tramando.

—Y yo qué sé. Si se me ocurriera, lo diría. Supuse que en esta semana iban a arreciar los robos, precisamente por la cercanía de las fiestas. Pero pararon. No sé, no me cuadra.

—Si supiéramos qué pretenden, quizá fuera todo más fácil —musitó del Río, como si pensase en voz alta…

—Tendríamos que haber estudiado mejor cada robo. Seguro que hay algo que nos abriría los ojos. Me parece que nos hemos quedado en la superficie.

—Nada encaja con el perfil habitual de una banda de ladrones.

—Salvo que roban, querrás decir.

Del Río hizo caso omiso al intento de broma del Comisario, y continuó con sus reflexiones.

—Digo que el error ha sido pensar que luchábamos contra una banda de ladrones al uso. Y me parece que no es eso. Me parece que se trata de otra cosa. —Del Río seguía dando vueltas al contenido de su taza. El azúcar se había desleído hacía tiempo—. Cualquier ladrón, y más una banda, se lleva todo lo que encuentra en una casa y le pueda servir; no se anda con tantos miramientos. Hay ciertos objetos que no valen absolutamente nada, salvo su valor sentimental. En algún caso se puede aceptar casualidad o confusión, pero no en tantos. Es decir, los ladrones conocen bien a muchas de sus víctimas. Sabemos que no son jóvenes. Intuyo que son tan conocidos que nadie, ni nosotros, sospecharía que está ante un ladrón si le viera entrar o salir de una de las viviendas asaltadas. Los confundiríamos con alguna visita o algún otro vecino… O sea, Gayano, que roban, sí, pero no sabemos para qué roban.

—¿Estás seguro de todo lo que dices?

Del Río llevó el café a los labios y sintió en la punta de la lengua el sabor amargo del café, quizá ya un poco tibio. Cuando depositó la taza sobre el platillo, negó con resignación.

Continuará mañana...

domingo, 19 de diciembre de 2010

Navidad sin Cuento. (Cuento de Navidad) 5 de 7

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Cuando, unos días después, Dalmacio abrió el buzón, le sorprendió ver un sobre. Cada mañana, antes de la comida, repetía maquinalmente el gesto, aunque sabía que no habría nada, salvo publicidad, cartas del banco o recibos de la luz o el teléfono. Los pocos amigos que le iban quedando, vivían en Euritmia, con su hija hablaba a diario por teléfono y raro era el mes en que no le visitaba acompañada por los nietos y el yerno. Por navidades era él quien se desplazaba a Madrid.

Desde la muerte de Anunciación, odiaba las navidades en Euritmia; cada adoquín era un recuerdo de su ausencia. No estaba dispuesto a que las navidades se convirtiesen en una navaja que le reabriese heridas. Alicia no era capaz de concretar semejante sentimiento, pero intuía lo fundamental. Además ella no se podía permitir el lujo de pasarse dos semanas en Euritmia. Era mejor –sobre todo para ella y los niños- que el abuelo estuviese en Madrid.

Después de leer la nota, llamó a su hija: habría cambio de planes. Hasta después de Navidad no se desplazaría a Madrid. Si ellos querían pasar con él nochebuena y Navidad tendrían que venirse, de lo contrario se quedaría solo, pero tal cosa no le importaba.

Estimado señor Dalmacio Allende,

El motivo de la presente, es invitarle a una celebración comunitaria de la Navidad que organizamos en los locales de la Residencia de Estudiantes Santos Justo y Pastor, el próximo día 25 de diciembre a partir de las 12:30 horas.

Somos representantes del grupo de reciente creación Navidad sin Cuento. Pretendemos con este sencillo acto, demostrarle las inmensas posibilidades que aún nos quedan para disfrutar del verdadero espíritu de la Navidad.

Sabemos que últimamente ha tenido alguna experiencia muy desagradable, de la que intentaremos sea resarcido del modo más conveniente. A la espera de que se produzca el encuentro personal, reciba nuestro más cordial saludo.

Navidad sin Cuento

Tras escuchar el texto, Alicia sentenció que era una broma intolerable. Pero cuando su padre le dijo que pensaba a acudir hasta allí, porque después de leer el último párrafo se imaginaba que allí podría estar la solución al robo de las joyas, cambió de idea.

—Quizá tengas razón, papá… ¿Por qué no le comentas algo a Gayano?

—¿Qué tendrá que ver Gayano en esta historia?

—Mira, papá, si sospechas que allí pueden estar las joyas, lo más probable es que no estén sólo las de mamá… —De inmediato se mordió los labios. No debería haber evocado su imagen en ese momento, pero ya estaba hecho. —Quiero decir que habrá más personas como tú, y que te vas a encontrar con los ladrones, o alguno de sus cómplices. ¿No crees que la Policía debería saber algo?

—A ver si se va a liar la cosa, y me quedo sin las joyas. Es lo único que me interesa… Además, podría suceder que no hubiera nada de eso, que fuera sólo una celebración que organizan las monjas de la residencia para los viejos como yo y se refieran, ellas qué saben de robos, sino a la muerte de tu madre.

Continuará mañana...

sábado, 18 de diciembre de 2010

Navidad sin Cuento. (Cuento de Navidad) 4 de 7

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El frío se había enseñoreado de la ciudad. La Navidad se acercaba, como siempre, escondida bajo un lastre de edulcorantes como fuegos artificiales, luces como sonrisas de cartón, gastos como robos a los desheredados, regalos como egoísmos compartidos… Y por no romper con los tópicos, para que estuviesen todos, la nieve se asomaba como niña curiosa sobre la cresta de las montañas. Nevaría en la ciudad en cualquier momento.

Pero este año en Euritmia, algo había cambiado. El miedo se había apoderado de una parte de su sustancia. Era un miedo pegajoso e inexplicable. Un miedo que crecía en el interior de algunos ánimos, sin afectar a otros. Los robos habían comenzado donde residían las fortunas de la ciudad, tal y como sostenían las opiniones más generales y aceptadas. Después de los primeros, que se mantuvieron en secreto por un prurito de orgullo y porque la propia Policía lo recomendó, los hurtos se extendieron como una mancha de aceite que terminó por colarse en la mayoría de hogares de La Plaza, calle Imperial, avenida Gonzalo Fernández de Córdoba, calle del Cabildo, y la parte baja de la calle Arcipreste de Hita, la más próxima al Puente.

Sólo en el despacho de Gayano se tenía la noción precisa. El plano de la ciudad, como un pajarillo con las alas cerradas, se desplegaba sobre una de las paredes. Donde se había producido algún robo habían clavado pequeñas chinchetas, tal que un reguero de hormigas. Los barrios más humildes, en teoría, como El Óreo o El Ángel o Nueva Euritmia, aparecían limpios, como si sólo le crecieran plumas a aquella avecilla en la cabeza y el cuello. Para dos policías expertos como Balmes y del Río, allí estaba la mano de una banda bien organizada que tenía un firme propósito y que conocía muy bien los entresijos de la ciudad sobre la que asestaba golpes precisos, pero cuya última determinación no parecía ser el desfalco.

Se repetía sistemáticamente la forma de actuar. Nunca había nadie en la casa asaltada. El único daño, aparte del robo, era el que se producía en la cerradura de la puerta de entrada, aunque no era muy grande. (Este detalle llevó a pensar en la mano de un experto). Lo robado, salvo el dinero –si lo encontraban de modo sencillo-, era identificable por los propietarios (joyas, relojes, pequeños cuadros, alguna miniatura de cierto valor, aunque fuese por su antigüedad). Excepto algún desorden, no causaban más daño en la vivienda. Nunca se llevaban todos los objetos de valor, ni siquiera todo el dinero. Jamás se sustrajeron algo de gran tamaño. Tampoco se había producido ningún hurto después de las seis de la tarde, ni antes de las once de la mañana. En un intervalo de siete horas los ladrones robaban todos los días entre dos y seis domicilios. Al menos ésa era la frecuencia de las denuncias.

La Policía estaba atónita, era la primera vez que se encontraban con un tipo de atracos de esta clase. Si por el delito se intuye al delincuente, en este caso todas las líneas de investigación topaban con soluciones de difícil explicación…

Las señales que dejaban los ladrones, analizadas por el departamento científico de la Comisaría, no aportaban muchos datos. Las huellas encontradas no figuraban en ningún fichero policial. Uno de ellos era de cierta edad puesto que habían encontrado en varias viviendas algún cabello blanco, que no aclaró nada, pues, una vez hecho el estudio de ADN y cruzados los resultados con la base de datos, no estaba fichado.

Balmes y del Río construyeron con paciencia de miniaturista un posible perfil de los ladrones. Sus conclusiones, en principio, no hablaban muy bien de las facultades mentales de ambos policías: personas de cierta edad –deducción a la que se llegó por la zona en que actuaban-, probablemente naturales de la ciudad, o residentes en ella desde hacía tantos años que todo el mundo les consideraba euritmitenses, que robaban, bien porque padecían alguna enfermedad mental, bien porque pretendían obtener un alto número de pequeñas ganancias con la venta de lo robado. No buscaban el gran golpe, sino pequeños hurtos que sumaban una buena cantidad.

—Esto suena —comentó Daniel del Río una tarde de noviembre, cuando el estupor ya ocupaba la inteligencia de los policías— a que alguien está solucionando el problema que le ha causado la crisis a base de sisas, más que robos. Un viaje a Madrid u otra ciudad próxima, les permitiría su venta al menudeo, sin que nadie pueda dar la señal de alarma.

—¿Y si las empeñaron?

—No fastidies, Gayano… ¿No me digas que son ladrones buenos que una vez que recuperen el dinero, van a ir a desempeñar las joyas y luego devolvérselas a sus propietarios?

Balmes se encogió de hombros y encendió un cigarrillo en su despacho. Del Río se apresuró a abrir la ventana.

—Gayano, que está prohibido…

—Coño, Daniel, se me olvidó… ¿Me vas a denunciar? —preguntó Gayano con una sonrisa inocente, que se acentuaba al paso del humo junto a sus ojos obligándole a guiñarlos como si mirara a un horizonte lejano.

La tarde en que denunció Dalmacio, algo se consolidó en la percepción de Gayano. Una intuición confirmaba la sospecha sobre un aspecto de la identidad de los ladrones. Fue como un chispazo que aún no sabía concretar muy bien ni para qué servía.

—¿Dalmacio —preguntó— sólo te robaron las joyas de Anunciación?

—También algo de dinero, pero eso no me preocupa.

—¿Eran las únicas joyas que tenías en casa?

—No, aún queda alguna más.

Gayano se frotaba la barbilla en un gesto muy suyo que mostraba a las claras que su cabeza trabajaba a bastante velocidad…

—¿Tenías las joyas guardadas en diferentes habitaciones del piso?

Allende intuyó qué derroteros pensaba el Comisario, e intuyó las conclusiones.

—Pues no… Ahora que lo dices tienes razón. ¿Por qué sólo se han llevado estas joyas y han dejado las otras? No lo entiendo… Una vez allí podrían haberse llevado todas.


Continuará mañana...

viernes, 17 de diciembre de 2010

Navidad sin Cuento. (Cuento de Navidad) 3 de 7

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Había hablado con Alicia y ésta le había rogado que dejase Euritmia y viajase hasta Madrid, donde ella vivía con su marido y sus dos hijos. Pero Dalmacio se negó en rotundo. Después de un intenso diálogo, la hija consiguió que su padre le prometiera que acudiría a la Comisaría a poner la denuncia. Ambos suponían que parecía imposible que aparecieran las joyas robadas, pero al menos, si ocurría el milagro, todo sería más fácil, por no hablar de los riesgos que corría. Ante semejante miedo, Dalmacio argumentó que no se habían producido daños personales, por tanto no era de esperar que él se convirtiera en el primero. Su hija, no obstante, sostuvo que siempre había una primera vez para todo, así que, o iba a la Comisaría, o se encargaba ella misma de hablar con Balmes, pues para eso era su amigo…

En cumplimiento de su palabra, aquella misma tarde Dalmacio atravesaba las puertas de la Comisaría, y solicitaba información para poner una denuncia.
—¿Un robo? —preguntó el agente, seguro de que no erraba. Dalmacio no contestó, esperó a que el hombre uniformado continuase. —Sí, mire, llegue a la esquina, coja el pasillo de la izquierda y en la primera puerta, allí es.
Para su sorpresa, a pesar de lo que se había dicho en los medios de comunicación, no había nadie dispuesto a denunciar el robo. En algunas ocasiones los datos necesitarían alguna explicación más precisa o clara para que los ciudadanos corrientes tuvieran comprensiva percepción de los acontecimientos. Un incremento tan abrumador del número de delitos contra la propiedad en una ciudad como Euritmia, no significaba que todos los días hubiese cincuenta o cien robos. Diez o quince diarios –teniendo en cuenta el número de habitantes de la ciudad- serían suficientes para que las alarmas policiales y políticas se disparasen. La joven policía que se sentaba ante un ordenador, le hizo un leve gesto para que Dalmacio se acercase.
—Buenas tardes, señorita, no parece que hoy haya habido tantos robos…
Maribel, policía en prácticas, le sonrió sin comprender lo que le había dicho aquel hombre de porte distinguido y avanzada edad.
—No entiendo a qué se refiere.
—En la prensa han publicado el alarmante incremento de robos en la ciudad, y a mí me han robado esta mañana, a eso del mediodía, ¿sabe usted? Lo sé porque al poco han sonado las campanadas de la Esbelta Dorada. Como no hay nadie, será que hoy sólo me ha tocado a mí.
—A veces no se publican bien las cosas —comentó Maribel, mordiéndose los labios de inmediato. No debería haber hecho semejante comentario, extralimitaba sus funciones— ¿Va a denunciar el robo? —Dalmacio asintió y ella prosiguió—. Si me permite su DNI…

Después de acabado el trámite burocrático, se dirigió a Maribel.
—¿Cuándo cree que recobraré las joyas de mi mujer…, es lo único que me queda de ella?
La joven agente se encogió de hombros.
—Llevamos más de tres meses detrás del asunto. No le puedo decir más. Lo único que le aseguro es que estamos haciendo lo que podemos.
—¿Sabe usted si el comisario Gayano…?
Maribel se tensó. No era una buena señal para ella que Dalmacio preguntara por el Jefe. Quizá quería quejarse por algo que ella, inconscientemente, hubiera hecho mal. Los pensamientos cruzaron su cabeza como una daga de hielo y anidaron en su rostro, puesto que Dalmacio precisó a toda prisa.
—Soy viejo amigo suyo. Nada que ver con usted… Me gustaría hablar con él del asunto, seguro que si sabe que las joyas de Anunciación me las han robado. ¿Dónde podría verle?
—Su despacho está en el piso de arriba. —Maribel parecía más calmada—. Pero quizá a estas horas ya se haya marchado. Pregunte a alguno de mis compañeros.

No fue necesario. Nada más salir de la oficina, se encontró con Gayano que abandonaba la Comisaría. Se escuchaba su voz de lija gruesa por culpa del tabaco.
—Hasta mañana, Ramón. Espero que no suceda nada grave esta noche. Como tenga que salir de casa, creo que mi mujer no me lo perdonará nunca.
—No se preocupe, Comisario —respondió Ramón como si recitara un papel memorizado—. No creo que sea necesario que abandone su casa. Ya sabe que esta ciudad es muy tranquila.
—No se fíe, las apariencias engañan… Y ya sabe el crimen nunca descansa.
—¡Gayano!, ¡Gayano!
—Dalmacio… Benditos los ojos… ¿Tú por aquí? ¿No me digas que…? —Balmes se giró hacia la oficina donde se denunciaban los robos e intuyó el motivo por el que el viejo Allende estaba en la Comisaría—. ¿Cuándo te robaron?
—Esta mañana… Lo peor es que eran las joyas de Nunci.
El cariñoso apodo de la esposa, reservado para el coloquio íntimo, sobrevoló la breve distancia que separaba a ambos cubriéndola de recuerdos. Evocaciones de años transcurridos demasiado rápido, truncados con uno de los mordiscos que la vida da sin previo aviso.
El Comisario, desde hacía muchas décadas, no se implicaba emocionalmente en los casos que tenía que resolver. Era una medida, no sólo de higiene mental, sino de eficacia profesional. Pero aquella frase había desbaratado, sin buscarlo, tal precaución. Desde ese instante, el caso de los robos en Euritmia, ya no era uno más –especialmente delicado a causa de la alarma social que estaba provocando en la ciudad-, sino que había afectado a su viejo amigo Dalmacio Allende, y nada menos que al recuerdo de Anunciación. Era como si le hubieran secuestrado lo último que le quedaba de ella, aunque tal afirmación no se sostuviese objetivamente.

Continuará mañana...

jueves, 16 de diciembre de 2010

Navidad sin Cuento. (Cuento de Navidad) 2 de 7

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—Gayano, un día este afán suyo de ocultar datos a la prensa nos causará problemas. —Arcadio Colmenares del Castillo, Subdelegado del Gobierno, se desesperaba cada vez que Balmes le obligaba a convocar una rueda de prensa para informar sobre diversos aspectos relacionados con la seguridad ciudadana. —Estoy harto —continuó el Subdelegado— de recibir llamadas del Secretario de Estado, pidiéndome explicaciones, sobre esa brillante afirmación suya de que la policía no tiene ni idea de las razones del radical incremento de los robos en Euritmia.

Gayano se encogió de hombros. En estos momentos odiaba más que nunca a cualquier político, en especial a quien le había prohibido fumar en su despacho. Situaciones como ésta eran las ideales para cubrir el rostro con una densa humareda que evitase el recorrido detallado que Arcadio Colmenares hacía de sus facciones…

—Señor Subdelegado, con el debido respeto…, no me toque los cojones. Si no me meto en su trabajo, no se meta en el mío. —Ante el gesto hostil del Subdelegado prefirió cambiar de táctica y adoptó un tono casi profesoral. —Mire, Arcadio, si ante la prensa diéramos la idea —y subrayó el plural como si lo enfocase con linterna— que sabemos algo de estos cabritos, seguro que desaparecen por una temporada. Seguro que se evaporan… A mí me encantaría trincarlos antes de Navidad, porque barrunto problemas para esos días. Si para conseguirlo tengo que parecer imbécil, pareceré. —Tiñendo su voz de cierto tono desafiante, concluyó—. Ya sabe que sólo tengo que abrir el cajón y firmar la renuncia. Si eso es lo que quiere…—retó.
—Bueno, Gayano, bueno… Siempre con la misma estupidez en los labios. Hablar con usted es imposible. Pero cualquier día le hago caso y ya verá el disgusto que le doy. —De vez en cuando a Colmenares le apetecía tensar la cuerda. —A veces parece que se le olvida que las cuestiones de seguridad ciudadana, como todo lo demás, dependen de la acción política. Estamos en un estado de derecho, no policial… ¿Me explico?

—No me venga con historias. Mayor demócrata que yo no encontrará en otra Comisaría del país. No pretendí ocultar información a la ciudadanía, traté de esconder nuestras armas a los delincuentes, que es bien distinto. Si supiera que dando más datos encerraría a estos malditos, los daría… Pero si lo prefiere —continuó mientras se inclinaba y abría el cajón de donde extrajo un folio mecanografiado—, firmo mi dimisión, y aquí paz y después gloria. —Miró al calendario de la mesa—. Diecisiete de diciembre. Lo escribo aquí, donde la fecha…

A Arcadio Colmenares le dieron todas las ganas del mundo de aceptar (esta vez sí) la bravata del gallego. Por un instante estuvo dispuesto a que rellenara los espacios correspondientes a la fecha y que luego firmara; pero supo que sería un error. Sin hacer caso de la última amenaza continuó con su argumento, en un tono más conciliador.

—Entonces, Gayano, ¿si va a ofrecer información incompleta, por qué convocar una rueda de prensa? Mejor mantener el silencio. Mejor que los ladrones no sepan lo que sabemos.

—Esa es la duda, Arcadio, esa es la duda. Del Río es de su misma opinión, pero me dio en la nariz que no es así. Ya sabe, soy de la vieja escuela, y creo en mi olfato más que nada… Mi napia me dice que al publicar que no tenemos ni idea, los criminales se relajarán y cometerán un error. Y allí estaremos nosotros, esperando… Además, queramos o no, cuando acabe el año, daremos las cifras oficiales de los delitos cometidos. Si esperamos a ese momento, quizá se nos acuse de indolencia, y a lo mejor, al habernos adelantado, se dio mejor imagen…, incluso política —subrayó—. La ciudadanía tendrá la impresión de que el problema que vive, no deja indiferente a sus políticos y a sus fuerzas de seguridad que intentan con todas sus energías poner remedio a la situación…

—En la Dirección General no están tan seguros.

—¿Qué sabrán en Madrid de nuestros problemas?

—Temen el contagio, Gayano. Si la Policía afirma que no sabe por dónde empezar para capturar a los culpables, otros, en otras partes, también pueden empezar a copiar ideas…

—Paparruchas. Usted lo sabe como yo. Salvo que la banda se traslade, esto no ocurrirá.

Gayano era consciente del efecto fulminante de la palabra banda en el Subdelegado: la estridencia de un despertador en pleno sueño. Sonrió al descubrir el gesto del político.

Continuará mañana...

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Navidad sin Cuento. (Cuento de Navidad) 1 de 7

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Dalmacio Allende avizoró el fondo de la calle, y a pesar de la catarata que convertía en nebuloso cualquier paisaje que acariciase su mirada, creyó vislumbrar una sombra que se colaba en el portal de su casa.
No tenía miedo –o eso se decía-, pero a la vista de la oleada de robos que asediaban la ciudad, no convenía actuar a la ligera, porque, según su máxima, una cosa es valentía y otra locura. Lo que leyó en el Diario de Euritmia no dejaba dudas: durante el año, el índice de criminalidad había ascendido un quince por ciento. Por si fuera poco, un detalle agravaba aún más la información: el incremento sustancial se había producido tras el verano. Hasta entonces los números eran similares a las de la década.
Allende sabía que su amigo, el comisario Balmes, no era partidario de revelar detalles a la ciudadanía sobre las investigaciones policiales ni acerca de los mundos oscuros de la delincuencia, aunque en la vieja ciudad tal cuestión se redujese casi siempre al amor de los cacos por lo ajeno y a esporádicas riñas tabernarias que concluían en algún descalabro y destrozos varios en los locales convertidos en campo de batalla. Otros crímenes eran inevitables y dañinos, como las heladas en primavera, pero su número era inapreciable en las correspondientes estadísticas. Aunque recluir en ese término cualquier afrenta contra la vida o la dignidad, era un insulto para las víctimas y sus allegados. En el último lustro, desde el secuestro y asesinato del diputado Isacio Jumilla*, no había habido, por suerte, ningún homicidio en la ciudad. Euritmia se movía en parámetros de normalidad absoluta, hasta que en septiembre comenzó el huracán de robos que disparó las alarmas, incluso en el gobierno de la Nación.
A pesar de lo borroso de su mirada, Dalmacio estaba seguro de haber visto a alguien entrando en su edificio, por lo que se aproximó con suma prudencia. Las doce menos cinco no era la hora más peligrosa para temer un asalto, pero, por lo leído en el periódico, el «modus operandi» de los delincuentes era tan variado que no se podía establecer un patrón que ayudase, tanto a las fuerzas de seguridad en la investigación, como a la ciudadanía en sus cautelas. Cualquier persona –especialmente los residentes del centro- podría ser objeto de robo, cualquier hora servía para perpetrarlos. Sólo había dos características comunes a cada sustracción: cuando robaban, nunca desvalijaban del todo y la vivienda siempre estaba vacía.
En casa de Dalmacio, a causa de su viudez, no había nadie. A medida que sus pasos le acercaban, percibía cómo se aceleraba la velocidad cardiaca, no podía evitarlo. ¿Miedo?
Cuando entró en el portal, supo de dónde procedía el sonido. Cada vez que se abría o cerraba la puerta, la melodía era inevitable. Había sido un capricho infantil de Alicia y desde entonces ni él ni su pobre Anunciación habían sido capaces de quitarlo. Total, a ellos no les molestaba. Algún día que la soledad le pesaba más, Dalmacio abría la ventana de la sala para que la brisa agitase el pequeño carillón de tubos metálicos. Su música le acompañaba, y ejercía sobre su corazón propiedades similares a las de los abrazos.
De inmediato supo que había sido objeto de uno de los robos que, como una plaga, asolaban la ciudad. ¿Pero qué le podrían haber robado, si no tenía nada de valor?
Nadie había hablado hasta ahora de daños personales, y no quiso ostentar el dudoso honor de ser el primero en abrir tan siniestra lista, así que prefirió girar en redondo. No es que tuviera miedo, pero no iba a poder con aquellos desalmados. Salió de nuevo del portal, y subió otra vez la calle hacia la Plaza. Procuraba olvidar las notas del carillón e intentaba recordar algo que se le hubiera olvidado comprar, de ese modo se explicaría a sí mismo la razón por la que se había dado la media vuelta.
De regreso, dos horas más tarde, Dalmacio comprobó que faltaban las joyas favoritas de Anunciación. Era lo más próximo a su piel que le quedaba. Algunas madrugadas en que el insomnio se convertía en fortaleza inexpugnable, las cogía, como si tomase a la propia Nunci, y aún sentía, a través de la superficie de la alhaja, su cálido latido. Sin embargo, la desaparición de unos doscientos euros, no le afectó.
De golpe se le borró todo el apetito que traía.

Continuará mañana...
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* Se refiere al crimen recogido en la novela del mismo autor Muerte en noviembre aún inédita. N. del A.

martes, 14 de diciembre de 2010

Cuarenta grados latitud norte


(A Norberto García Hernanz)

Si me buscáis, aquí os dejo mi dirección aproximada: cuarenta grados, cincuenta y seis minutos, cincuenta y cuatro segundos y medio, latitud norte; cuatro grados, siete minutos, un tercio de segundo, longitud oeste. Aupado en este punto preciso de una bola de sílice que vuela en bucle indescifrable en un rincón de una galaxia no excesiva, me asomo al planeta. Desde esta minúscula ventana, un punto irrelevante, microscópico, repito, unos cuarenta y un grados al norte del Ecuador y cuatro grados al oeste de Greenwich, el caos y el dolor y el miedo abofetean mi mirada de páramo y serranía, de alta luz y hondo silencio. Siento un enjambre de palabras libando el néctar del planeta para alimentar mis versos y mis sueños. No me interesan las fronteras, ni mis lágrimas florecen al contemplar colores ondeando sobre el lomo de la brisa… Sólo alzo mi voz inútil, contra quienes desgastan sus neuronas, sus pupilas y su vida en edificar ataúdes invisibles para los dedos de las estrellas, pero monstruosos para los vientres que parieron carnaza de osarios, creyendo que parían caricias y vida; pero hay tantas miradas dispuestas a que la sangre, o el veneno, sean nuestro alimento, que siento el corazón encogido como un cachorro indefenso. Podría gritar peace, paix, frieden, shalom, amani, pax, pace, vrede, pau, eirene…, pero no serían el barro que sé moldear… Mis manos sólo se saben manchar con la arcilla que escribe paz, amor, libertad, justicia, aurora, orto, ocaso, muerte, luz, verdad… y concluyen cada jornada con la sombra de sus posos injertada en cada uno de sus poros. Mi conciencia es precisa, como aroma de madreselva, o canto de los mirlos: soy un leve eslabón de una cadena milenaria cuya misión es seguir abierta para que otros eslabones se injerten en mis torpes palabras… Esta es mi única bandera, este es mi territorio, esta es la verdadera senda que transito, la vida escrita con la arcilla humilde que nace a unos cuarenta y un grados, latitud norte y unos cuatro grados longitud oeste.
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(Este poema aparece publicado en el nº 26 de la revista "Luces y sombras revista de artes y letras" Y el hecho de participar en ella con 3 poemas se lo debo a Norberto García Hernanz, a quien quiero dar las gracias públicamente) 

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lunes, 13 de diciembre de 2010

Anabel Consejo: "Historias de sujetadores"

Portada de Historia de sujetadores


Anabel Consejo con Historias de sujetadores (Editorial Milenio. Lleida 2010) nos regala un texto de fácil lectura, pero no de fácil digestión. Como los buenos libros, utiliza de la literatura para conducirnos, como si viajáramos en el AVE, hacia la estación Corazón Humano. A mi modo de ver, en los últimos tiempos el corazón humano no es un destino para un viaje de placer, más bien debiera ser patrimonio de alguna ONG solidaria.
El título del libro puede hacernos pensar en varias posibilidades. Leído por un varón, la carga erótica de la palabra 'sujetadores' nos atraerá, como nos atraen los escaparates de las tiendas de lencería, y más si los maniquíes son sugestivos. Leído por una mujer, supongo, le empujará a muchas más cosas –maternidad, trabajo, matrimonio, cotidianidad…-, sin renunciar al erotismo, por supuesto.

Pues bien, como en tantas cosas, hagamos caso a las mujeres...
Si uno mira con detalle a la portada del libro, comprenderá que sin estar ausente la sensualidad (fíjense, fíjense), vamos a compartir algún retazo de la vida cotidiana de un buen puñado de mujeres (catorce, en concreto) de diversas edades, situaciones y emociones.

Pero antes de seguir me tengo que desdecir. No es cierto que se trate catorce mujeres, sino de catorce soledades femeninas, lo que implica elevar a una potencia muy alta el concepto de soledad.
Y aquí comienza la difícil digestión.
El mundo que nos regala Anabel, es el mundo cotidiano de nuestro siglo (¿de toda la historia del ser humano?), en el que la soledad es la verdadera enfermedad a la que nos tenemos que enfrentar. Soledades provocadas por diversas circunstancias: aburrimiento, abandono, traición, pasado, edad, trabajo, fracaso, monotonía… Soledades que llevan al hastío, pero no a la resignación.
Esta es otra característica común en las catorce protagonistas del libro, o en casi todas ellas: no se conforman con el fracaso, no se quedan sepultadas dentro de una bata de guatiné raída y vieja, a la espera de tiempos mejores, porque saben –quizá como la propia Anabel- que para derrotar a la soledad hay que salir fuera, hay que vestirse de calle, enfundarse en exquisitos perfumes y proclamar la presencia personal e insustituible y si fuera preciso a gritos, para que el mundo lo sepa y tome nota. Y si fuera necesario revertir la situación, hacer revolución de los propios principios y subvertir el orden de valores. (Al menos en dos relatos esa soledad femenil se sortea –no creo que se venza- con relaciones sexuales en que la mujer paga al hombre).

Historias de sujetadores usa del erotismo mucho y bien, porque el erotismo es una de las fuerzas motrices en el género humano, acaso la más potente. La humanidad no ha desaparecido de la faz de la tierra porque ha existido, existe y existirá el erotismo. Sin embargo, hasta bien entrado el siglo XX, ese impulso, en el caso femenino, era sinónimo bien del binomio matrimonio-maternidad, o bien era sinónimo de perversión. No cabía la opción normal, la que nos define como humanos: un modo de relacionarse con quien más queremos, acaso el más profundo, porque en esa relación la piel y los sentidos son los protagonistas.
En este contexto, Anabel ha salido a pasear por las calles de nuestros pueblos y ciudades (no ha viajado muy lejos, no), ha fotografiado parte de la vida que nos rodea y nos la ha devuelto en forma de catorce relatos en los que tantas cosas demoledoras se presentan de modo sencillo y desnudo: prostitución, desamor, engaño, hastío, fracaso, poder, lucha…
Y aquí nos topamos con el segundo motivo que hace difícil la digestión de este libro: el mundo en que vivimos es un mundo lleno de injusticias, lleno de dolor, un dolor profundo y muchas veces silencioso. Sólo los artistas de una pieza son valientes y nos lo muestran sin tapujos, para que asumamos lo que somos. En este juego ha podido caer en lo simplón, en lo fácil, en lo evidente, en el territorio común, pero Anabel Consejo es más inteligente que todo eso. Los momentos de erotismo no son el centro del texto, aunque sí sean nota esencial, los momentos de erotismo vienen a representar, muchas veces la salida de la angustia y de la soledad. En este sentido, el relato Azules, no, grises es paradigmático, puesto que el juego y la fuerza del erotismo se alía con el de la imaginación (¿o es al revés?) para conseguir llegar al culmen.
Y más, más aún.
Para los hombres disfrazados de antiguos prejuicios, la escritora nos muestra que ellas también se sienten atraídas por el macho de presencia imponente, cuerpo atlético y mirada sensual. Ellas, cuando tienen oportunidad –porque tengan dinero, o porque les regalen la ocasión-, son capaces de echarse una canita al aire. Y está bien que quede así reflejado, para que otro mito absurdo de este machismo en que nos han educado se deslíe como un terroncillo de azúcar en un río.

Anabel Consejo maneja el idioma con naturalidad, destreza y sabiduría. Se nota en muchas de las frases que también es poeta, que también se mueve por los versos con naturalidad y maestría. En las dosis justas ofrece destellos de poesía en sus relatos, casi como si fuera orfebre y en mitad de la labor engastara un rubí, una esmeralda, un diamante...

Podría escribir alguna cosa de cada una de las catorce historias, pero no lo haré por no chafar a quien no lo haya leído. Diré, si la autora me lo permite, que me han gustado en especial estos relatos: Azules, no, grises, La ciega (que me emocionó hasta la lágrima), Angélica, Los cuentos de Graciela, Vencer a la muerte, Un gin-tonic y Quemaduras de tercer grado. Y añado que los catorce me han gustado mucho y que probablemente si nos cuentan algo quienes hayan tenido la suerte de leer el libro, terminarán por aparecer los otros siete.

Y puestos a saber lo que ya sabemos, convendría que los varones tomemos nota y nos apeemos de infaustas tradiciones que, por muy vetustas que sean, no dejan de ser contraproducentes. Es verdad que no en todos los casos los hombres son culpables de la soledad de las mujeres, esa soledad que les lleva a situaciones un tanto desesperadas, pero no es menos cierto que en demasiados casos así es.

Sé que Anabel está pensando en preparar el correlato de este texto con otro donde seremos los machitos los protagonistas. Miedo me da, pero lo estoy deseando. A veces no es tan malo verse reflejado en un espejo, ayuda a conocer los defectos.

Conviene la lectura de este libro –no sólo por la amistad que me une con Anabel lo digo-.
Lo digo porque se lee de modo sencillo, porque nos trae el mundo real –o parte de él al menos-, porque no es artificioso, porque nos hará sonreír, nos hará temblar de emoción, nos hará subir la temperatura de la libido -claro- y nos hará reflexionar una vez que lo demos por concluido. Es una pena que no tenga otras catorce historias, u otras veintiocho…

Y yo diría, para finalizar, que aunque a las mujeres les vaya a encantar, es más necesario para los hombres. Quizá algo aprendamos, si es que somos capaces de mirar como las mujeres miran. Quizá dejemos de hacer tanto daño, quizá consigamos que se sufra algo menos.

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Accediendo a su blog (que está enlazado en la primera línea del artículo o aquí) veréis la portada del libro -que también he reproducido en este texto. Allí se os indica cómo hacer los pedidos.
¡No perdáis la oportunidad!

domingo, 12 de diciembre de 2010

Antonio Muñoz Molina: "La noche de los tiempos"

Portada del libro
(Imagen tomada de internet)

No sé si todos pensarán lo mismo, pero, a mi modo de ver, anunciar que la peor sensación que he tenido como lector es que el libro se ha acabado, es lo mejor que se puede decir de él y, por extensión, de quien lo ha escrito.

Eso es exactamente lo que me ha pasado con La noche de los tiempos de Antonio Muñoz Molina (Seix Barral, 2009).

Antes de leerlo tuve la oportunidad de asistir a la conversación que sobre él se desarrolló dentro del Hay Festival de Segovia, durante el último mes de septiembre. Ya entonces quedé convencido de que su lectura sería provechosa, y no sólo como lector que durante unas horas (en este caso unas cuantas, pues el libro tiene –en la edición que manejo— novecientas cincuenta y ocho páginas), va a disfrutar de un gran escritor, sino que va a sumergirse en una de esas historias que atrapa por su contundencia, por la fuerza de sus personajes llenos de matices, por esa capacidad del escritor de usar el lenguaje en toda la versatilidad que nuestro idioma otorga.

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